La mañana arranca cuando baja a la panadería a por una barra recién horneada y un periódico. De ahí a la pescadería en busca de alguna pieza capturada horas antes en el Cantábrico. Aún le da tiempo a elegir un bonito conjunto para su retoño en la tienda de niños pegada a su portal. Y antes de subir, repone fuerzas en la terraza de un bar cercano. Los nuevos barrios de Vitoria rezuman vida. Y en la mayoría de sus arterias anida una creciente actividad comercial. Salburua, Zabalgana y, en menor medida, los aún abiertos por obras Mariturri y Aldaia se han convertido en foco de negocio. Casi doscientas pequeñas empresas, empujadas por otros tantos emprendedores, medran a pie de sus calles. «Y más que vendrán», vaticinan los expertos.
Mientras que en el resto de barrios el sector dibuja una lenta curva descendente, los bloques de cemento que amplían el Este y Oeste de la capital alumbran cada semana nuevas esperanzas bajo letreros que anuncian futuros bares, peluquerías o clínicas veterinarias. «Apenas piso el centro salvo cuando salgo de fiesta. Tengo todo lo que necesito a dos pasos», pregona satisfecho Roberto Gómez, vecino de la avenida Juan Carlos I, la 'calle Dato' de Salburua. Su último censo marca 8.085 residentes. Es decir, cuenta con una tienda por cada 115 habitantes. En Zabalgana, la proporción aún se comprime un poquito más; un local por cada 107 vecinos.
Y eso que la crisis ha frenado a muchos. «Salburua quizá esté más desarrollado porque gran parte del barrio se construyó antes de que el mundo entero entrara en recesión. Pero son zonas a tener muy en cuenta», razona Jero Sánchez, de Fincas Izarra. Innumerables carteles de 'se vende' o 'se alquila' decoran las lonjas vacías. Y como sucede en el centro, los huecos escasean en vías principales como la avenida de Zabalgana, Ilustración, Derechos Humanos, Juan Carlos I o el Boulevard de Estrasburgo. Dublín, La Haya o La Eneida representarían el reverso de la moneda. «Siempre habrá calles muy atractivas que se llevarán la gran parte de la actividad y otras, más secundarias», concluye Sánchez. Los precios en estos puntos son «sensiblemente inferiores» respecto a otros distritos más consolidados de la ciudad.
«Resistimos la crisis»
«Elegimos esta lonja en la avenida de Bruselas porque pertenece al único edificio de todo Vitoria con chimenea apta para biomasa, una de nuestras apuestas», desgrana Jon Ramos, de Madera y Fuego, una curiosa iniciativa por la energía limpia. «Hemos notado la crisis, pero resistimos», aduce.
«En nuestro barrio se puede decir que ningún negocio ha cerrado aún. Como mucho, ha cambiado de dueños», desvela Mario Calvo, cabeza visible de la asociación vecinal Pasabidea, de Zabalgana. «Cuando llegamos, hace casi cuatro años, no había de nada en el barrio. Ahora sólo echo en falta alguna pescadería y frutería más. ¡Ah! Y bazares chinos, que siempre te sacan de un apuro. ¡No hay ni uno!», radiografía Maite Fernández, vecina del Paseo de la Unicef. «Quizá lo único que nos sobra son bares», continúa su compañero, Gorka.
Bien diseñadas, surcadas por amplias avenidas, con áreas de juegos infantiles casi en cada manzana, las zonas más nuevas suspenden no obstante respecto al tejido empresarial. Mariturri y Aldaia conviven a diario con el frenesí de las grúas y los gremios. El mismo panorama ofrece el extremo más nuevo de Salburua. El caso más paradójico lo ofrece el Boulevard de Salburua. Los números pares se entregaron hace meses. En los bajos afloran cuatro establecimientos hosteleros, una parafarmacia, una sucursal de la Caja Vital y hasta un centro de estilismo. El trasiego en su acera es continuo. Sin embargo, treinta metros a la izquierda, en los bloques correspondientes a los números impares, los trabajos de edificación prosiguen. Los residentes, y por ende los negocios, brillan por su ausencia. Es una calle bicéfala. «Se hace un poco raro mirar por la ventana y ver todos esos albañiles. Al cruzar la carretera es como si retrocediésemos un par de años», refleja Gorka Remírez.
En Mariturri o Aldaia, el problema se agudiza. Sus habitantes se han topado con una contradicción irresoluble a medio plazo. Pueden dormir bajo un techo, aunque funciones básicas como alimentarse o adecentarse implican coger el coche o enfrentarse a un maratón a pie.
Bicicarril en carne viva
«Casi todas las viviendas de Mariturri están habitadas, sin embargo no sucede lo mismo con los servicios básicos», desaprueba Adolfo Gago, presidente del colectivo Vecinos de Mariturri. «Tenemos que montarnos en el coche para comprar una simple barra de pan». El centro comercial Leclerc suele ser su destino más habitual.
En calles como el Boulevard de Mariturri apenas afloran un par de bares. Incluso el bicicarril proyectado se presenta todavía en carne viva. «Hasta que no pasan unos cuatro años, la actividad comercial no se consolida del todo», alerta el experto Jero Sánchez. «Aquí hay clientela suficiente, que los emprendedores vengan», anima Gago.