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L a naturaleza humana puede que sea idéntica en todas partes, pero según los meridianos y las creencias, se desnaturaliza en algunos sitios más que en otros. Al grito de «¡Alá es grande!», un militar musulmán ha hecho más pequeño el número de sus compañeros asesinando a trece de ellos. El majara era psiquiatra, condición que no exime de poder perder la cabeza. Además se negaba a ir a combatir a Afganistán, donde sigue muriendo tanta gente.
Es probable que el asesino múltiple de conmilitones quisiera elegir, como Rilke, su propia muerte y no la que le dieran los médicos o los generales. Nadie puede saber ahora qué pasó por su perturbada cabeza cuando la emprendió a tiros, pero sí podemos sospechar lo que pasó por ella con anterioridad.
Estaba persuadido coránicamente de que al morir iba a encontrarse con las huríes del profeta. Unas bellísimas criaturas que le ofrecerían hidromiel. Un cóctel sublime, quizá un poco dulzón, que no sé si se sirve, como el dry-martini, con una aceituna del mismo color de los ojos de las citadas huríes.
No sé si será verdad que un fanático es alguien que intenta compensar una duda secreta, pero sé que los fanáticos son mucho más peligrosos que los escépticos. Además, contagian mucho. Después de la balacera protagonizada por el médico demente en una base militar de Texas, se ha producido otra.
Cuando se divulga un final espectacular es como una pandemia. Después del suicidio de Marylin Monroe se agotó el Nembutal en las farmacias. Algunas vicetiples, rubias apócrifas, decidieron plagiarla. Posiblemente, el ejemplo del médico asesino sea seguido por otros. Habría que cerrar el manicomio en el que se ha convertido Afganistán. Cuanto antes.

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