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ALAVA - VIZCAYA | Personalizar edición | RSS | ed. impresa | Regístrate | Viernes, 10 febrero 2012

Sociedad

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Análisis moleculares rebajan a 35 las víctimas de dos leones que aterrorizaron en 1898 la región keniana, lejos de las 135 contabilizadas por su cazador

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Una vez más, la ciencia contra los mitos. La leyenda de los leones devoradores de hombres del Tsavo (Kenia) sufre una dentellada de laboratorio. Los dos grandes machos que aterrorizaron a los trabajadores del ferrocarril a finales del XIX mataron humanos, sí, y se los comieron, pero su historial asesino queda lejos de lo que cuentan las crónicas, difundidas a mayor autobombo por quien fuera su esforzado cazador, el ingeniero militar británico John H. Patterson. En sus relatos, Patterson lanzó la cifra de 135 víctimas del singular dúo leonino a lo largo de 1898.
Ahora análisis moleculares la rebajan a 35 y aún afinan más; uno de los animales engulló a 24 personas y el otro, menos aficionado a la carne de 'homo sapiens', 'sólo' comió once.
La historia, incluso tamizada por la realidad, es apasionante. Dos leones machos que cazan en pareja ya es algo muy raro en el medio natural. Si incluyen humanos en su dieta de modo recurrente, resulta aún más insólito. Y si además, escurridizos y nocturnos, costó nueve meses abatirlos y se descubrió después que atesoraban en una cueva los restos óseos de sus víctimas, la leyenda está servida. 'Fantasma' y 'Oscuridad', como fueron bautizados, protagonizaron los relatos de aventuras de Patterson y después, documentales, películas -la última, 'Los demonios de la noche' (1996)- y una exposición permanente en el Museo Field de Historia Natural de Chicago, donde se conservan disecados.
Nueve meses de terror
Gracias a sofisticados análisis de isótopos estables del pelo y huesos de los 'comehombres', un equipo de la Universidad de California-Santa Cruz ha podido determinar la dieta de ambos durante los nueve meses que duró su reinado del terror en la región keniana y despejar la incógnita sobre el número real de víctimas humanas; si las 135 estimadas por Patterson o las 28 referidas por la Compañía del Ferrocarril de Uganda, la empresa que le contrató para construir un puente sobre el río Tsavo. «Este suceso ha sido un rompecabezas durante años y ahora la discrepancia ha quedado aclarada», explica Nathaniel J. Dominy, antropólogo de la universidad californiana y uno de los firmantes de la investigación. Sus resultados se publican esta semana en la revista 'Proceedings' de la Academia Nacional de Ciencias estadounidense.
Los expertos compararon muestras del colágeno óseo y de la queratina capilar de los leones con el perfil de isótopos de carbono y nitrógeno de las presas más probables, herbívoros, y también de humanos de la época. Los tejidos humanos analizados procedían de los restos de personas de etnia taita -de origen indio, contingente mayoritario entre los trabajadores del ferrocarril- recogidas por el famoso paleoantropólogo Louis Leakey durante su célebre expedición africana de 1929.
La sorpresa estriba en los diferentes gustos de los leones asesinos. Mientras casi la mitad de la dieta de uno de ellos en los meses que duraron sus incursiones era humana, combinada con carne de impala y gacela, el otro fue siempre más 'normal', con clara preferencia por los rumiantes cuadrúpedos. Esta disparidad alimentaria lleva a los autores a destacar la importancia de los patrones individuales incluso en animales gregarios. Y concluyen que ambos leones hallaron ventajas claras en la caza cooperativa, fuera de humanos o de herbívoros, en una estrategia «que no se había visto antes ni se ha vuelto a documentar después».
Especifican, no obstante, que sus resultados hablan de las personas «comidas», no de las que pudieron matar los dos leones, aunque en ningún caso pasarían de 75, según los cálculos estadísticos más exagerados.
Comportamiento anómalo
Las leonas cazan habitualmente en grupo y los machos en ocasiones, pero sólo frente a presas muy grandes y potencialmente peligrosas como búfalos o cebras. No es el caso del ser humano desarmado, desde luego. Sin embargo, una serie de factores pueden alterar estas conductas típicas. En el caso del Tsavo se sabe que en los últimos años del XIX una epidemia de peste diezmó las poblaciones de rumiantes de la zona. Mientras, la región se llenaba de hombres atraídos por el ferrocarril, con una mortalidad alta debido a accidentes y enfermedades, que con las prisas y el avance de los trabajos apenas si eran enterrados. Ambas circunstancias, más las lesiones que sufría en la mandíbula uno de los felinos y que le discapacitaban frente a presas rápidas, pudieron acabar por conducirles hacia víctimas más torpes y lentas como el hombre.
Decidido y audaz, Patterson tardó nueve meses en abatir a los leones. Los tres últimos meses fueron terribles, a casi un ataque por noche, no siempre con muertos, y provocaron varios motines entre los aterrorizados peones. El primer león cayó el 9 de diciembre de 1898. Era un animal enorme, de tres metros de la nariz a la cola.
Su compañero fue cazado 20 días después. El teniente coronel e ingeniero ganó fama, escribió libros y acabó vendiendo las pieles y restos de los animales al Museo Field de Historia Natural de Chicago. La leyenda ya estaba acuñada. El año pasado el Museo Nacional de Kenia emprendió una campaña para intentar recuperar unos ejemplares que forman parte, dicen sus responsables, de su «historia y patrimonio».

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