Brasil y Turquía se han convertido en las últimas 48 horas en la enésima esperanza para lograr un fin dialogado a la crisis nuclear iraní. Con una nueva ronda de sanciones llamando a las puertas del régimen islámico y la amenaza de un ataque israelí a las instalaciones nucleares sobre la mesa, los presidentes brasileño y turco rescataron el borrador del acuerdo alcanzado en Viena el pasado octubre y lograron que Irán acepte mandar parte de su uranio a enriquecerse al extranjero.
El nuevo pacto contempla que Teherán envíe el próximo mes a Turquía 1.200 kilos de uranio poco enriquecido (al 3,5%) para que en el plazo máximo de un año la Agencia Internacional de la Energía Atómica (AIEA) le entregue a cambio 120 kilos de uranio al 20% que necesita para su reactor de investigación en el hospital de la capital. En caso de no respetarse el intercambio, Turquía se compromete a devolver los 1.200 kilos de uranio al régimen islámico. Ankara se erige de esta forma en el garante de la confianza que en los últimos cinco años de tiras y aflojas ha hecho imposible el acercamiento de posturas.
«La diplomacia sale vencedora. Creo que fue una respuesta de que es posible, con diálogo, construir la paz, construir el desarrollo», declaró Luiz Inácio Lula da Silva, de visita oficial a Irán para tomar parte en una cumbre de países en vías de desarrollo. El ministro de Exteriores brasileño, Celso Amorim, fue más lejos y afirmó que el acuerdo «debe ser suficiente» para evitar una nueva ronda de sanciones.
Desde el lado turco, el jefe de la diplomacia, Ahmet Davutoglu, destacó que esto «muestra que Teherán quiere seguir una senda constructiva» y defendió también que «no hay base para nuevas sanciones y presiones». Fueron necesarias 18 horas de negociación a tres bandas entre los responsables de Exteriores para sellar un pacto que el primer ministro turco, Recep Tayyip Erdogan, no quiso perderse, por lo que viajó expresamente a Teherán.
Precaución internacional
La alegría de iraníes, brasileños y turcos, actualmente miembros no permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU, contrastó con la prudencia con la que el acuerdo fue recibido en el seno del conocido como Grupo del 5+1, formado por Estados Unidos, Rusia, China, Reino Unido, Francia y Alemania, los países que realmente tienen capacidad sancionadora. El portavoz de la Casa Blanca, Robert Gibbs, consideró en un comunicado que aunque el pacto representa un «paso positivo», aún persisten las preocupaciones sobre el programa nuclear de Teherán.
Los iraníes aseguraron que la propuesta oficial estará en los despachos de la AIEA en el plazo de una semana y Ahmadineyad hizo un llamamiento para que «los países del G-6 inicien conversaciones con Irán basadas en la honestidad, la justicia y el respeto mutuo». La república islámica enviará parte de su reserva de uranio a Turquía, pero el acuerdo no contempla el cese del enriquecimiento en las centrales nucleares iraníes, proceso que en los últimos meses se ha «acelerado», según el mandatario persa, «llegando a un 20%».
Este es el mayor punto de desacuerdo con las potencias occidentales que sospechan que Teherán persigue la fabricación de armas atómicas, extremo que hasta ahora los inspectores de la AIEA no han podido confirmar ni desmentir. La otra laguna del nuevo pacto es que Turquía no tiene la capacidad de enriquecer uranio, así que habrá que esperar a la posición de los dos países que anteriormente se prestaron a completar el ciclo del combustible iraní, Francia y Rusia, para conocer la viabilidad del documento de diez puntos acordado en Teherán.