«A la gente le sorprende que una construcción tan importante en la historia de Vitoria haya estado oculta y sea tan desconocida a los ojos de los visitantes». Ibabe Goikoetxea, una de las guías de la Fundación Catedral Santa María, explica continuamente en castellano y en euskera el origen de la capital vasca y los últimos hallazgos arqueológicos que han aportado una mirada diferente al pasado de la ciudad. Esta vitoriana, historiadora del arte, de 32 años conoce de primera mano la fascinación que las leyendas y los hechos históricos ejercen sobre los turistas de fuera y sobre los propios vitorianos que aprenden algo de sí mismos paseando bajo estos lienzos de piedra. «Son calcarenitas para la mampostería, la piedra de menos calidad y piedra blanca o lumaquela de Ajarte para la sillería, la buena», concreta.
«Todas las visitas tienen que ser guiadas menos el primer sábado de cada mes y los festivos y puentes que se dejan las puertas abiertas para que quien quiera pueda entrar», señala.
De lo que se cuenta en el guión de esa visita «llaman la atención en primer lugar las diferentes maquetas que dan cuenta de la evolución urbanística de la ciudad. La aldea de Gasteiz formada en el siglo VIII que nos ha dejado los huecos donde se instalaban los postes de madera de las chozas. Luego, la Vitoria del siglo X y la villa de mitad del siglo XI ya amurallada antes de la fundación de los reyes navarros», cuenta Ibabe.
La visita a pie de muro por los jardines de las traseras de la Correría, además de la belleza de los lienzos, está trufada de historias más recientes como el uso que de las paredes hace el propio palacio renacentistas de Escoriaza- Esquivel, el matadero del siglo XIX que también utilizó el paño para construir su estructura, o la rehabilitación de los años sesenta que fue la primera vez en la historia que los vitorianos ponían en valor el potencial de torres y almenas. Pero la historia de la ciudad también se escribe en los periódicos y en los pequeños sucesos como el que recogió en febrero de 1895 'El Anunciador vitoriano'. «Contamos que ese mes hubo una nevada muy fuerte y dos de los puestos del mercado de abastos -otro de los usos de este espacio- no soportaron la nieve y se hundieron matando a dos de las tenderas», relata la guía. La muralla, sin objeto defensivo ya, vuelve a ser un elemento de orgullo vitoriano.