La complejidad y la diversidad son algunas de las señas de identidad del autismo, un trastorno con muchos aspectos aún por abordar. La asociación alavesa de autismo Arazoak aprovechó la celebración el pasado viernes del Día Mundial de la Concienciación del Autismo para recordar la importancia de mentalizar a la sociedad sobre este problema. El colectivo ofrece asesoramiento, asistencia y talleres a unas 160 familias del territorio aunque desde su fundación, en 1982, la situación ha experimentado un cambio esencial pues antes «se necesitaban especialistas que realizaran los diagnósticos porque las familias estaban totalmente desorientadas. Ahora hay más información pero existe una gran diversidad de casos con necesidades muy dispares», destaca Venancio Díez, presidente de la agrupación.
«Principalmente, se ha avanzado muchísimo en la normalización de la vida de estas personas y los apoyos para integrarles en la educación. Y a nivel de ocio, hemos intentado que participen en la oferta a nivel institucional de Vitoria y Álava, como en ludotecas, colonias o campos de trabajo». La musicoterapia forma parte de esas actividades que organiza Arazoak a través de sesiones personales en el Instituto Música, Arte y Proceso -en el paseo de la Zumaquera- y en grupo, desde el año pasado, en el centro de día de la asociación, en Landaverde. «La individual está dirigida a personas con más dificultades de comunicación y pretende fomentar la comunicación y la integración a través de la música», aclara Maika Reboredo, psicóloga y directora técnica del colectivo. En la otra modalidad, la relación no fluye «de tú a tú, sino entre iguales».
Los programas que ha puesto en marcha Arazoak son tan diversos como variados. Además de la atención a padres y chavales, uno de los pilares básicos, la oferta se completa con talleres de pintura, psicomotricidad, horticultura, baloncesto, natación, ocio o habilidades sociales. Así, los fines de semana de respiro, con excursiones de dos días a los albergues de la red foral, «están muy solicitados aunque tenemos una larga lista de espera porque no damos abasto», señala Arantxa González de Zárate, trabajadora social de la asociación.
Sacar lo máximo de cada uno
El centro de día de Landaverde, gestionado de forma compartida con la Diputación, acoge a personas que han acabado la escuela y que antes debían quedarse en casa por la falta de actividades pensadas para sus necesidades. Sus talleres -cocina, lavandería, ofimática, carpintería, horticultura, fisioterapia o deporte, entre otros- buscan desarrollar capacidades para la vida diaria con propuestas individuales adaptadas para que «la persona se rehabilite o saque de sí lo máximo de su desarrollo». «Si se deja un programa y no hay una continuidad después de la edad de escolarización, se produce un deterioro muy importante», avisa Díez.
Aratz es uno de los pequeños que participa en las actividades, en concreto, en las clases de natación, donde se mueve ya como pez en el agua. «La piscina es su mundo, disfruta muchísimo», asegura Arrate Mujika, su madre. Al igual que otras familias, la suya también tuvo que desfilar por diferentes especialistas hasta que detectaron el trastorno de su hijo. «Pasé por el 'otorrino' y el neurólogo hasta tener un diagnóstico más completo, y en Arazoak me ayudaron y me guiaron en todo momento». Ella, junto a su marido, padres también de dos niñas, recalcan la importancia de que las instituciones aporten más apoyos para poder «darnos un respiro y un desahogo, ya que llevas una carga constante».
Una de las soluciones pasa por dotar a la asociación de «un local más amplio y accesible». «La actividad está muy paralizada por la falta de medios. Por un lado está el espacio y por otro, el colectivo va subiendo pero los presupuestos no. Eso se traduce en menos atención, y afecta de forma negativa», explican desde la asociación con cierto pesar. Y es que hace unos años se hablaba de cinco autistas por cada 10.000 ciudadanos y hoy habría que multiplicar las cifras «por cuatro o cinco», analiza Díez. Eso sí, pese a estos obstáculos, Arazoak ha logrado que «los autistas cada día sean más iguales que los demás».
Pero si el autismo necesita algo es «un diagnóstico precoz». «El periodo ideal para la detección es entre los 14 y los 36 meses. Su desarrollo evoluciona a una velocidad terrible», razonan. «Normalmente es a los 18 meses cuando se tienen que desarrollar las funciones más simbólicas de una persona, como el lenguaje. Ahí es donde se produce el primer frenazo y se ve que desconectan; el contacto con los demás se ve alterado o dejan de jugar, por ejemplo. Pero al detectarlo a los dos años, se aprovechan los mejores años para su rehabilitación».