
LOS DATOS
Espontáneo y despreocupado, el primer día de los exámenes se tomó un buen desayuno y se fue a la playa a darse un chapuzón. Una tontería o una genialidad. El baño de multitudes vendría después y al día siguiente, en el aula atiborrada. «Es verdad que me quedé a gusto con los exámenes, aunque no pensé que fuera para tanto», reconoce. Su cabeza le ha hecho desde niño ese favor de asimilar con facilidad los conocimientos y de mantener la calma en los momentos cruciales. «Sacar un diez en matemáticas no es difícil, basta con entender en clase. Pero para sacarlo en Historia, hace falta empollar», cree él, que nunca ha suspendido nada.
Un suspenso
«Bueno, una vez». El año pasado. «El examen de 5º de inglés en la Escuela de Idiomas». El del último curso. Pero Miguel Querejeta, donostiarra y hasta ahora alumno de Bachiller Internacional en el Instituto Usandizaga del barrio de Amara, llegó hasta ahí estudiando por su cuenta. Son estos pequeños detalles que se escapan al común de los mortales los que descubren en Miguel a un chico inteligente hasta la médula. Otro ejemplo: «Fui a la librería donde suelo comprar y les pedí que me recomendaran un libro. Me llevé uno de Paul Auster y me encantó. Luego me llevé otro de él». Los dos textos los compró en inglés.
Brillante. Como las constelaciones y los astros que gusta contemplar en Internet. Desde septiembre, cursará Física en la Universidad Complutense de Madrid. Le piden un cinco como nota de entrada y está sobrado, claro. Está buscando plaza en los colegios mayores de la ciudad. «He elegido este centro porque tiene la especialidad de Astrofísica, que es a lo que me quiero dedicar. La otra alternativa era ir hasta Canarias, pero es muy lejos». Y cuando finalice la carrera tendrá que decidir entre la investigación o impartir clases. «Ser profesor de Universidad me encantaría, me parece un chollo, la verdad». Pero hasta la NASA entra en sus aspiraciones. «Por soñar...».
Quizá herencia de su madre, profesora de Biología, le viene el gusto por la enseñanza. De ella, y de su padre también, que es arquitecto, por los números y las fórmulas. Miguel es hijo único.
Un día, en la tele, vio un programa donde hacían test de inteligencia. Y probó. «Para ser superdotado tenía que darte como resultado un coeficiente de 130 y a mí me salió 125 ó 127, no me acuerdo bien. Así que no lo soy». Miguel Querejeta no sabe lo que es pasar noches enteras en vela para preparar un examen. Tampoco ha madrugado para repasar una lección. «Procuro ser práctico. Hago los ejercicios en horas de clase y en casa me hago esquemas para repasar. ¿Secretos? Entender y no memorizar». Eso de repetirse una y mil veces la tarea hasta grabársela con sangre nunca fue con él.
En Madrid echará de menos ese olor a mar con el que se despierta cada mañana y el telescopio con el que se divierte a mirar estrellas; los amigos con los que sale los fines de semana de marcha ¿la novia? «No, salí con una chica un tiempo, pero lo dejamos, y ahora mismo no...», se ríe. También las pistas del estadio de Anoeta se le harán un poco lejos. Miguel Querejeta ha destacado siempre en atletismo, hasta el punto de que se ha proclamado en varias ocasiones campeón de Euskadi de medio-fondo. Su especialidad son los 800 metros.
A las mismas revoluciones que corre Miguel Querejeta está deseando que pase el mes. Estos días no piensa en apuntes ni en libros. «El ordenador cuesta apagarlo por el Messenger, eso sí». Pero la mayor parte del tiempo tiene la mente en un campo de trabajo al que se ha apuntado en el sur de Francia -también es autodidacta en francés- y en el viaje con los colegas que hará a Dublín y a Londres a finales de agosto. Para ello, le han venido que ni pintados los 400 euros que ganó en la Olimpiadas de Física del País Vasco que se celebraron en febrero. Otra vez los números cuadran en la historia del mejor alumno vasco en la Selectividad.
i.alvarez@diario-elcorreo.com






