La mañana comenzó tranquila en el mercado de la almendra. Un poco gris y con las nubes acechando. Aun así, multitud de personas se animaron a salir a la calle. A mediodía, el olor del queso y chorizo caseros de los puestos ya inundaba las calles. También los abalorios y textiles las adornaban. A esa hora, la lluvia se dejó sentir, pero no hubo que esperar mucho para seguir disfrutando del ambiente.
Mientras los puestos del mercado se instalaban, a las 11.00 horas abrieron sus puertas los caños. Cuatro antiguos patios interiores que servían de desagüe y donde se arrojaban las aguas fecales se descubrieron ayer como pequeños jardines botánicos. Era la primera vez que se podían visitar y, pese a la falta de señalización y la relativa dificultad para encontrarlos, media hora después de su apertura ya contaban con curiosos en su interior. «Es muy interesante poder ver estos rincones escondidos», comentó un visitante al comprobar que, en uno, al que se accede por el cantón de las Carnicerías, aún se conserva un pozo de agua natural. «Es el único caño que tiene», apuntó el guía.
Pero estos patios no fueron los únicos activos. El museo Bibat prestó el suyo a los alumnos del Taller de Artes Escénicas de Vitoria para que representaran una farsa del siglo XV. Las farsas son pequeñas piezas teatrales que se escenificaban en los intermedios de los grandes dramas. La plaza de la Burullería también fue escenario de una de estas obras. Allí, un hidalgo, un pícaro borracho y un criado corto de miras hicieron reír al público. «¡Esto sí que es actuar en la calle!», dijo Carmen Ruiz Corral, directora del taller. El decorado natural que ofrece el Casco Histórico «emociona», aseguró. También las actrices lo sintieron de forma especial porque al ser en la calle «hay mucho contacto con el público». Dori Hernández, una de ellas, recordó que le apetece más trabajar así que en un escenario. La directora de la obra dudó a la hora de decantarse por un obra para ser representada entre esos muros. «Cualquier clásico como Lope de Vega o Shakespeare, pero son mejores las cosas pequeñas, en rincones», explicó.
Teatro, visitas a partes casi olvidadas, compras de artesanía... todo, acompañado de olor a curry, coco, guisados o pasteles.
Olores del mundo
La plaza de la Burullería se convirtió en una gran cocina donde grupos de diferentes culturas prepararon arroz de la forma en que se come en sus países. Pakistaníes, brasileños, colombianos o cubanos compartieron su sabiduría culinaria y por sólo 3 euros se podía degustar sus manjares.
Una educadora del centro de inserción social Sartu, Verónica, convenció a varios de sus alumnos para que se pusieran el delantal. «Es importante que la gente de Vitoria conozca estas culturas. Además, aquí la comida tiene mucho valor», dijo mientras observaba a algunos de ellos. Arroz con leche de coco o envuelto en hojas de plátano fueron algunos de los platos más exóticos.
Pese a ser un día de color triste, los tenderos de la almendra y los organizadores de los actos daban gracias, porque «si llega a hacer mucho sol no hubiera venido nadie. Todo el mundo se iría a la piscina».