El movimiento vecinal se ha hecho un 'lifting'. De un tiempo a esta parte, estos colectivos ciudadanos han florecido con una fuerza inusual. La masiva ocupación de las viviendas de los nuevos y no siempre impolutos barrios, la atomización de asociaciones por las más diversas causas -desde pareceres antagónicos hasta la alargada sombra de algunos partidos políticos- y ¿por qué obviarlo? un jugoso interés para los medios de comunicación han afianzado su capacidad de decisión en el devenir de la ciudad. Se han convertido en poco menos que 'el quinto poder'.
Acuerdan «más del 20%» del presupuesto del departamento de Vía Pública. Algunas son capaces de movilizar docenas de personas a favor o en contra de un proyecto determinado. A veces hasta los paralizan... U obtienen interesantes contraprestaciones a modo de compensación. Varias ofertan a sus privilegiados convecinos una carta de actividades socio-culturales que para sí quisieran ciudades enteras. Y de otras, las menos, no se conocen socios, actuaciones o ni siquiera un mísero teléfono de contacto.
A día de hoy, 40 grupos vecinales mantienen actualizada su ficha en Erdu, la agencia municipal para las asociaciones y el voluntariado. Diez más que hace un lustro. Curiosamente, esta legión supera con mucho al número de barrios que conforman Vitoria. Y es que en algunos distritos conviven, en mayor o menor armonía, dos, tres e incluso más colectivos ciudadanos. Zabalgana, con cuatro, se lleva la palma.
¿Cómo se explica semejante 'boom'? «Los partidos políticos no recogen sus problemáticas particulares», se arranca el sociólogo Iñaki Ruiz de Pinedo. «Ahí nace un fenómeno curioso y aparentemente contradictorio. Porque, en esta época de máxima individualización, asistimos a la concienciación de unirse para lograr algo», teoriza. La primer pista conduce a Zabalgana, Salburua, Mariturri o Ibaiondo, los distritos más jóvenes, los que necesitan una atención inmediata de sus habitantes. Sus asociaciones son las más activas del momento. «Hay grupos muy bien organizados que consiguen mejoras que asombran», aplaude Rafa Ruiz de Zárate, cabeza visible de Barrenkale y un clásico del movimiento vecinal vitoriano. Internet, por ejemplo, se ha convertido en un arma fundamental.
¿Y qué sucede cuando esas zonas se normalizan y se adecúan a la media de la ciudad? «Que la actividad de algunas se ralentiza o hasta se disipa», abunda Ruiz de Pinedo. De similar parecer se muestra Eduardo Cervera, presidente de la Federación de Asociaciones de Vecinos de ÁLAVA (FAVA).«Si un barrio concreto sufre una problemática, la gente se preocupa y moviliza pero, en esencia, estamos los mismos de siempre».
Lo que queda fuera de toda duda es que germinan al amparo de la treintena de locales cedidos por el Ayuntamiento, que este año les subvencionará con 245.000 euros distribuidos en diversas partidas. Esta intendencia fundamental, unida al entusiasmo -o ambición- de sus integrantes también aclara su actual vigor. Por cierto, ninguno recibe un euro por las horas empleadas.
¿Visión de ciudad?
La paralización del centro de inserción de Lakuabizkarra, el frenazo a la entrada del tranvía en Abetxuko, su voz en el borrador de la Intermodal.... El radio de influencia daría para varias ediciones. «Los partidos políticos están con la antena ante ellos», refleja el Defensor del vecino, Javier Otaola. En el Ayuntamiento, de hecho, observan el fenómeno con una mezcla de admiración y de cierta incomodidad. «Pese a la dificultad de interlocución que conllevan tantos colectivos, es una situación lógica ya que responde a la diversidad de intereses y preocupaciones que tiene la ciudadanía», considera Maite Berrocal, titular de Participación Ciudadana.
Fuentes municipales de varios departamentos consultadas por este periódico advierten, sin embargo, de que «están tan atomizados que, a veces, no tenemos claro con quién debemos hablar y si son realmente representativos».
¿Qué buscan estos colectivos ciudadanos; el bien general o sólo el de su distrito particular? La mayoría de los líderes vecinales consultados por este periódico se declara tajante sobre este aspecto. «Lo primero», su barrio. Para temas generales aparecen las plataformas que las agrupan como FAVA, Interbarrios o Vecinos de Gasteiz, la última en presentarse. Estas grandes colectividades evidencian asimismo las posturas tan dispares que anidan en el movimiento.
Y es que ha llovido mucho desde la creación de la FAVA, allá por el año 1990. Muchos grupos vecinales se adscribieron en aquel momento. Doce años después se vivió la primera gran escisión, que dio pie a otra agrupación paralela, Interbarrios, hoy integrada por once grupos. La original presume de quince. Tres de ellos, de fuera de la capital alavesa.
Los primeros escindidos hablaron entonces de «irregularidades» e «injerencias» de algunos partidos en la toma de decisiones. Nada nuevo, porque la sombra de las fuerzas políticas siempre ha asomado, en mayor o menor medida, sobre este movimiento. «Es 'vox populi' que la política anda detrás de determinadas asociaciones, aunque una cosa es ser partidista y otra seguir la dirección de un determinado partido», proclama Carlos Sevillano, de Gorbeia Auzokideak, la activa agrupación que ejerce en Lakuabizkarra e Ibaiondo. Desde hace dos semanas, el galimatías ha aumentado con la salida a escena de un tercer bloque. Conformado por ocho grupos ciudadanos, Vecinos de Gasteiz enarbola la bandera de «lo apolítico y plural».
Caladero para los partidos
A la FAVA, por ejemplo, algunos dirigentes vecinales la tachan de «afín al PP». Con Interbarrios, los comentarios apuntan hacia «la izquierda abertzale». Las acusaciones, por supuesto, se realizan en privado. Sin micrófonos ni grabadoras. Guillermo Perea, portavoz de Interbarrios rechaza estas etiquetas. «Estamos abiertos a todas las ideologías. Seguro que en esta inflación de asociaciones la política tiene algo que ver, pero lo que a nosotros nos interesa es que los problemas de los barrios se resuelvan», ataja.
Pese a estas palabras, lo cierto es que los partidos han pescado en este caladero. El Partido Popular 'fichó' a Benedicto Barrios y a Raquel Martínez, recientemente condenada a seis años por un delito de estafa inmobiliaria. El Partido Socialista, por su parte, repitió jugada con María Teresa Marín. Mientras que Perea ejerció hace dos décadas de concejal de la extinta Herri Batasuna. «Son excepciones, hemos mirado y miraremos siempre por los vecinos», contiene un veterano de la causa.