Hay veces que no se encuentran modos de entender la maldad que anida en la mente de algunas personas, por usar un eufemismo piadoso para referirse a ellas. Son cabezas que invierten el trabajo en tramar averías de consecuencias lamentables para su entorno, conocido o no, inmediato o lejano. Algo tremendo cuando las víctimas se corresponden con nombres y apellidos de seres humanos. Pero también vergonzoso si la especie damnificada es la animal.
Se trata, por ejemplo, de este caso relativo al envenenador de perros. Una decena, puede que larga, de canes que se comían la libertad al galope en su paseo diario o nocturno han olisqueado reclamos podridos en el césped de parques vitorianos con toda la aviesa intención del mundo. Después de activar su agudo sentido del olfato, los perros han puesto a trabajar el del gusto. Cuatro de ellos, por ahora, han muerto.
Uno, como tanta otra gente, no posee mascota ni piensa tenerla algún día. Pero como debería reflexionar toda la ciudadanía, se lamenta de que existan tipos sádicos, capaces de causar el mal por la excitación que les produce el sufrimiento ajeno. Hay personas que viven el dolor de su animal doméstico como si esas diarreas, vómitos y desorientaciones provinieran de su propio organismo. Para otras, incluso, el perro que les mira a cada momento, el que atiende sus interjecciones cotidianas, supone la única compañía en esta sociedad moderna con tendencia a formar islotes.
Sí, la colectividad que construimos a base de avances tecnológicos y mejoras materiales presenta taras evidentes. Como estos síntomas de enfermedad traducidos en el envenenamiento de animales. El autor, sólo o en connivencia con otros, sabe geografía urbana porque ha distribuido la mierda por abundantes puntos verdes -y vaya si los hay- de la capital alavesa. Y no repara en el esfuerzo para recorrerlos. Más le valdría ejercitar piernas y neuronas en algo beneficioso. O, al menos, que ponga su mente en blanco y se quede en casa con dos vueltas de llave por dentro.