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Los hombres que no asesinaron a nadie

ESCRITO EN NEGRO

Los hombres que no asesinaron a nadie

Dos sospechosos pagaron con horrendas torturas y largos años de cárcel por el crimen de Cuenca, un homicidio que nunca se cometió

01.05.10 - 02:38 -
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Anatole France escribió que es más peligroso un tonto que un malvado, porque el malvado descansa y el tonto no, y ejerce el oficio a tiempo completo. El tonto de Tresjuncos, en la provincia de Cuenca, se llamaba José María Grimaldos López, a quien decían el Cepa, porque si se ponía de puntillas con suerte alcanzaba a tallar el metro y medio. El Cepa tenía 28 años, era pastor de ovejas, analfabeto y prácticamente imbécil. Al Cepa le gustaba decir que le daban «barruntos», que era su manera de expresar que, a veces, hacía lo que le venía en gana sin mirar las consecuencias ni imaginar siquiera que podía haberlas. Generalmente, un barrunto consistía en irse a tomar los baños a La Celadilla o desaparecer varios días sin dejar rastro después de andar anunciando en la tasca que cualquier día se iba al Brasil a procurarse otra suerte.
En el verano de 1910, después de vender unas ovejas, se esfumó sin avisar cuando desandaba el par de kilómetros que separaban Osa de la Vega de Tresjuncos. Se le dejó de ver a la altura del cruce de la finca del Palomar, que estaba a cargo de don Francisco Antonio Ruiz, alcalde de Osa y protegido de la condesa de Tarancón, doña Isabel Montilla. La condesa de Tarancón era lánguida a la manera de las aristócratas como Dios manda y decía que el pueblo estaba lleno de socialistas. En 1937, los rojos le cortaron la cabeza y la clavaron en la estrella del capó de su Mercedes blanco. Después la pasearon en romería entre tiros de Máuser y tientazos a la bota.
Desde aquel verano de 1910, del Cepa nunca más se supo, ni de él ni de los duros de la venta de los bichos. En la finca del Palomar trabajaban Gregorio Valero Contreras, que le decían el Varela y oficiaba de guardés, y León Sánchez Gascón, que le decían el Pastor, y hacía lo de un mayoral de las reses. Ambos hombres eran bravos, pero no de los que huían del tajo, si les tentaban respondían, y gastaban fama de anarquistas porque le solían buscar al cura, don Pedro Rufo Martínez Enciso, sobre todo cuando le metían candela a la pitarra. El hermano del Cepa denunció su desaparición en el juzgado de Osa y los acontecimientos tomaron una vía disparatada que hubiese tenido gracia si no llega a desembocar en una absurda tragedia.
Alguien empezó a largar que el Cepa estaba fiambre, estando de por medio las perras de la venta de las ovejas, y se terminó por dar por hecho que le habían asesinado por ir presumiendo de cartera rumbosa. Unos chavales afirmaron que le habían visto con Gascón y el Varela en la verja del Palomar, y como eran hombres de fama tremenda y tenían al cura a la gresca, se convirtieron en los principales sospechosos. Pasaron tres años y del cuerpo no hubo rastro. Los paisanos le daban a la mollera y a las conclusiones de tasca, después del dominó, y al Varela y a Gascón los miraban de reojo.
Torturados
Se consumó el disparate cuando llegó a la comarca el juez don Emilio de Isasa y Echenique, un dandi de trajes caros que presumía de haber cazado con Alfonso XIII, que tenía ganas de figurar y horas para enredar. En abril de 1913 la Guardia Civil detuvo a Gregorio Valero y a León Sánchez Gascón y les llevaron al juzgado de Belmonte que, siniestramente, era un palacio del siglo XVI que había sido sede de la Santa Inquisición desde 1520 hasta 1600, y allí les dieron para el pelo. Separados el uno del otro les preguntaron por el Cepa y como dijeron que no sabían nada les ayudaron a hacer memoria colgándoles en vilo de los testículos, sacándoles dientes a puro huevo con unas tenazas de herrar, baldándoles a palos y dejándoles sin dormir a régimen de bacalao en salazón y ni una gota de agua. Por pura lógica y, a pesar de que eran amigos, acabó pensando uno que se estaba comiendo el muerto del otro y al revés. Para que no les siguieran repasando, terminaron por confesar el crimen cada uno por su lado, pero como no sabían dónde estaba el cuerpo -entre otras cosas porque no lo había- dijeron que lo habían quemado y que se lo habían dado de comer a los cerdos. Se libraron del garrote por un pelo y les dieron presidio: a Gascón en la cárcel de Cartagena y al Varela en la de San Miguel de los Reyes, Valencia. Estuvieron a la sombra hasta 1924, cuando se aprovecharon de un indulto y recuperaron la libertad derribados, vencidos y con la marca de los asesinos. Salieron con la ropa vieja y el porvenir torcido. Por lo menos vivos, pero de milagro.
Dos años después, a don Pedro Rufo Martínez Enciso, párroco de Tresjuncos y uno de los más enconados partidarios de la culpabilidad del Varela y Gascón, se le fue el café por el revés. Había recibido una carta de su homónimo de la parroquia de Mira de la Sierra, a unos cincuenta kilómetros de Osa, en la que le requería la partida de nacimiento de José María Grimaldos por necesitarla éste para casarse con Cristina Ferrer, con la que tenía dos hijos naturales. El Cepa estaba vivo y coleando, igual de tonto y sin saber que su barrunto había llevado a dos hombres a cobrarse tormentos de la Inquisición y quince años de mazmorra.
El pueblo, siempre tan veleidoso, igual que primero quiso linchar a los asesinos, después quiso colgar al asesinado. Total, ya tenía las misas cantadas. El periodista Rafael Solís, del diario 'El Sol', difundió la noticia, que corrió por todo el país y así nadie la olvidó, aunque algunos lo pretendieron. El Cepa siguió viviendo con su tremenda irresponsabilidad, dándole más bien lo mismo si llovía o hacía sol. El honor del Varela y de Gascón quedó repuesto, los quince años de prisión no, esos no se los devolvieron, y los palos se los guardaron. Por resarcirles, el gobierno les puso de vigilantes en el parque del Retiro, y por lo menos dejaron de deslomarse en la siega. Una vez salieron a la pista del Circo Price y la concurrencia les aplaudió, como si fueran un par de osos en bicicleta. Don Pedro Rufo Martínez Enciso, el párroco de Tresjuncos, se suicidó ahogándose en una tinaja de vino. No se debió de acordar de que eso era pecado. Mortal.
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