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Berlusconi tiene guasa

01.04.12 - 11:27 -
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«Dónde está el famoso punto G. En la ‘g’ de ‘ganga’. Las rebajas son lo que hace gozar a las mujeres». Este chiste no se contó en una taberna, sino en un congreso político. Quien lo hizo fue un antiguo animador de crucero metido a primer ministro de Italia. En efecto, estamos hablando de Silvio Berlusconi, un hombre procaz y perdulario que convirtió la dedicación al servicio público en una bufonada. Veinte años de berlusconismo dan para mucho. Por ejemplo para publicar un libro recopilatorio de sus chistes. Lo ha hecho la editorial Errata Naturae con la publicación del volumen ‘El show de Berlusconi’, el hombre que convirtió la vida política italiana en las más obscena de las comedias.
El autor que ha recopilado todas las chanzas del ex primer ministro es Simone Barillari, un crítico literario que se ha tomado la molestia de documentar y contextualizar las historietas de Berlusconi y hacer a través de ellas una «historia crítica de la quiebra política, económica y moral de Italia», como reza el subtítulo del libro. Silvio Berlusconi nunca abjuró de su vocación de comediante. En realidad nunca pasó de ser un mediocre cantante y un cómico de sal gorda, si bien fue conquistando paulatinamente escenarios cada vez más grandes y audiencias gigantescas. «Fue con Berlusconi con quien por primera vez el humor –que siempre ha sido el arma más antigua y contundente contra el poder– fue empuñado por el propio poder», escribe Barillari.
Durante 18 años Berlusconi fue diseminando su gracejo en todo tipo de actos, desde los más solemnes e institucionales a los más informales. Cualquier sitio era bueno para soltar la ocurrencia: un plató de televisión, antes de sus impetuosos mítines, después de encuentros diplomáticos o durante recepciones oficiales. Lo de Berlusconi con los chistes rayaba la adicción: se los contaba a sus escoltas y les pedía a estos que engrosaran su larga lista de historietas. Una de las prostitutas de lujo invitada a su residencia romana desveló en su día que el exmandatario improvisaba chistes para cada una de las meretrices, a las que agasajaba con canciones francesas. Huelga decir que las chuscadas que relataba eran «muy guarras».
Su vis cómica
El ex primer ministro italiano se tomaba muy en serio su vis cómica. No en balde, tomó a Umberto Martinotti, ‘Bebo’–directivo de Publitalia, la empresa concesionaria de publicidad del grupo Mediaset en Italia– por su «probador de chistes». Viendo la reacción de Martinotti, Berlusconi calibraba el efecto de su chanza entre el público. «Nunca se dirigió a la cabeza o al corazón de la gente, siempre lo hizo a la barriga», dice Barillari. Por supuesto al magnate y político nunca le interesó la ironía ni la agudeza que apelasen a la inteligencia, sino las risotadas las más de las veces chabacanas.
Las gracias del político y empresario eran hijas de su tiempo. Como sostiene el autor de este breviario berlusconiano, «así como la ironía aguileña y el aristocrático sarcasmo de Giulio Andreotti se ajustaban a la primera república, el humor popular y las burlas carnavalescas de Silvio Berlusconi se ajustan a la segunda». Si el líder de la Democracia Cristiana cultivaba la ironía cardenalicia, Berlusconi apostó siempre por el humor que gastaban sus canales televisivos.
De acuerdo con Barillari, los chistes permitían a Berlusconi decir públicamente todo lo que quería sin tener que apechar con las consecuencias. Cuando decía que Umberto Bossi iba de pequeño al burdel para recoger a su madre está proclamando lo que de verdad pensaba del dirigente de la Liga Norte, que era un hijo de mala madre.
Reagan, un buen maestro
Belusconi tuvo un buen maestro en Ronald Reagan, «el primer contador de chistes en el poder». Lo malo, según Simone Barillari, es que ‘Il Cavaliere’ ha llegado a fracturar Italia como solo lo había hecho Mussolini.
Con su manejo del populismo, sus ocurrencias le sirvieron para llegar a las masas de la manera más directa. Si estaba ante un público de genoveses, contaba un chiste de genoveses. Si se encontraba ante carabinieri, contaba un chiste de carabinieri. A veces sus mofas eran insultantes y ofensivas, pero Berlusconi jamás pidió perdón. Una de sus historias más crueles la relató en un mitin en apoyo a la candidatura de su médico de cabecera. El chiste dice así: «Esto es un hombre que va al médico y le dice que tiene el sida. Pruebe con los baños de arena’, le responde el médico. ‘¿Pero sirven de algo?’, pregunta atónito el enfermo. ‘No, pero al menos se va acostumbrando a estar bajo tierra’». Con esta broma el político concitó no poca indignación. Berlusconi alegó en su descargo que era el último chiste que le habían contado sus hijos.
Si el hombre que dirigió Italia se jactaba de su simpatía, de hacer reír al pueblo, ahora los que les conocen dice que está perdiendo facultades. Parece como si su caída tuviera su correlato en una merma de sus destrezas cómicas. «Ahora tarda 20 minutos en contar un chiste de dos», señala Barillari. Alejado ahora del poder, Berlusconi, maestro del chiste verde, es víctima del humor negro que tanto cultivó ante una audiencia antaño entregada.
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