«Se habla de ciudad medieval, pero desde el punto de vista de los edificios no queda nada más que las iglesias y la Casa del Cordón, sin duda el mejor edificio gótico de Vitoria y el más importante hasta que se construyó el palacio de Montehermoso», describe el arquitecto Antón López de Aberásturi, autor de la última reforma de la Casa del Cordón. Ayer sorprendió contando los secretos que se guardan detrás de sus muros, que ahora acogen la Fundación Mejora de la Caja Vital.
Probablemente, la mejor manera de conocer quiénes fueron Pedro Sánchez de Bilbao y su hijo Juan, los que dieron esplendor a esta casona, es leer el libro 'La calle de la Judería' de Toti Martinez de Lezea que se centra en la biografía novelada de estos personajes. De hecho, se van conociendo nuevos detalles a raíz del estudio del testamento de Juan 'el rico'.
Pero en cuanto al edificio, Antón López de Aberásturi cree que todavía hay mucho que contar. Por ejemplo, que el último descendiente de aquella familia judeo conversa fue Telesforo Monzón, consejero del Gobierno vasco durante la guerra civil y fundador de Herri Batasuna. «En una ocasión le comenté que había una leyenda urbana en Vitoria por la que a su palacio de Olaso, en Bergara, se habían llevado los cubos de una casa torre que desapareció en la calle Cuchillería. Él me dijo que en realidad el edificio que poseía su familia era la Casa del Cordón y que lo vendieron a los Sarralde a principios del siglo XX».
Una torre en el interior
Todos los palacios vitorianos tienen una historia particular digna de una novela. Pero la del Cordón no se agota en un libro. «Es un misterio y hasta 1962 no se descubre que había una torre dentro del palacio. Y las hermosísimas bóvedas góticas se conservaron porque se creyó que la sala era una capilla. Y esa torre explica el urbanismo medieval. Miraba por un lado al castillo -ahora iglesia de San Vicente- y, por otro, a la Llanada, a los dominios de la familia propietaria, los Gauna», cuenta López de Aberásturi. También la fachada está llena de sorpresas. Los Sánchez de Bilbao obligaban a agacharse a todo el mundo cuando entraban a su casa por el pequello portillo de 1,70 metros. Y es que el mercader, que tenía una fortuna superior a la de todos los vecinos de Vitoria juntos, humillaba a los nobles de la ciudad, a los reyes y al mismísimo papa Adriano de Utrech.
¿Y el dinero? «Se ha encontrado el hueco donde lo escondía en la bóveda», recalca enigmático el arquitecto.