¿Cómo encontrar un regalo de la categoría suficiente, de la estatura necesaria, para demostrar agradecimiento y hasta devoción a una madre? Imposible. Si acaso, se puede manifestar a base de cariño diario y, en fechas señaladas, con un detallito. Algo de esto hay en la relación de EL CORREO con sus más de cien mil lectores alaveses. El compromiso cotidiano es conocido. Centenario ya. Y ayer tocó la celebración. El detalle.
EL CORREO cumplió el pasado 1 de mayo su primer siglo de vida y eso, en el mundo de lo efímero que nos ha tocado contar, es más que meritorio. Una parte fundamental del mérito le corresponde a las miles de personas que día a día eligen este periódico para saber un poco más de lo que ocurre aquí y allá. Así que ayer fueron ellas, ustedes, las protagonistas de una fiesta que agitó el corazón de Vitoria.
La cita para celebrar el aniversario fue al mediodía, en la plaza del Arca. El plato fuerte, una tarta de doscientos kilos elaborada por la Asociación de Pasteleros de Álava y repartida en 3.024 raciones. Para animar el ambiente, la banda Gesaltza de Salinas de Añana, el mago Francisco Cuesta e Inma dando formas imposibles a los globos.
Naturalmente, se soplaron velas. Ocurrió cuando pasaban unos minutos de las doce y se encargaron de hacerlo un grupo de notables alaveses: el alcalde vitoriano, Patxi Lazcoz; el presidente de Saski Baskonia, Josean Querejeta; el presidente del Deportivo Alavés, Alfredo Ruiz de Gauna; el director del Festival de Jazz, Iñaki Añua; el atleta Martín Fiz; Patxi Viribay, coordinador de Magialdia; y el mismo Celedón, Gorka Ortiz de Urbina.
Noticias buenas
«¡Que las noticias sean buenas y que las veamos juntos!», gritó antes de apagar las velas Roberto Rejado, el encargado de animar al personal micrófono en mano. Luego, los músicos de Salinas de Añana soltaron el Zorionak Zuri, que fue coreado por las cientos de personas que esperaban su turno para hincarle el diente al dulce.
Porque ya mucho antes del mediodía, una fila heterogénea se formaba a lo largo de la calle Dato hasta casi alcanzar General Álava. Alfredo, lector veterano -«ni sé desde hace cuántos años cojo cada día EL CORREO»-, estaba el primero. Le seguía Mari Ángeles, mujer menuda y sonriente, transportada por las notas de la banda. Fueron quienes estrenaron el paseíllo que durante hora y media, tarta en mano, pasaría junto a Don Celes. Porque miles de personas quisieron celebrar el centenario y catar el bizcocho, crocante de chocolate de trufa, mantequilla praline de avellana y mermelada de frambuesa.
A la una y media ya habían desaparecido las más de 3.000 raciones. La plaza era un mar de globos rojos y el sol inesperado puso la guinda. Se terminó la fiesta y empezó la nueva etapa que culminará en el bicentenario... En 1910 también parecía imposible.