Si cada asunto público se sometiera a referendum no habría manera de avanzar socialmente un paso. Antes de escrutar los resultados de la primera consulta se necesitaría desocupar la mesa para volcar sobre ella la urna con los votos de la segunda. Y así, sucesivamente. Del mismo modo, incluso con mayor énfasis, debe rechazarse la vieja usanza de legislar para el pueblo sin contar con su opinión. Es cierto que el despotismo ilustrado ha servido en ciertas épocas, no tan lejanas dentro de la misma Vitoria, pero este sistema atenta frontalmente contra la consideración de tratar a cada ciudadano con el mismo rango.
Medio año después de que Tuvisa reorganizó su mapa de itinerarios y conexiones de acuerdo con el mapa mental del metro ha llegado el momento de analizar el primer parcial y abrir el aula para que los alumnos soliciten la revisión del examen. Se han analizado propuestas, protestas en ciertos casos, de asociaciones vecinales y particulares. Y he aquí que el poder accede, ocurre a veces y otras no, a enmendar algunos entuertos. Ha atendido, por ejemplo, el clamor de Sansomendi, un barrio aislado del urbano con la reducción de líneas que se sentía rodeado de agua por todas partes. Veía pasar los autobuses sin que ninguno se dignara a adentrarse en el corazón del distrito.
Los responsables de Tuvisa también han mostrado la sensibilidad necesaria con los residentes en zonas alejadas de Salburua y Zabalgana. El hecho de que algunas manzanas alberguen aún a poca gente no significa que esos vecinos renuncien a los mismos derechos del resto. Ya han sufrido la escasez de servicios y equipamientos en otras materias sin la gracia de primarles con una rebaja de impuestos municipales. Después de las modificaciones todavía habrá quejas, pero parece un acto de justicia reconocer a Joaquín Esteban, veterano concejal, la gallardía de escuchar reivindicaciones. Es el mismo tipo que vivió el cambio de líneas hace seis meses con el alma en vilo y los dedos cruzados.