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LA RIOJA

Los 60 trabajadores de Indulacsa y Riojalex piden agilizar los trámites para poder cobrar el paro Tras seis meses sin cobrar las nóminas y anunciado ya el cierre de las empresas, los trabajadores exigen que se les dé una solución

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«Estás en casa, triste, te crispas por cualquier tontería. Prefieres estar pasando frío debajo de la lluvia, de la nieve, del hielo que en casa, porque en casa lo único que transmites a tu familia es tristeza y muchas discusiones».
Domingo Mendoza ve su vida en un limbo. Lleva seis meses sin cobrar y desde enero con un permiso retribuido. Es uno de los cuarenta empleados de Indulacsa y de los veinte de Riojalex que por el momento no se ha quedado sin trabajo, pero no puede ir a trabajar, porque la empresa está cerrada.
Desde entonces se manifiestan a las puertas de la empresa, y ayer trasladaron sus quejas a las puertas del Palacio de Gobierno, como harán mañana de nuevo. Entre las paradojas que la crisis genera se encuentra la de estas empresas, en las que los trabajadores piden «que nos manden al paro. Solo pedimos cobrar algo, el desempleo, nada más», explica Antonio Bravo.
No pueden buscar otro trabajo, cobrar el subsidio, trabajar, ni continuar con sus vidas, porque la empresa se encuentra en concurso de acreedores. Los sindicatos que les respaldan piden a las autoridades y al Juzgado de lo Mercantil que agilicen los trámites para que se resuelva la situación, ya que la empresa anticipó que el cierre será la única salida, explica Jesús Izquierdo, secretario general de MCA-UGT.
«Nosotros teníamos trabajo, porque facturábamos 250.000 euros al mes», añade Bravo. «No teníamos ningún problema de trabajo, de momento lo han cerrado porque han querido», añade Javier Galilea. Buscan explicaciones a un problema para plantarle cara, como hacen todos los días. «Yo vivo prácticamente todos los días las mismas cosas, aparco frente a las puertas de la fábrica y me paso ahí de ocho a diez horas. Estamos mejor allá que en casa, así no tenemos que darle vueltas a la cabeza todo el tiempo».
«Hay compañeros que tienen el coche aparcado porque no tienen ni para pagar el seguro ni para la gasolina, y otros que ya casi están viviendo en el coche. A un compañero le estamos ayudando si necesita comer, si necesita pagar la luz, poco, porque tampoco podemos hacer mucho..., pero es más terapia. Hablando, parece que no, pero te desinhibes un poquito, porque en casa lo único que transmitimos es una sensación de tristeza, de desamparo, y preferimos que nuestros hijos no nos vean así», señala Mendoza.
Pese a que el retraso en los pagos venía sucediendo desde hacía dos años, los trabajadores nunca habían sumado seis nóminas impagadas, y menos con la perspectiva del cierre ya asegurada. Hipoteca, gastos y facturas se acumulan en un túnel en el que todavía no ven la luz.
«Lo único positivo que estamos sacando es que nos estamos conociendo mejor, nos estamos contando anécdotas y nos ayudamos unos a otros, nos damos ánimos, el que puede echarle una mano a un compañero que anda peor, se la echa, pero en casa no podemos estar ninguno», explica Mendoza justificando los reclamos frente al Palacete.
Pese a los petardos y las proclamas sindicales, los trabajadores como Mendoza mantienen un perfil más calmado, el que refleja unos ojos de pesadumbre más que de rencor. ¿El futuro? No se mira. «Primero, esperar a solucionar este problema y después ya pensaré lo que hago», concluye el trabajador.

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