No es que Francia sea una arteria por donde viaja la sangre de los vehículos a borbotones como en Los Ángeles, pero sí es una vía que invita a pasar deprisa y no disfrutarla con sosiego. A diferencia de la metrópolis californiana, donde no existen portales sino mansiones a la salida de la autopista, sí hay aceras y bloques de edificios. Y, sin embargo, algo falla en esa calle cuando se asume como un desfiladero de coches que llegan desde Portal de Villarreal o la zona de Molinuevo para alcanzar cuanto antes El Corte Inglés.
Tanto los responsables del Artium como los comerciantes de la zona reclaman que Francia transforme su mueca hosca en una cara más risueña para los viandantes. Piden, sobre todo los dueños de las tiendas, la coexistencia pacífica entre vehículos y peatones. Algo que impida verla como una frontera entre el Casco Viejo y la parte este de la ciudad, un cauce de tráfico denso que conviene atravesar cuanto antes sin reparar en cuanto ofrece.
Resulta ya evidente que el Artium no ha ejercido de señuelo para fijar suficientemente la atención en la zona. El 'efecto llamada' del museo roza el conjunto vacío, la estación de autobuses hace tiempo que dejó de atraer gente por su traslado a Los Herrán como terminal cutre y los ciudadanos decidimos pasar, no tenerla en nuestro mapa como un rincón para estar. De ahí los consiguientes perjuicios para el comercio y la hostelería.
Y no se trata de una calle cualquiera, sino de un emblema urbano de Vitoria por el tránsito de vida que generaba. Los propietarios de los establecimientos solicitan para el lugar las atenciones que el Plan Alhóndiga ha dispensado a Sancho El Sabio y su entorno, cuya cirugía estética merece siquiera unas frases de elogio. Lo cierto es que Francia genera la impresión de una calle dura para el paseo y la mirada. En ese lenguaje del 'buenismo' políticamente correcto podría definirse como una vía poco amable. Dicho, por supuesto, con todo el talante del mundo.