Como de costumbre, los trabajadores del matadero de Bilbao se ajustaban ayer los mandiles y afilaban los cuchillos a las seis y media de la mañana para encarar una nueva jornada de trabajo. Para los matarifes no era un día más, suponía el último en un empleo al que han dedicado media vida. Profesionales, abordaron la faena como siempre, aunque sus miradas y comentarios revelaban pena, rabia e incertidumbre. Y no necesariamente por ese orden.
La mañana comenzó con los ánimos muy caldeados. Entre vaca y vaca, algunos empleados dedicaban calificativos como «ladrones», «chorizos» y «estafadores» a los responsables de Gurokela, empresa que gestionaba hasta ayer las instalaciones, mientras blandían sus cuchillos ensangrentados. «El cierre es culpa de la mala gestión», no dudaba en denunciar uno de los matarifes. Sus palabras reflejaban el sentir de sus compañeros. «Aquí no falta nunca trabajo», añadía otro. El día de su cierre, el matadero llegó a estar al borde de la saturación. Una veintena de operarios se afanaban en sacrificar, despellejar, descabezar y preparar a destajo las reses que horas más tarde llegarían a las carnicerías de la villa. Según los trabajadores, sólo en la mañana de ayer desfilaron más de 200 terneras por la cadena de matanza. «Se quedarán cabezas sin matar», vaticinaban.
En el establo, un toro 'limusine' francés avanzaba resignado por el pasillo que le conducía a la muerte. Un transportista venido desde Salamanca presenciaba la escena desde la barrera y se quejaba de tener que dar media vuelta y llevarse a las vacas cacereñas que aguardaban en su camión «a otro matadero». «Aquí ya no van a sacrificar más y es una pena, porque los ganaderos tendrán que marcharse ahora fuera de Bilbao», lamentaba.
En la zona de sacrificio y despiece contigua flotaba un hedor que provenía de la mezcla de sangre caliente, barro y heces de los animales. «Es cuestión de acostumbrarse», atestiguaba afable Elías, un ganadero que acude desde hace casi 50 años al matadero de Zorroza y que ha vivido como varios gestores tomaban las riendas del centro. «Me da lástima porque, de niño, venía con mi padre y ahora no sé qué pasará», relata.
Cien damnificados
Levi es otro de los veteranos. Lleva 36 años trabajando en el matadero. Como portavoz de sus compañeros, lamentaba que «nadie» les haya consultado sobre el futuro de las instalaciones. «Es incongruente que lo cierren», sostenía con las manos manchadas de sangre. «No sólo se van a quedar en la calle 60 familias, el cierre afectará a más de cien», denunciaba. «Hay muchos puestos indirectos que dependen de la empresa. Nadie piensa en los que recogen las pieles o distribuyen la carne».
Los animales que habían aguardado hasta poco antes en el establo, pendían ahora de los ganchos, despellejados y dispuestos para convertirse en cuarto y mitad de ternera del país. «Cuando cierren, ¿dónde van a matar toda esta carne que comemos en Bilbao? ¿En Santander?», preguntaba a gritos uno de los empleados, señalando las reses con la punta de un cuchillo. Santi lleva cuatro años disparando la pistola de aire comprimido con la que se da el tiro de gracia a las vacas. «El lunes estaré en la calle», lamentaba. Y añadía con la cara salpicada de sangre: «Como algunos somos autónomos, ni siquiera cobraremos el paro».
Ismael es el encargado de sacrificar las terneras siguiendo las pautas que marca el rito musulmán. En dirección a La Meca, clava con precisión el cuchillo en la yugular de los animales, que ven escaparse la vida mientras se desangran colgados de un gancho. Con el mandil ensangrentado y el cuchillo todavía en la mano , este argelino decía estar «apenado» por el cierre: «¿Qué harán con todo esto, con lo bonito que es?», preguntaba.
«Lo único que nos queda»
En un corrillo, un grupo de trabajadores se aventura a proponer una solución que, a su juicio, garantizaría la continuidad de la planta cárnica. «Queremos hacernos cargo del negocio y demostrar que puede ser viable. Si hace falta, podemos duplicar la producción», sostenía uno de ellos con vehemencia. «La solución es crear una cooperativa de matarifes», resolvía otro. «Sólo queremos trabajar y poder vivir de ello. No queremos obtener beneficios», apuntaba un tercero.
A las dos de la tarde terminó el último turno. En silencio, los matarifes se quitaron los mandiles y limpiaron sus herramientas de faena. Unai Ibarzabal, director general de Gurokela, aprovechó esos últimos momentos para comunicar la situación y despedirse de los trabajadores. «Ha sido la primera vez que nos han hablado del cierre», confirmó uno de los empleados. Ahora, afrontan el futuro con incertidumbre sin saber si volverán a trabajar en Zorroza. Lo que sí tienen claro es que el lunes volverán para concentrarse frente a sus puertas. «Parece que es lo único que nos queda», concluyeron resignados.