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Hay que concentrarse en la respiración.
Hay que concentrarse en la respiración.

Mindfulness para andar por casa

  • No hace falta acudir donde ningún gurú para alcanzar el bienestar interior. Diez minutos al día de sentir la respiración y otros tantos para analizar las emociones propias bastarían para iniciarse en el camino de la felicidad

La palabra de moda en el mundo de la salud es 'mindfulness'. Está en boca de todo el mundo, incluso de quienes de no saben ni de qué hablan. Es la última tendencia, la forma más nueva y revolucionaria, según se dice, de alcanzar el bienestar personal; y consiste básicamente en lograr la relajación plena, la desconexión máxima de la actividad cerebral a través del control de la respiración. Aunque sus milenarios orígenes se sitúen en los monjes tibetanos, no es necesario sumergirse de lleno en el budismo ni seguir a pies juntillas las indicaciones de ningún gurú para disfrutar de sus enormes ventajas, incluso para la salud. La psicóloga Ainhoa Zurimendi, que regenta en Bilbao un gabinete donde se practica como apoyo a la terapia psicológica, tiene la receta definitiva. Diez minutos al día conectados con nuestra respiración y otros diez de reflexión personal, «eso que en otros tiempos se llamó examen de conciencia, pero sin la carga que conlleva la religión», contribuyen a alcanzar, según dice, el objetivo último que persigue todo ser humano: la felicidad.

La mayoría de las personas tiende a creer que el mindfulness es un «invento moderno», pero como explica Zurimendi, se trata en realidad de «una sabiduría ancestral» de hace ya 2600 años. «Nuestra cultura se ha centrado en el desarrollo de mil y un inventos, desde la máquina de vapor al último ordenador, pero en Tibet o en India, ser países con pocos recursos les ha permitido desarrollar otras aspectos de la vida, como el alma, la conciencia y la mente», explica la especialista vizcaína.

Mejorar la concentración

Las primeras expediciones de occidentales al Tibet en busca de paz espiritual se produjeron a finales de los años 60. El famoso retiro de los Beatles, Donovan, Mia Farrow y Michael Love, de los Beach Boys, entre otros, convirtió la meditación en una nueva forma de entender la vida, que el movimiento hippie acabó por extender por medio mundo. Paz y amor. «Llegó un momento en que los monjes no daban abasto y comenzaron a dar formación. Fue, en realidad, el origen de todo lo que ahora conocemos como el mindfulness», detalla Ainhoa Zurimendi. «No basta con conocer el origen de nuestras inquietudes, como ha hecho la psicología tradicional», argumenta. «Es necesario también trabajar nuestras emociones», continúa con su explicación la experta, defensora de combinar la terapia psicológica con el mindfulness con los pacientes que así lo desean.

La meditación budista tradicional se divide en dos ramas, samatha y Vipassana, que buscan incrementar la capacidad de conciencia de la persona y su positividad. La primera de ellas, tendente a mejorar la capacidad de concentración, tiene que ver con la relajación mediante el seguimiento de la respiración. Es la esencia misma del mindfulness. «El objetivo es centrarse únicamente en tu respiración. Es muy posible que mientras estemos haciéndolo nos invadan otros pensamientos. No pasa nada, es normal. Intentamos eludirlos y nos centramos en la respirar». Estudios científicos con resonancia magnética realizados en Estados Unidos han demostrado que esta práctica de control de la respiración fortalece las áreas cerebrales que gestionan las emociones, los pensamientos y la reactividad.

Vipassana es otra técnica de meditación, diferente, que persigue 'purificarse' a través del autoanálisis, de ver las cosas tal como son, que es lo que significa esta palabra india. «Esta otra parte es la que nos permite trabajar las emociones», explica la psicóloga vizcaína. «El mindfulness está muy bien para relajar la mente, rebajar tensiones y dejar descansar el cerebro; pero de poco vale si no hay con él un trabajo posterior más espiritual, no en el sentido de místico del término, sino desde su vertiente más humana, de ahondar en nuestra condición de persona, de trabajar en valores (amor, agradecimiento, respeto, dignidad, humildad, generosidad...). En aprender, en definitiva, a aceptarte tal como eres. El mindfulness, si no se combina con el trabajo personal, se queda cojo».

No es tan difícil

La especialista asegura que todo el mundo puede aprender a practicar el mindfulness, no es tan difícil. Al principio le costará más sentir sólo su respiración, se despistará con mayor facilidad ante cualquier reclamo; pero pronto, con un poco de práctica, como todo, verá que no es tan difícil dar un descanso a su mente y desconectar a través de la meditación. No se enfade, tampoco se rinda. Basta con cerrar los ojos y respirar, sentir que se está haciendo... Inspirar, espirar, inspirar, espirar... durante diez minutos. Si lo combina con otros diez minutos al día de reflexión sobre su vida, sobre las cosas que de verdad le importan, «aprendiendo a pedirnos perdón, a aceptarnos como somos, a trabajar nuestros enfados, a disfrutar de las pequeñas cosas», nuestro camino hacia la felicidad personal estará cada día más abierto.

Algunos trabajos científicos también han advertido recientemente sobre el uso del mindfulness con fines sectarios. La terapia cognitiva, mal utilizada, puede servir a determinadas personas, psicópatas, para controlar la voluntad de las personas. No es un motivo para desconfiar del mindfulness, sino para estar atento de la puerta a la que se llama en busca de ayuda psicológica. «Es inevitable, porque las sectas están muy ligadas a la espiritualidad, es algo muy goloso para manejar a la gente», razona Ainhoa Zurimendi. «Todas las personas que reclaman consulta, de algún modo, están necesitadas de apoyo emocional. No puedes desconfiar de todo psicólogo, ni de todo terapéuta, porque sería injusto. Lo que hay que hacer es informarse bien antes de saber dónde vas», aconseja la experta.

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