A pesar de haberse desarrollado en el hermético y anticomercial género del rock duro/heavy metal, empero de su autodefinición como banda de blues e incluso de combo hostelero (de grupo de pub), no obstante de la sexualidad rampante, la violencia motora y un machismo que les valdría la censura inmediata de la ministra de Igualdad Bibiana Aido, AC/DC han logrado eclosionar a nivel mundial, han podido romper las barreras de los estilos y las prevenciones políticamente correctas de un negocio tan conservador como el de la música pop-rock, y se han instaurado como un clásico total que influye a grupos nuevos de todo el mundo y que mueve cantidades ingentes de gente de toda condición a sus conciertos menos circenses de lo aparente, espectadores que se quedan con los ojos como platos y los pelos de punta tras la dosis que les inoculan.
AC/DC son grandes, mastodónticos, unos dinosaurios que en disco no suelen renovar los laureles de antaño (ahí está su rutinario último lanzamiento, 'Black Ice') pero que en vivo expelen tal fuerza que nadie debe buscar los tres pies al gato. Son grandes y lo han conseguido sin renegar de sus orígenes humildes, proletarios y fajadores. Al tranquilo en la vida real Angus Young, su guitarrista, se la suda todo lo que sucede a su alrededor, le gusta escuchar discos de viejo blues y está preparado para sufrir descargas eléctricas durante dos horas de bolo con la resistencia física de un atleta de primera (¡y eso que la semana que viene cumple 55 años!), y a su vocalista, Brian Johnson, a sus 62 tacos todavía se le nota el pelo de la dehesa y en su mansión de Florida ha construido una reproducción exacta de su pub favorito, allá donde se reúne con sus amigotes para beber pintas y jugar a los dardos. Para regalarse esos caprichos sirve el dinero duramente ganado, ¿verdad?
Dan la talla
Y en vivo AC/DC dan la talla. Verlos es más interesante que estar ante los Rolling Stones, que observar el andamiaje de U2, e incluso que dejarse llevar por el mismísimo Springsteen. Un concierto de AC/DC está lleno de viñetas y de villanos, de hombres y de hembras, algún truco burdo (la muñeca hinchable gigante), cañonazos al final que con los tímpanos de los espectadores ya castigados apenas hacen efecto, comunión con la afición revelada en los cuernos luminiscentes rojos que portan cientos de fans sobre sus testas, y un volumen apabullante. El bueno de Brian Johnson, el cantante, suele contar que su padre le criticaba asegurando que ni durante la Segunda Guerra Mundial había oído tanto ruido como en un concierto de AC/DC. ¡Y su padre era un sargento mayor que peléo en El Alamein!
Las armas del quinteto hard rock son el ruido, la liturgia, la interacción y un cancionero sustentado sobre lemas que definen el rock. Hay quien los ve en directo, se deja llevar por las evoluciones de Angus, el guitarrista de la Gibson SG, y de Brian, el vocalista de la gorra y la voz rota, y de repente se fija en el fondo del tablado y se pregunta qué hacen esos ahí detras. Pues trabajar: el batería, el bajo y el hacha rítmica (Malcolm, el hermano de Angus) consolidan eficaces un entramado que aplasta al oyente.
Y lo mejor, lo garante de su propuesta honesta, es que ellos no han cambiado. El éxito no les ha vuelto locos (aunque alguno, como Malcolm, tuviera sus más y sus menos con el alcohol). AC/DC siempre han hecho lo mismo: conjugar riffs básicos bajo un argumentario recurrente. Amplificadores al máximo, varios breves punteos y voz roñosa. Lo mismo hacían en los pubs australianos en los 70, cuando Angus todavía iba al colegio y ese día que llegaba tarde a un bolo en un bar no se quitó el uniforme escolar y a la concurrencia le agradó tanto el detalle que se incorporó a la inconografía del grupo. E igual hacen hoy en los estadios de todo el mundo, esos estadios a los que accedieron en los 80 a pesar del palo de la muerte, en 1980 y por intoxicación etílica, de su anterior cantante, Bon Scott, otro broncas con la cara llena de cicatrices de peleas y de accidentes.
AC/DC son grandes y sus cifras lo certifican. Formados en Sydney en 1973, han vendido más de 180 millones de álbumes en todo el mundo, 71 en Estados Unidos. Su disco 'Back In Black', editado tras la muerte de Bon Scott, lleva 49 millones. Su último CD, 'Black Ice', el que propició esta gira planetaria, despachó 1.762.000 copias en su primera semana y fue número 1 en 29 países, España entre ellos. Ya ha colocado unos 7 millones de copias legales. Y a nadie le importa ese disco, sino sus creadores, porque son grandes.