«Aquel día yo no era la misma persona, llegó un punto en el que pasaban cosas por mi cabeza que no era capaz de razonar». Así se explicó ayer en la Audiencia Provincial J. M. V. O., el operario del retén de incendios de Cornago que el 21 de mayo de 2010 disparó varias veces con una pistola a uno de sus compañeros, F. L. R., causándole la muerte.
Ayer comenzó el juicio con la declaración del acusado, de los demás compañeros que presenciaron los hechos, y de la viuda de F. L. R., ante el juez y ante el jurado compuesto por nueve ciudadanos (más dos suplentes). Ellos deberán declarar la culpabilidad o no culpabilidad de J. M. V. O. tras escuchar todos los testimonios y estudiar las pruebas.
El fiscal reclamó veinte años de cárcel para el acusado como autor de un delito de asesinato con alevosía. «Fue él quien dio muerte a F. L. R. de forma voluntaria y plenamente consciente de lo que hacía», subrayó. Las acusaciones particulares (representantes de la viuda e hijos y de los padres de la víctima) amplían a 25 años la petición de cárcel al entender que también concurre la circunstancia de abuso de superioridad. «Lo había planificado con antelación por unos problemas laborales previos, y era plenamente consciente de los hechos y de sus consecuencias», relataron los abogados, que destacaron la desproporción de los medios usados para atacar a la víctima (un arma de fuego), lo sorpresivo de los disparos y la imposibilidad de defensa por parte del fallecido.
Por su parte, la defensa pidió la libre absolución de J. M. V. O. al afirmar que, si bien los hechos «son indiscutibles y evidentes», el acusado padecía una alteración psíquica que condicionó lo ocurrido. El abogado defensor se refirió a un trastorno de la personalidad de tipo paranoide «que anuló su voluntad».
J. M. V. O. comenzó a trabajar en el retén contra incendios de Cornago de forma interina en julio de 2007 y después empezó a cubrir la plaza de un prejubilado. Ayer destacó que mientras él siempre se comportó «con corrección y compañerismo» hacia el resto de los trabajadores, ellos habían correspondido con insultos, amenazas y trato vejatorio. «Cualquiera que me conozca sabe que soy una persona buena, sincera y sin nada que ocultar, pero cuando la gente te lleva machacando tanto tiempo, faltándote al respeto, difamándote a la espalda...», prosiguió el acusado.
Dijo que él no se llevaba mal con la víctima, sino «él conmigo», y le acusó de «provocarme, decir tonterías...» De hecho, J. M. V. O. señaló que se quejó en varias ocasiones ante el sindicato UGT y ante la Consejería de Medio Ambiente por este acoso laboral que, incluso, incluyó una «agresión» con una rama, según detalló el acusado que, no obstante, reiteró que no sentía «especial animadversión» hacia F. L. R.
Reconoció que el 20 de mayo, la víspera de su vuelta al trabajo tras dos meses, «ya me empezaron a rondar pensamientos raros», y matizó que pensó en «coger a mis compañeros y dispararles en una mano o un pie».
El 21 de mayo, día de los hechos, J. M. V. O. se levantó y empezó «como un loco» a introducir en su bolsa de deporte una pistola semiautomática de 9 milímetros, otro cargador con 17 balas y un cuchillo. También escondió una escopeta a pocos kilómetros de la aldea de Poyales, su pueblo, donde había mantenido un pleito en 2006 que le obligó a mudarse.
Indicó que se le pasó por la cabeza matar a una persona relacionada con este hecho, pero repitió que «no quería matar a los compañeros» y que su intención nunca fue la de huir tras disparar a F. L. R. «No soy ningún cobarde, ellos lo son», afirmó. «Yo veía mi vida en peligro y no me reconocía ese día», indicó J. M. V. O. al narrar cómo sintió «un golpe de calor por el cuello y la cara», cogió la pistola y disparó a su compañero varias veces, «supongo que porque era el que más cerca estaba». «El último tiro creo que ya lo desvié, pero no tengo respuesta a por qué no seguí disparando», añadió el acusado.
Tampoco creyeron que pudiera ocurrir algo así los tres compañeros de retén que presenciaron los hechos del 21 de mayo de 2010. Todos coincidieron en señalar que al principio, la relación con J. M. V. O. era cordial, hasta que «sin motivo, él se aisló del grupo». «Hasta comía aparte», explicaron, negando que hubiese habido un trato vejatorio hacia el acusado por parte de cualquier compañero.
Los tres destacaron que «con el que peor se llevaba» el acusado era con la víctima, con quien había mantenido una discusión en el trabajo meses atrás, por una cuestión banal. Aseguraron que tras disparar a F. L. R., pudo haber disparado a alguno de ellos y no lo hizo, sino que se entregó voluntariamente y que estaba «tranquilo». El encargado recordó que J. M. V. O justificó su acto diciendo que la víctima le estaba «jodiendo la vida».
Finalmente, la viuda de F. L. R. relató cómo se enteró de lo ocurrido. Ella sabía «que la relación no era cordial» entre su marido y el acusado. Y cuando la psicóloga le explicó que un compañero le había disparado, dijo: «Ya sé quién. El 'hijoputa' de Poyales. No podía ser otro». Asimismo explicó las graves secuelas psicológicas de sus hijos, de 9 y 4 años entonces.
Hoy y mañana seguirán las declaraciones de testigos, y el viernes se esperan las pruebas periciales.