Los vecinos de la zona de Olarte, en el límite entre Llodio y Luiaondo, se han quejado en varias ocasiones del mal estado del camino que conduce a sus caseríos. En respuesta a sus críticas, el Ayuntamiento acaba de aprobar el proyecto para suavizar las dos curvas más cerradas del trazado y arreglar el kilómetro y medio de capa de rodadura, que está en «muy mal estado». La reforma tiene un presupuesto de 300.000 euros, pero habrá que esperar a que el Consistorio disponga de recursos económicos para hacer frente al gasto.
No es ésta la única remodelación prevista en la zona de Olarte, que tiene como principal atractivo una presa anegada y sin uso desde las inundaciones de 1983, pero que sirve como humedal a algunas especies de aves. El potencial de la zona es «muy interesante» porque la fuerte caída de agua de la presa se podría usar para producir electricidad. Aunque la inversión es muy alta, ya se ha barajado la posibilidad de instalar una turbina que aproveche la diferencia de altura, una medida que también sería viable en la presa de Maroño, donde se podría producir más energía dado que el dique es mucho más alto.
La recuperación medioambiental de esta zona protegida incluirá una limpieza profunda de la vegetación del entorno. La intervención que se ha programado dotará a la zona de nuevos caminos preparados para que se pueda pasear con comodidad y de señales para orientar a los visitantes. Será imprescindible retirar la barandilla metálica de la pasarela de hormigón que conduce a la presa y mejorar el acceso desde la parte baja del monte.
Interés medioambiental
La zona de Olarte será accesible con bicicletas, así que se habilitará un aparcamiento para ellas y un circuito de pasarelas peatonales para rodear el humedal y acercarse a los detalles de la fauna que se puede encontrar gracias a los carteles que se distribuirán en el recorrido.
La presa de Olarte se construyó en los años 60, pero abasteció a Llodio desde la década de los 20. Tras las inundaciones, quedo inutilizada y las autoridades decidieron construir el pantano de Maroño, de mayor capacidad, para evitar las restricciones que periódicamente sufría la comarca, que en septiembre de 1991 llegaron a ser de veinte horas diarias. Desde entonces, se convirtió en un vergel con gran interés biológico por la gran cantidad de las aves acuáticas que acoge a lo largo del año.