El Correo

Internet por un tubo

Internet no es precisamente virtual, sino que es una realidad muy física. Tan tangible que se puede medir y las cifras asombran. Una: el almacenamiento de los datos que guardamos en el correo electrónico o en Facebook ya supone más del 2% del consumo energético mundial. Dos: estos datos circulan a través de 300 sistemas de cable submarino que atraviesan océanos y mares, y después recorren millones de kilómetros en infinidad de tubos hasta llegar a su destino. La dimensión física de la web resulta turbadora, pues apenas hay presencia de ella en el paisaje. Internet no es limpia ni ecológica ni viaja apenas por el aire, sino que es contaminante y básicamente se mueve por tierra y por mar, sustentada en una maraña de infraestructuras palpables.

La evidencia material de la red sorprende aún más cuando se advierte que el sistema de espionaje masivo destapado por Edward Snowden no consistía en la eficacia de agentes secretos o en la genialidad de algunos 'hackers' informáticos, sino que giraba en torno al saqueo de tubos estratégicos. Como los conductos que unen las redes móviles a nivel mundial, cuyo pinchazo permitió a Estados Unidos acceder a la ubicación de millones de teléfonos móviles. O los 200 cables de fibra óptica que se sitúan a las puertas de Reino Unido y que aportaron millones de datos una vez interceptados.

Solo el 1% de la red llega por satélite. El resto va por cables, como muestra el interesante libro de Andrew Blum 'Tubos', editado por Ariel. Inquieta darse cuenta de que el universo virtual se puede sabotear como se asalta un oleducto para robar petróleo. Y también que al igual que sucede con el oro negro, el reparto del nuevo maná vaya a generar un desequilibrio aún mayor, pues un nuevo orden mundial ya señala a países con una excelente conectividad y a otros con amplias zonas sin cobertura. Ricos que irán a más y pobres que irán a menos. Como mostraba la estupenda exposición 'Big Bang Data', organizada por el CCCB y la Fundación Telefónica, Estados Unidos, que además es el principal productor, y Reino Unido tienen el suministro más completo gracias a una tupida telaraña de tuberías submarinas que, en caso de una hipotética guerra, resultaría trascendental para la gestión del país.

Lo mismo sucede con las mastodónticas plantas de servidores, donde Gobiernos y multinacionales alojan sus datos y que, según advierten varios analistas, cobran cada vez mayor importancia geoestratégica. Facebook, Microsoft o Amazon, que en 2014 ingresó 4.400 millones de euros por los espacios que alquila en la 'nube', vigilan sus servidores como si fueran plantas nucleares. Y un celo especial aplica Google, que conserva los mismos datos en al menos cinco centrales diferentes por motivos de seguridad. Por eso reparte su millón de servidores en quince sedes, algunas de dimensiones superiores a las centrales eléctricas y ubicadas en zonas heladas del Ártico para reducir el coste eléctrico de su mantenimiento refrigerado. Una logística que a simple vista choca con la Ley española, que exige que ningún dato nacional esté alojado fuera de la Unión Europea, aunque un juez no tendría manera de comprobarlo. ¿Cómo un mundo tan opaco ha logrado transmitir esa imagen de transparencia? ¿Cómo se confía tanto en algo tan desconocido?

La vieja comparación de Internet con un iceberg parece cada vez más acertada. Asusta lo que no se ve, pero, sobre todo, da miedo que todavía haya quien prefiere taparse los ojos. No solo ante las redes secretas como Thor, donde dicen que se venden armas y almas, sino ante todas esas cañerías digitales que escapan a legislaciones incapaces de responder al vertiginoso rumbo tecnológico. Mientras la Unión Europea aún negocia en sus despachos las reglas de su futuro mercado digital, Estados Unidos ya ha copado el 54% del bazar virtual.

Hablamos de una industria pesada, de origen castrense y muy sólida en países con una fuerte tradición militar y grandes inversiones en sus ejércitos, como Estados Unidos, Rusia o Israel. Pero aún hay quien insiste, por anécdotas del pasado mal entendidas, en que Internet se hace en un garaje. Un juego de jóvenes que se lo pasan bien haciendo webs. Cuesta ver que detrás hay una conquista planificada y estructurada, impulsada por un ecosistema empresarial tan creativo como agresivo, capaz de lanzar en ocasiones productos deficitarios, aunque gratuitos y de uso masivo, con el único objetivo de destruir otros modelos de negocio, ya sean estos del sector de las telecomunicaciones, la hostelería o el transporte. Un potente entramado empresarial con fondos que invierten cada año miles de millones de dólares en proyectos capaces de reclutar talento en cualquier esquina del globo terráqueo. Liderados por tipos que se sienten capaces de transformar el mundo que conocen, y no siempre para bien.

Que mientras Apple marca el camino de los bancos del futuro, el BBVA despide a su consejero delegado por no haber hecho los deberes digitales. Que la industria del automóvil, que ha movido medio planeta durante décadas, mira de reojo a Silicon Valley y acabará instalándose allí, como ya ha anticipado BMW. Que Estados Unidos ya lideraba la economía mundial hace treinta años, sí, pero que ahora su dominio ha pasado a ser insultante. Que domina el comercio virtual, también en esta Europa que aún repasa en negociaciones las reglas que quiere dictar. Que 33 de las 50 compañías más valoradas en Bolsa son americanas y que el sector de la tecnología supera ya al de la energía y las finanzas en esta clasificación. Que Internet va por un tubo, aunque no se sepa, y como un cohete, pese a que algunos no quieran saber. Y que sí, que dicen que esto no ha hecho más que empezar.