«El consumo es cultura y viceversa». Lo insinuó el arquitecto holandés Rem Koolhas y no se equivocó. Un museo no sería más que el centro donde exponer arte si no fuera por sus servicios anexos. Las cafeterías son un filón, los restaurantes se abren para paladares exquisitos y las tiendas, por suerte, son para todos los públicos. Y es que el 'merchandising' genera a las entidades hasta el 25% de la facturación anual, como en el madrileño Thyssen-Bornemisza. Es decir, bolis, postales, camisetas y demás 'souvenirs' suponen para la pinacoteca dirigida por Carmen Cervera más de tres millones de euros. El resto de museos ha de conformarse con un dato más tímido, pero no menos importante. El 5% de los ingresos de la bilbaína pinacoteca de Bellas Artes en 2009 (8.845.668 euros) se lo debe a la tienda; el Guggenheim, el 8%; y la Fundación Dalí, 2.265.000 euros. Estas cifras confirman que consumo y cultura forman un binomio indiscutible.
Las tiendas ofrecen todo tipo de objetos 'tuneados' en referencia a la exposición vigente, al pintor fetiche de la galería o, incluso, en versión minimalista, con el simple nombre de la entidad. Son muchos los visitantes que consideran estos pequeños espacios como una extensión de la pinacoteca, una verdadera costumbre con la que finalizar el recorrido. Tal es el éxito, que alguno que otro ha ampliado la instalación e, incluso, abierto sucursales. Es el caso del MoMA de Nueva York, que gracias al renombre que adquirió su espacio, abrió una 'macrotienda' en Tokio, como si de una marca cualquiera se tratara.
Joyas de diseño
El Guggenheim de Bilbao nada tiene que envidiar a la pinacoteca neoyorquina. De las vascas, es la que mayor espacio invierte en la tienda, que cuenta con tres pisos. Trabaja bajo la máxima de la diferenciación y, por ello, su fondo bibliográfico es de los más grandes. Cuenta con artículos de diseño, como un anillo de Bulgari diseñado por Anish Kapoor, valorado en 700 euros, o un collar hecho a imagen y semejanza de un ejemplar de Gucci, pero que cuesta diez veces menos. No se olvidan del arte y ofrecen obras gráficas de artistas internacionales, aunque muchas de las litografías son, en principio, para los amigos del museo. Su precio puede ascender hasta los 4.000 euros, pero el Thyssen le gana por goleada, ya que durante la exposición de Miró, se llegó a vender una litografía del artista por 9.000 euros.
Si en algo coinciden todos los museos es en el recuerdo más comprado, la postal. Un producto práctico, pequeño y barato, que permite deshacerse de la calderilla. En el Thyssen-Bornemisza es el que más adeptos tiene. Y el de menor coste, 1 euro, aunque en la catalana Fundación Dalí de Figueras se venden por 0,65. La galería madrileña también ofrece un kimono de seda pintado a mano que alcanza los 1.100 euros. Las comparaciones, dicen, son odiosas, pero el Bellas Artes bilbaíno también posee esta exótica prenda y la vende por 300 euros. Tampoco en los lápices hay un precio estándar, va desde el 1,5 euros del Artium a los 0,80 del Museo Picasso de Málaga.
La razón de ser de las tiendas siempre han sido el catálogo del museo y las monografías. En el Prado destaca la guía oficial, valorada en 36 euros, mientras que en la Fundación Dalí, el manual del teatro-museo es el producto más vendido, a 12. Se lleva la palma el catálogo de la cerámica de Picasso, el producto más caro en la pinacoteca malagueña, con un precio de 384 euros.