Sostienen algunos que todo está en los libros, aunque en política quizá sea más preciso afirmar que todo está en la caja; en la que, por un lado, han hecho algunos aprovechando la coyuntura, y en la de metacrilato que, por otro, hoy marca nuestro destino, municipal y foralmente hablando.
Con mayor o menor entusiasmo, según simpatías, recibirá la ciudad a la nueva legislatura, tersa y joven, mientras despide a una plaza de toros demasiado vieja para retoques y demasiado calva para soportar los envites de la caprichosa meteorología.
Bajo la atenta mirada de los curiosos que se han acercado hasta al improvisado velatorio, los operarios van desmontando ciento veintisiete años de historia y colocándolos en los cerca de seiscientos camiones que componen el cortejo fúnebre, rumbo a Gardélegui en la mayor parte de los casos, y con próxima parada en la reencarnación en el caso de los más afortunados que, por compatibilidad de materiales, participarán en el particular cambio radical de la catedral vieja.
Los arqueólogos aprovechan para curiosear entre las raíces del viejo coso, no vaya a pasarnos desapercibido algún tesoro oculto, cementerio indio o lucrativas humedades inspiradas en el trigésimo aniversario de la aparición de un sonriente Jesucristo, o, en su defecto, hombre de barba y pelazo, en el suelo de una cocina de Bélmez que, más que una tienda de souvenirs, lo que necesitaba era una pasadita de fregona.
Nos han vendido rostros en paredes, paelleras y hasta sándwiches, pero para mí que la auténtica jeta sigue siendo la del que cobra la entrada.