Domingo, 1 de abril de 2007
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crímenes sin respuesta | serial 1
Un crimen casi perfecto
· El autor de la muerte y enterramiento de Laura Orue no dejó ni un solo rastro
· Ocho años después, los investigadores admiten que si apareciera el culpable, costaría encontrar pruebas para acusarle
Un crimen casi perfecto
HOMENAJE ANUAL. Cada 29 de agosto, la familia y amigos de Laura Orue celebran un acto en su memoria. / IGNACIO PÉREZ
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La muerte de Laura Orue podría considerarse un crimen casi perfecto. El autor o autores no dejaron un solo rastro, ni en el escenario del crimen ni en el cuerpo de la víctima, o al menos no se han encontrado. «Sobraban sospechosos y faltaban pruebas», resume un policía, que participó en la investigación. La joven estudiante de Magisterio de 21 años apareció enterrada en un pinar cercano a su casa en el barrio Zaldarian de Zeberio, un pequeño pueblo rodeado de montañas en la Vizcaya interior, en septiembre de 1999.

Después de una semana de intenso rastreo, dos voluntarios descubrieron «de chiripa» en un camino, descartado por lo «inaccesible», un mechón de pelo de color caoba que sobresalía entre la tierra y unos helechos. «El sitio no parece fortuito, sino muy bien pensado; hay que tener mucha sangre fría para cargarte a alguien y cavar una fosa, ¿eh! O es premeditado o cuentas con una infraestructura de la leche para deshacerte del cuerpo», opina un agente que participó en la búsqueda. «El tío que lo hizo es del pueblo y conoce la zona, pero no pudo actuar solo», sentencia.

La autopsia reveló que murió «asfixiada» probablemente por un «plástico» y con el agresor situado a su espalda, quizá la misma noche que desapareció, el 29 de agosto. El cadáver no presentaba ningún signo de agresión sexual ni de otro tipo de violencia, aunque le habían despojado del pantalón.

Otra de las incógnitas que rodean el crimen es el móvil, ¿por qué la mataron? Expertos en criminología han llegado a confesar que se trata de uno de los casos más complicados que han conocido en su carrera profesional, precisamente por la falta de pruebas. «La clave de la investigación está en saber si Laura salió o no de casa», apunta un abogado. La muchacha terminó su trabajo de camarera en una sidrería del barrio a las 23.50 horas y se dirigió a su domicilio. Había quedado con sus amigas a la una de la madrugada en Llodio, localidad cercana que celebraba sus fiestas patronales. Pero nunca llegó. Su coche apareció abandonado en la estación de tren de Miraballes.

Los investigadores, Ertzaintza y Policía Municipal de Bilbao, han seguido tres líneas fundamentales de investigación. En diciembre de ese mismo año fue detenido el hijo del dueño del restaurante en el que Laura trabajaba por horas. Una testigo le inculpó al asegurar que le había visto con la víctima la noche de los hechos, aunque luego se retractó y el joven quedó libre. Años después y ante la falta de resultados, un juez comisionó a la Policía local bilbaína para que indagara en el caso.

«Laura merece justicia»

En mayo de 2003, los agentes municipales arrestaron a otros dos chicos con antecedentes delictivos, vecinos de Miraballes y Arrigorriaga, por su presunta relación con la muerte de Laura. Un pelo hallado en una manta en el maletero del coche de uno de ellos representaba la principal prueba inculpatoria, pero el examen de ADN dio negativo y los dos sospechosos quedaron exculpados. La última hipótesis, la misma que se baraja en todos los homicidios, ubica al presunto autor de la muerte en el entorno más cercano a la víctima. Dicen que la esperanza es lo último que se pierde, aunque un investigador admite que «si hoy alguien dijera 'soy culpable', costaría encontrar pruebas para sostener la acusación».

En la actualidad, la comisaría de la Ertzaintza en Galdakao mantiene el caso «sobre la mesa, a la espera de una nueva pista». El propio consejero de Interior, Javier Balza, se comprometió públicamente a no olvidar la muerte de esta joven de Zeberio, que hoy por hoy sigue sin resolver. La asociación Clara Campoamor asumió el año pasado la asesoría legal a la familia de la víctima. «Laura tiene derecho a la Justicia, no podemos permitir que ni una sola agresión quede impune», clama Blanca Estrella, presidenta de la asociación feminista, quien lanza un llamamiento a la colaboración ciudadana para aclarar el misterio.

Pero si alguien ha sufrido el vacío dejado por Laura Orue y la incertidumbre por el silencio en torno a su extraña desaparición, ésa es su madre. Para María Angeles Duoandikoetxea, su hija está «cada día más viva» al menos en su memoria. «Dicen que el tiempo borra el dolor; a mí no me borra nada, la veo en todos los lados». Esta conversación se mantuvo el día del cumpleaños de la mujer, una fecha especialmente sensible para ella. «Qué diferente hubiera sido mi vida si esos cabrones no se hubieran cruzado en el camino de mi hija aquella noche», se duele la mujer. Desde que Laura no está, «no bajo ni al pueblo (Zeberio), salvo para una necesidad pura». Sabe que debe seguir luchando porque sus otros dos hijos y sus nietos la necesitan, pero confiesa que no tiene ánimo. «Quiero ser fuerte, pero no puedo. He sido dura, pero creo que ahora me estoy cayendo».

-¿Tiene alguna hipótesis de lo que le pudo pasar a Laura?

-Si yo supiese... En mi mente hay tantas hipótesis, pero como no vimos ni oímos nada, no podemos hablar. Esa es la mayor pena que tengo.

 
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