El pasado 6 de diciembre, dando una vuelta por los alrededores de Vitoria, tomé estas fotografías. Aún no doy crédito a que, a tan sólo nueve kilómetros de la capital, pueda estar sucediendo algo así, justo el año en que se han cambiado el cincuenta por ciento de los bordillos y aceras de nuestras ciudades.
Este es el lamentable estado de la iglesia de Ziriano, en el que será uno de sus últimos inviernos si no se actúa de manera inmediata. Los edificios anexos están arruinados y el templo nos sobrecoge con sus últimos estertores, a punto de darse por vencida, después de cinco siglos de vida, como un anciano olvidado.
Un día cualquiera, a lo peor este mismo invierno, sus fatigados sillares no podrán resistir más la angustiosa espera de una ayuda que nunca llega y se desplomarán, llevándose consigo las valiosas pinceladuras del siglo XVI que alberga en su interior. Así, la portada del tomo VIII del Catálogo Monumental de la Diócesis de Vitoria se perderá, como ha sucedido por desgracia con tantos ejemplos de nuestro patrimonio.
Tirando de hemeroteca, podemos ver en EL CORREO del 7 de Junio de 2006, que los planes institucionales para Ziriano eran convertirla en el Centro de Interpretación de la Pinceladura.
Pasividad institucional
En 1950, su vecina iglesia de Betolaza se rendía tras una agonía semejante, pero eran otros tiempos, tiempos de postguerra. Ziriano ha resistido, sin duda pensando que en los albores del tercer milenio un abandono así sería impensable. Pobre ilusa.
La noche en que un estruendo de maderas, piedras y tejas despierte a los dos únicos vecinos que quedan en el pueblo, otro testigo de nuestro pasado habrá desaparecido para siempre ante nuestros ojos y ante la pasividad institucional, a tan sólo nueve kilómetros de nuestras relucientes y recién estrenadas aceras.
Podemos pasar página y mirar para otro lado, culpar a la crisis económica o al destino, pero ¿no merece la pena hacer algo para salvarla?