Coser un botón, subir un pantalón o arreglar una chaqueta resulta cada vez más complicado. Pero no para los clientes, sino para las costureras y modistas, que ven cómo sus negocios, lejos de relanzarse en estos tiempos de crisis, están cada vez más 'tocados' por las apreturas económicas. ¿Los motivos? Varios. El principal, la proliferación durante los últimos años de las tiendas dedicadas al arreglo de ropa y que en la actualidad se acercan ya a la treintena.
El aumento de este tipo de establecimientos ha provocado que la demanda, que de por sí se contrae con las dificultades, se reparta hasta el punto de que se resienta la rentabilidad económica de estos negocios. «Esto no es una bicoca, la gente se arregla la ropa, sí, pero si hay más oferta, se reparte más. También depende. El que quiere que le reparen un bajo, acude a cualquiera, pero si son cosas mayores, te lo piensas un poco más», explica Isabel Martín, con 13 años al frente de su tienda Arreglos.
«Están abriendo como setas. Algunas son tiendas de una sola persona, que se han quedado sin trabajo y han tenido que abrir un local», apunta Lola Fraile, de la franquicia Retoucherie de Manuela, cuyos dos establecimientos han cumplido ya una década de vida. No así su plantilla, que se ha visto reducida a la mitad.
Otro problema, reconoce Fraile, son los precios. «Lo más sencillo, recoger un bajo, puede rondar sobre los 6 euros y arreglar una manga, por ejemplo, unos diez. A la gente le parece caro, pero no se da cuenta de todo lo que conlleva realizarlo y los gastos que hay», argumenta. Con ella coincide Begoña, de El Taller de Begoña, quien, puestos a buscar razones para justificar esta racha negativa, pone la mirada en las «tiendas de ropa barata y mercadillos».
Tanto es así, que desde Max y Arreglos reconocen que «la gente que ha comprado una cazadora por 30 euros, prefiere no pagar el arreglo, que igual cuesta 20 euros, y en su lugar adquirir otra prenda», razona Anamelba Maxleonel. Hace dos años que abrió la tienda y ya ha tenido que reducir la jornada de su única empleada. «Desde septiembre para acá, no está la cosa para tirar cohetes. Además, en este negocio hay que saber coser muy bien, no sólo usar una máquina, porque la responsabilidad de la prenda es tuya», recalca.
Economía sumergida
Pero el auténtico dedo en la llaga de todas ellas lo pone Elena Martínez, responsable de Arreglos Yco, al sacar a la luz la «numerosa competencia ilegal. Muchos se creen que esto es la panacea, pero es al contrario». A ello contribuye la diversidad de modistas que trabajan desde sus propios hogares, bien por cuenta propia o bien para los establecimientos de ropa, que acuden a ellas para realizar los cambios que les requieren sus clientes.
«Hay mucha economía sumergida», denuncia Fraile. «La gente que trabaja en casa no paga nada y pueden poner los precios a la mitad. Nosotros lo hacemos con una garantía y profesionalidad, y eso tiene un coste, no estamos robando a nadie», insiste Martínez, antes de admitir que «estamos viendo las orejas al lobo».
Y eso a pesar de que en enero inauguró una segunda tienda en Beato Tomás de Zumárraga. «En la anterior no podía mantener a tantas chicas. Me he quedado con tres y las demás las he empleado en la nueva, a ver cómo funciona», dice, al tiempo que reconoce que «sólo con ropa tendría que cerrar. Por eso dos dedicamos a arreglar trajes, cortinas, manteles, edredones...».
Una surtida oferta que cada vez reclaman más hombres. «En los últimos años han venido más chicos, sobre todo a estrechar pantalones o mejorar chaquetas y camisas», apunta Isabel Martín quien, como el resto, confía en que el desalentador panorama mejore los próximos meses.
Mucho mejor lo tienen en el sector del calzado, donde a la hora de hablar de vacas flacas, los zapateros convergen en sus positivas valoraciones. «Aquí estamos más o menos parecido que en los últimos cuatro años», valora Javier Soto, que lleva cinco lustros de profesión. «En 2008 se produjo un repunte, pero el año pasado bajó otro poco y fue como en 2007. Pero no hay mucha diferencia, yo tengo mucha clientela fija, algunos que vienen desde otros barrios como Lakua o Zabal gana», añade un veterano José Luis Beneítez.
Lo que sí han detectado es que se encuentran con «menos calzado nuevo, la gente te trae los de años anteriores, algo más viejillos», desvela José Luis García, cuyo mayor volumen de encargos se centra en los tacones y suelas. «Una tapa cuesta 6 ó 7 euros, y la suela, 8 ó 9, y los clientes prefieren eso a comprar algo nuevo y más caro, así que no me quejo», desvela.
Parecida impresión transmite Soto. «La gente aguanta y aguanta hasta el final. Antes si le decías que estaba para tirar, lo hacían, y ahora te piden que lo repares. Aunque cada vez se hace más calzado de usar y tirar, de plástico, que con cuatro puestas ya no sirve», advierte. Una tendencia que se suma a la progresiva desaparición de un oficio en el que «cada vez somos menos, pero por ahora tiramos».