Ha sido cuestión de mala suerte. Ha sido cosa del mal fario. Un mal bajío. Ha sido casualidad que nuestro prometedor 'watergate' del Gobela haya coincidido con una amenazante racha de lluvias. Qué lástima. Justo cuando podíamos montar un lío bueno con el encauzamiento del río y la supervivencia de su inquilino más saltón, el pez espinoso, el tiempo se ha puesto problemático y nos ha faltado coraje para aguantar el envite. Se anunciaban serias lluvias para estas horas, se repetían las imágenes de las inundaciones de Asturias, y la Diputación ha dicho que bueno, que tampoco hay que ponerse así, que se puede seguir con las obras en el río. Cualquiera puede entender a la Diputación. Tampoco es cosa de que, por preservar la integridad del gasterosteus aculeatus, se te termine ahogando el contribuyentus vulgaris. Y es que estamos en alerta por lluvias, en alerta naranja, en alerta limón, y eso, entre nosotros, significa que los alrededores del Gobela se convierten de pronto en un lugar peligroso. Cuando llueve en serio, el río se desborda y los vecinos las pasan moradas. Ahora que parecía que al fin todo iba a solucionarse con el encauzamiento del río, las distintas administraciones han encontrado una buena excusa para darse golpes y llamar un rato la atención: el bienestar del pez espinoso.
Y conste que al pez espinoso en Vizcaya se le aprecia. Da igual que sea un bicho que no sirve para la brasa. Es un animal de gran interés. Sin embargo, sorprende que su salvaguarda no sea fácilmente previsible. También que, de pronto, su presencia sea capaz de paralizar una obra que lleva años de retraso. Encauzar el Gobela es necesario por la sencilla razón de que no hacerlo es invocar a la tragedia. La obra debería haberse realizado hace años y ahora la peculiar correlación de fuerzas que se da en las altas esferas es capaz de transformar la urgencia en puro conflicto. Sin embargo, se ha puesto a llover y los mandamases se han asustado. Por lo que pudiese pasar, las obras del Gobela vuelven a ponerse en marcha. Y da la sensación de que a los que mandan no les importa tanto que el contribuyente termine con el agua al cuello como que la inundación pueda acabar salpicándoles, o sea, señalándoles. Son bulliciosos nuestros políticos, pero no son impermeables.