Como las protagonistas de la famosa película de Almodóvar: al borde de un ataque de nervios. Así se hallaba Karmele hace poco más de un año. Un estado límite al que la habían conducido los continuos enfrentamientos con su hija mayor, Alba, una adolescente que tiene 17 años y estudia primero de Bachiller.
«Poco antes de los 16, empezaron los problemas de comportamiento, la rebeldía... todo lo que conlleva la adolescencia. Pero llega un momento en que te desborda, el diálogo no servía de nada y cada uno nos cerrábamos en nuestras ideas, estábamos a la defensiva», recuerda un tanto emocionada la madre.
La tardanza de la joven a la hora de volver a casa, «con el móvil apagado y desaparecida del todo», el cuarto «convertido en leonera» y las repetidas ausencias a clase dispararon todas sus alarmas. Ni siquiera su traslado al domicilio paterno durante meses -sus progenitores se separaron hace siete años- mejoró las cosas. Y es que, como reconoce Paco, el padre, «a noso-tros esto también nos pilla de nuevos, nunca hemos pasado por esta situación».
«Me metía en mi cuarto para que me dejaran en paz, así no daba explicaciones de dónde había estado ni por qué», admite una tímida Alba, que deseosa de cambiar las tornas aceptó acudir al servicio de Mediación Familiar. «No quería seguir así, me lo pensé y decidí que era lo mejor», asegura.
Allí encontraron lo que tanto deseaban. «No toman partido por nadie, están como moderadores para facilitar el diálogo. Se puede hablar», recuerda Paco, mientras Karmele asiente. «Cada uno expresa sus sentimientos, ves el otro punto de vista y limas asperezas», recalca. Pero lo más importante, como la madre destaca, es que «hemos conseguido, por lo menos, poder hablar».
Cercana y comprensiva
Ambos saben que no es una fórmula magistral, «pero ayuda para saber cómo actuar». Y los resultados saltan a la vista. Aunque a veces no coincidan en alguna apreciación, el respeto y el cariño tiñen cada palabra. Nada de malos gestos o voces elevadas.
«Alba está ahora mucho más cercana y comprensiva, ha cambiado de actitud, aunque sé que la adolescencia continúa», valora Karmele. Su hija coincide. «Aprendes que ni tú puedes hacer lo que te da la gana ni tus padres te tienen que obligar en todo», asegura la joven en un alarde de madurez. Y más aún. «Te das cuenta de que si te dicen que no hagas una cosa, es por algo, no porque sí. Ves las cosas de otra forma», desvela.
Su hermano Bittor, de 13 años, no pierde detalle. Tampoco él se libró del mal ambiente generado en casa. «Yo intentaba apoyar a mi madre», musita. Alba disiente: «Él lo pagaba un poco todo».
En esta mejora no se olvidan de los profesionales que les han ayudado. «Han sido maravillosos, lo han hecho muy ameno y en todo momento han evitado que Alba se sintiera juzgada», alaba la madre, quien, por si acaso, lanza una sugerencia. «Echo de menos más apoyo en los centros escolares, sobre todo en la Secundaria, podrían poner una figura de este tipo para facilitar las cosas», propone.