Fueron calificadas de despropósito, de locura y casi de atentado urbanístico. Pero tres años después de su colocación, pueden presumir de aceptación popular por su funcionalidad, encanto turístico y reconocimiento profesional. Las escaleras mecánicas que conectan la Vitoria del siglo XX con la ciudad medieval son un ejemplo de «diseño urbano y paisajismo». Categoría en la que han alcanzado el máximo galardón que concede el Colegio Oficial de Arquitectos Vasco-Navarro (Coavn), dentro de sus premios anuales, a los que en esta ocasión concurrieron alrededor de 400 participantes.
Entre ellos, los artífices de esta obra, el tándem que desde 1987 forman Roberto Ercilla y Miguel Ángel Campo, quienes consiguieron convencer al jurado integrado por ocho profesionales -entre ellos Manuel Gallego, Premio Nacional de Arquitectura- con un proyecto en su día polémico. «A través de un mecanismo construido muy sencillo, se consigue la transformación de un recorrido peatonal lineal en un espacio atractivo», recoge un fallo que ha llenado de satisfacción al dúo vitoriano.
«Es un trabajo ingrato hacer una intervención contemporánea en el Casco Viejo cuando sabes que va a ser polémica, pero ahora sabes que hay un sector que las quiere y mucho», resume Roberto Ercilla. Junto a él, Miguel Ángel Campo fue el otro artífice de esta creación, formada por una cubierta plana de vidrio transparente que se articula mediante una sucesión de marcos de acero inoxidable, colocados a un metro de distancia uno de otro y a distintos grados. Idearla no fue difícil. Sobre todo porque llevaban con ella en mente desde 1993. Fue entonces cuando, bajo el gobierno municipal de José Ángel Cuerda, les dio por estudiar los problemas de acceso al barrio medieval. «Estábamos con la reforma de Montehermoso y vimos las dificultades que había para llegar a él», recuerda Campo.
«Un muerto»
Al final, la idea no cuajó y hubo que esperar otros doce años, hasta 2005, para retomarla con el visto bueno de técnicos, arquitectos y grupos municipales. Fueron necesarios casi 24 meses de dedicación para tener listos los cuatro tramos del cantón de La Soledad y los tres de la ladera Este. «Fue el típico proyecto que nadie quiere, un muerto, y su construcción no fue fácil. Donde parecía que sólo había una máquina, la cubierta genera un dinamismo, convirtiéndola en una especie de escultura», confiesa Ercilla. «Crea un diálogo entre un lenguaje contemporáneo y el propio del Casco Viejo. Al principio había temor por el impacto que tuviera, pero a todo se acostumbra la gente», añade Campo.
Sobre todo cuando facilita el ascenso a la ladera Oeste en cuatro minutos y uno menos si se trata de cubrir el trayecto de Pintorería a Las Escuelas. Además, supone salvar un desnivel, lo que en 2007 le otorgó el galardón de accesibilidad urbana en la IX Bienal Española de Arquitectura y Urbanismo, organizada por el Ministerio de Vivienda, así como el World Elevator International. «Son premios importantes para un elemento destacado de la ciudad que ha salido mejor de lo que pensamos», valoran.
Sólo les queda la pena de no haber podido construir rampas de bajada. «Era lo ideal, hacerlas en ambos sentidos, pero los espacios no eran bastante anchos», confirman y, aunque de refilón, muestran sus dudas respecto de la posible edificación de escaleras mecánicas en otros cantones de la 'almendra' medieval. «Tampoco es bueno emocionarse demasiado», tranquilizan.
Colegio renovado
Ambos autores han quedado, además, finalistas en otra categoría de los galardones Coavn, la de 'Edificación residencial', por sus 168 viviendas de protección oficial en Zabalgana. Los pisos se hallan conectados por galerías, tienen muchos espacios comunes, algunos pensados para los niños y cada planta luce colores diferentes.
Incluso cuentan con un solarium con hierba artificial. «Desde el punto de vista bioclimático son interesantes, hay que discurrir mucho y no es fácil. Pero en Ensanche 21, por la forma de contratación, los promotores se ven obligados a ofrecer algo más», afirma Ercilla, volcado, junto con Campo, en ultimar los retoques del edificio Krea, «singular, dinámico y ambicioso», para que esté listo este mismo año.
Otro que también ha visto reconocido su trabajo ha sido el arquitecto llodiano Luis Mari Uriarte, por su diseño del colegio Gandasegi, de Galdakao, al considerar que «hace compatible el uso como recinto escolar con el mantenimiento de los espacios abiertos, articulándose con claridad y sensibilidad en la compleja trama urbana». Las obras, que duraron dos años y concluyeron en 2008, incluyeron la construcción de un nuevo edificio infantil y la reforma del inmueble histórico.