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Bajo la mesa

Supongo que las mesas de cristal de las reuniones económicas de Zapatero evitan señas secretas entre compinches

02.06.10 - 02:47 -
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He observado que en las reuniones que mantiene el presidente del Gobierno, sobre todo las económicas -hoy en día, en el fondo, lo son todas; quizá, siempre-, suelen utilizarse mesas de cristal, transparentes. De este modo, las personas reunidas no sólo se ven mutuamente los bustos parlantes, los troncos y rostros, sino que tienen la oportunidad de observar, con mayor o menor disimulo, lo que queda por debajo de la línea de flotación: abdomen, piernas y pies. Supongo que es para evitar o descubrir las señas secretas entre compinches: un pisotón revelador o golpecitos de rótula. O si el que tiene la palabra, mientras larga, oculta una mano y se rasca las partes nobles. Con lo cual podría suscitar la sospecha, por reflejo psicológico, de que su discurso alberga la trastienda de la burla o el desdén. O sirve para revelar una pérdida de papeles y estado de nerviosismo que se delata por uno de esos movimientos descontrolados y rítmicos de pierna subiendo y bajando con rapidez, como un pistón. O si sus asesores económicos necesitan contar con los dedos, como podría pensarse.
Bajo las mesas de verdad, las de densa madera o variantes opacas, puede darse y se da otra realidad distinta a la que se ve alrededor de su superficie. Y queda aún más disimulada y se puede expresar con mayores maniobras si se trata de una mesa de restaurante guarnecida por los faldones de un gran mantel.
En mi vida, por fortuna, he ido a muy pocas bodas -no tengo claro ni si estuve en la mía- y a sus consiguientes ágapes. Recuerdo, o tengo la imaginación del recuerdo, uno, de niño, en el que corrí la aventura de meterme bajo la larga mesa, por un extremo, recorrí su longitud a gatas, flanqueado por las piernas de los invitados, y ¡ay! de las invitadas, y salí por el otro. Creo que esta experiencia me dio un cierto conocimiento de la auténtica naturaleza humana y marcó el comienzo de mi devoción vitalicia por las mujeres.
Bajo las mesas todos, alguna vez, nos hemos quitado los zapatos para que descansen los pies doloridos -y luego no te caben en los zapatos-. O en una línea más galante y erótica hemos hecho disimuladamente manitas o piececitos. Y los más osados algún escarceo inconfesable. Esa expedición táctil muslo arriba mientras pones cara de póquer y hablas del vino o ese pie descalzado que te sorprende presionando... El territorio bajo las mesas pertenece en especial a los amantes clandestinos.
Y desde debajo de una mesa, como nos ha acostumbrado el cine negro y especialmente el 'western', se puede sacar un arma sin que te vean e incluso disparar a través de la madera.
Así que es lógico y cabal que Zapatero utilice para esas reuniones económicas mesas de cristal. De este modo, se percata qué se manipula el que, mientras, le dice aquello de «en cuanto se me enderece lo que tengo entre manos, el primer agujero que voy a tapar es el suyo». Ya, es lo único que le faltaría.
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