Hace unos días, en una tienda cerca de su casa, vio un cartel que anunciaba queso de Idiazábal, junto a un restaurante japonés y otro griego. Un cóctel sin desperdicio. Precisamente, ese crisol de culturas es lo que hace nueve años atrajo a Amagoia Lángara hasta la ciudad más grande de Canadá. «No importa cuál sea tu origen, aquí todo el mundo es de Toronto», precisa esta bilbaína de 42 años. Ni las gélidas temperaturas del invierno ni la variedad de idiomas que se hablan allí la frenaron en su decisión. Y eso que ella misma asegura que «viajar nunca ha sido una de mis prioridades».
Aunque no le gusta 'volar' de un lado para otro, está hecha toda una trotamundos. Nada más especializarse en Bioquímica en la Universidad del País Vasco, Lángara se dio cuenta de que su nivel de inglés era insuficiente para triunfar en el mundo científico. Este inconveniente le empujó a hacer la maleta y volar a Inglaterra. «Me fui de Bilbao en 1990. El Gobierno vasco nos concedió a una amiga y a mí una beca de un año para estudiar un máster en Londres. No quería experimentar, sino mejorar mi futuro laboral», reconoce. Pero, sin darse apenas cuenta, su estancia con los londinenses se prolongó una década... y eso que pensaba volver pronto a casa. «Llega un momento en el que encuentras un equilibrio entre lo que quieres y lo que te permiten hacer». En Inglaterra vio que tenía más opciones para desarrollarse como científica. Y aprovechó el momento.
Además, en toda la aventura estuvo arropada por su actual marido que, por cierto, es británico. «Conocí a Richard cuando él trabajaba en Vizcaya; y él tenía la intención de irse a Latinoamérica. Pero, al final, se fue conmigo a Inglaterra». Ambos compartieron esa nueva vida en Londres, aunque a ella le costó adaptarse a las costumbres británicas. «Cuando llegué tenía 24 años y antes de medianoche te mandaban a casa porque todos los bares cerraban. ¡Era como un internado! Eso sí, hay muchas opciones intelectuales. ¡Hay asociaciones para todo!», resalta.
Pero lo que acabó con su paciencia fue el clima londinense. Lo hizo hasta tal punto que la falta de luz precipitó su marcha a otro país. «No era la lluvia, sino que estaba nublado todo el día. No ver el sol me estaba cambiando el carácter, pero tampoco quería volver a España». La solución a su desesperación con el tiempo le llegó por pura casualidad.
Un buen día, su esposo le propuso una escapada a Canadá, donde él tiene familia. Y sólo dos semanas fueron suficientes para que Amagoia le dijera a su pareja: «Vámonos a Toronto». Sin más, ella dejó su empleo en el Museo de Historia Natural de Londres, y a él le concedieron el traslado. «Aunque nos íbamos a venir sin trabajo los dos», matiza la bilbaína.
El arranque en esa nueva ciudad fue complicado. Más si se trata de buscar un trabajo. Al igual que en otros rincones del mundo, allí se sube en el escalafón por los contactos. «No miran tanto tu experiencia en Europa, sino la que tengas en su país. Por esa razón, empecé de voluntaria en la biblioteca científica de un hospital, y así comenzó mi carrera profesional». En estos momentos, Amagoia disfruta de un descanso voluntario para cuidar de sus dos hijas pequeñas, Laura y Jone, de 7 y 3 años respectivamente. «No tenemos la ayuda de los abuelos, pero en cuanto pueda retomo la profesión», anticipa.
Doscientos idiomas
Su tiempo lo dedica en exclusiva a disfrutar de sus pequeñas y de la diversidad de Toronto. «Esta ciudad es muy divertida porque es multicultural. Yo vivo en una calle residencial, en la que convivimos gente de veinte nacionalidades. En la ciudad se hablan unos doscientos idiomas distintos y el ambiente es muy acogedor», resalta.
Además de por esta variedad, Amagoia ha quedado hechizada por el clima del país. «¡Sí, aunque suene raro, me encanta el invierno con nieve y el verano muy caluroso! Con un buen plumífero y unas botas adecuadas, caminar a 30 grados bajo cero puede resultar incluso exótico. A mis hijas en invierno las llevo en trineo al colegio. Y también paseamos así por las tiendas».
La ciudad está bien preparada cuando el termómetro se congela. El metro, los autobuses y cualquier bar disponen de un buen sistema de calefacción. «Además, hay un extenso conjunto de galerías comerciales subterráneas». En la época estival es todo lo contrario. La temperatura se eleva a 40 grados y la humedad es tremenda. «Aquí he llegado a pasar más calor que en cualquier otro lugar. Y para la gente que dude, sí hay playas de arena», matiza.
Con todo, Amagoia echa de menos «el mosto, los pinchos y pasear por la playa Salvaje». Pero estos recuerdos no son tan importantes como para impulsarle a regresar a Euskadi. «Tengo a mi familia allí y puedo volver cuando quiera, pero aquí la calidad de vida es mejor. ¿Dónde viviré en el futuro? No lo sé, lo que importa es lo que hago hoy. De momento estoy en Toronto, y aquí pienso seguir... hasta que cambie de opinión».