Su vecino de arriba, el camarero que le sirve el café en su bar de siempre o el chico con quien se cruza cada mañana al subir al tranvía. Cualquiera de ellos podría ser cliente de la prostitución porque, según un estudio encargado por la asociación Gizarterako, que ayuda a las meretrices, casi la mitad de los alaveses pagaría por tener sexo. En concreto, el 46,6% de los hombres que residen en la provincia. Y eso que en las profesionales «no encuentras nada de lo que buscas, pero tienen algo que te engancha», advierte alguno de los 452 entrevistados -223 chicos y 229 chicas a partir de 18 años-. Todos ellos respondieron a un anuncio publicado en la prensa donde se pedía su colaboración y se sometieron a una batería de preguntas elaboradas por los investigadores María José Barahona y Luis Mariano García de la Universidad Complutense de Madrid para conocer el papel del usuario. Este mismo equipo ya realizó un estudio similar en su comunidad autónoma.
Pero mantener relaciones sexuales previo pago no es sólo una posibilidad que la mitad de la población masculina del territorio se plantea. Algo más del 16% de estos ciudadanos han sido en alguna ocasión clientes de este negocio y la mayoría lo recuerda como «un acto espontáneo, irrefrenable y no planificado», concreta Barahona. Eso sí, aquella primera vez con una prostituta resultó «insatisfactoria». Pero, ¿qué les llevó a buscar sus servicios? Hombres y mujeres coinciden en que la clientela se mueve por «la necesidad sexual» -opinión extendida especialmente entre los primeros- aunque ellas creen que su segunda motivación es «ejercer poder» sobre las chicas y ellos, en cambio, dicen querer dar rienda suelta a sus «fantasías». «Me gusta que sea entregada y dócil. Yo pago y tiene que estar conmigo», argumenta otro de los entrevistados.
Testimonios como este último hacen pensar a casi el 16% de las encuestadas y cerca del 7% de los consultados que la prostitución se trata de otro tipo de «manifestación de la violencia de género». Sin embargo, las sensaciones hacia este negocio, que según el Gobierno central mueve 18.000 millones de euros anuales en el país, varían en función del sexo. La mujer mantiene una «actitud de tolerancia, desprecio y desconfianza», por este orden, hacia quien recurre a las meretrices, mientras que ellos prefieren abordar el asunto con «normalidad y tolerancia». Tal vez por esto, cuatro de cada diez alaveses conocen a algún hombre que ha pagado a una prostituta, mientras que menos del 20% sabe de una chica que se dedique al que dicen es el oficio más viejo del mundo, debido a que intentan ocultarlo.
La mayoría pide regulación
Pocos son los que aprueban este trabajo, en especial, si se ejerce 'al aire libre'. «La población se muestra mayoritariamente en contra de la prostitución en la calle, e indiferente si se hace en un sitio cerrado, como pisos, clubs, saunas...», especifica Barahona. Y es que los ciudadanos asocian la práctica de sexo en la vía pública con ciertos «daños colaterales», desde ruidos hasta preservativos en el suelo, que desaparecen cuando la chica trabaja en un local. «La prostitución 'invisibilizada' no nos afecta», reflexionan los investigadores. No obstante, preocupe más o menos el fenómeno, el 85,4% de los encuestados pide que se regule pues, avisa uno de los encuestados, «al pagar por el servicio haces mal a terceras personas».
Las 'afectadas', a veces, pueden resultar las novias o esposas del propio cliente. Y las consecuencias no son otras que la prostitución como «un mero enfrentamiento entre mujeres», afirma Luis Mariano García. Las meretrices «acusan a la mujer del cliente de no darle lo que quiere y se consideran salvadoras, trabajadoras sociales, psicólogas», resume. Cualidades que, según recalca un participante en el estudio, no parecen suficientes para hacer realidad el argumento de la película 'Pretty Woman' y sacar a la chica de la calle, porque «enamorarse de una prostituta es como tirarse al río». «No les interesa qué hace ni de dónde viene sino poder obtener lo que sin pago no hubiera logrado», contesta Barahona.
Pero, ¿qué pasaría si se cambiaran los papeles y fuera la mujer quien busca los servicios de un gigoló? Aparte de que los encuestados apenas se lo plantean, «el reproche social caería sobre quien paga». Eso sí, los consumidores siguen siendo hoy, sobre todo, masculinos y «cualquiera con diez o quince euros puede convertirse en cliente», concluyen.