A Juan Ignacio Lasagabaster se le abrían las carnes, según confesión propia, al comprobar cómo el deterioro avanzaba con zanco largo sobre el valle salado de Añana. El máximo responsable de la rehabilitación de Santa María a los ojos del público era entonces el arquitecto que velaba por el patrimonio de la Diputación y veía con tristeza la decadencia de un paisaje único por el abandono de la producción que redujo considerablemente la demografía de la zona.
Así que desde la institución foral se redactó el plan director para rescatar las salinas de su declive, en el mismo sentido que el creado para revalorizar y vender la catedral vitoriana. El célebre eslogan elegido en el templo (Abierto por obras) ha encontrado eco a veintiocho kilómetros de la capital (Sal y descúbrenos). Merece la pena hacerlo, más si Aitziber se encarga de explicar tanta historia sumergida bajo esas terrazas que componen una postal insólita.
El pueblo elevado junto a la carretera de toboganes recibe al visitante con calma, ajeno a la prisa, en silencio y bajo el sol. Rasgan el aire las alegres voces infantiles de los escolares que copan la visita guiada del mediodía. Sólo se oye a los críos disfrutar del pediluvio, última estación de un recorrido entre arterias de agua con una densidad de sal muy superior a la marina, entramados de madera y terrazas superpuestas. Un escenario formidable, ayudado por una acústica excelente, para programar espectáculos nocturnos como los previstos en la segunda semana de julio. La imagen recuerda el sobrenatural y cinematográfico paisaje de aquellas minas abandonadas en el Oeste americano.
No se trata sólo de recuperar un entorno asombroso, sin comparación que valga en muchos kilómetros a la redonda. También en retomar la producción salinera como producto gastronómico de calidad a través de ferias internacionales ligadas al movimiento 'Slow Food' y la publicidad de los grandes cocineros, nuevos gurús sociales.
Cuando una comarca deprimida, sin apenas actividad y lastrada por el éxodo humano, decide tomar impulso necesita aprovechar el tirón de algo (la sal en este caso) para regenerarse económicamente, crear empleo en torno a la recuperación y dotarse de unos servicios inexistentes ahora mismo. No hay manera de aparcar en un pueblo de carretera angosta entre las casas en alto y las eras. Quienes acuden a conocer la antiquísima historia de Añana, primera villa alavesa, apenas encuentran un bar para calmar la sed en verano y menos un restaurante donde comer. Lástima que un valle tan salado no admita la tertulia tras un almuerzo sazonado con su producto estelar.