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Obama y el vicepresidente Xi Jinping midieron ayer sus palabras, mientras los estadounidenses culpan a China del paro

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Hay días en los que toca hilar muy fino. La visita de Xi Jinping a Washington estuvo ayer más cargada de simbolismo que de contenido real, pero de cada uno de esos detalles dependía el futuro de los líderes involucrados. Pekín ha enviado a EE UU al hombre que educa como futuro presidente para su presentación en sociedad, tal y como hiciese Hu Jintao en 2002.
No es casualidad que la visita se produzca 40 años después de que Nixon rompiera el aislamiento de China con una visita a ese país. Como tampoco es casual que casi todos los hombres de la delegación china vistieran corbata azul y los estadounidenses roja, con la estudiada excepción de Barack Obama. También Hillary Clinton se había rendido a los colores del visitante con un abrigo rojo que formaba parte de la coreografía. Xi no es presidente, pero fue recibido por Obama en el Despacho Oval con los honores que reserva para las cabezas de Estado más allegadas. A la prensa se la mantuvo alejada para que no pudiera poner en aprietos al heredero chino, cuyo futuro peligraría con cualquier desliz.
En su intervención pública, Obama midió cuidadosamente cada una de sus palabras, con un discurso conciliatorio cargado de convencionalismos. «Damos la bienvenida a la pacífica ascensión de China», declaró. «Creemos que una China fuerte y próspera puede ayudar a traer estabilidad y prosperidad a la región y al mundo», subrayó.
En año electoral, el presidente de EE UU también se juega mucho con la imagen de esta visita. Los estadounidenses culpan a China por la pérdida de empleo. El Congreso exige represalias por sus prácticas comerciales y monetarias, mientras que el mundo le responsabiliza de las masacres en Siria por haber vetado, junto con Rusia, la resolución de la ONU.
Viaje educativo
A puerta cerrada todo eso debió salir, no sólo porque Xi es vicepresidente de China y uno de los 9 miembros del Politburo que permanecerá en el poder tras la sacudida de la década, sino porque en primavera asumirá la secretaría general del Partido Comunista y el año que viene se espera que sustituya a Hu Jintao en la presidencia.
Hasta entonces, fue el vicepresidente Joe Biden y Hillary Clinton quienes lo invitaron a comer en el Departamento de Estado. Allí, el dirigente de Pekín aseguró que su país está dispuesto a «desarrollar un diálogo sincero y constructivo» con Washington y otras capitales en materia de derechos humanos. Xi también fue recibido en el Pentágono por Leon Panetta, pese a ser un civil. «Espero involucrarme con una variada muestra de estadounidenses durante mi visita para profundizar en el conocimiento y la comprensión mutua, fortalecer la cooperación y la amistad entre los pueblos chino y estadounidense».
Su viaje educativo incluía una parada en el antiguo hogar de Mark Twain en Muscatine, el pueblo de Iowa donde en 1985 pasó dos noches con un matrimonio local para estudiar la cría de cerdos. En Los Ángeles, tras reunirse con hombres de negocios, Xi, que es fan de películas como 'Salvar al soldado Ryan', quiere ver un partido de baloncesto de los Clippers. El líder comunista está casado con una cantante y tiene una hija en Harvard. Por eso y por su carácter sencillo muchos esperan que mejore las relaciones con EE UU, un país del que es el principal acreedor extranjero. Washington, sin embargo, le considera «más rojo que el rojo», según los cables de Wikileaks.

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