Aunque eso guste a ciertos ecologistas extremistas, no simpatizo con san Roberto Belarmino cuando decía que debemos dejarnos picar por los piojos, que no podrán gozar de otra vida. Tampoco comulgo con los clérigos que, inspirándose quizás en aquel 'Ay de los ricos, que tenéis vuestra consolación en la tierra', apoyan a los partidos de algunos 'pobres ricos' que acabarán perdiéndolo todo en el más allá. Ni me siento solidaria con las profesoras de Religión que se lamentan y acuden a los tribunales cuando son echadas por algunos obispos, después de enseñar muchos años fielmente su doctrina de sumisión de los pobres y de las mujeres.
Ni comparto la tardía reclamación de justicia por parte de una 'miss' desposeída de su trono de oropel, tras haberlo procurado varias veces, al destaparse que ha mentido descaradamente sobre su estado civil y arrinconado para triunfar con trampas incluso a su propio hijo. Ella misma se ha sorprendido de tantas muestras de apoyo como ha recibido, indecente solidaridad que muestra hasta qué punto estamos en un mundo de pícaros y sinvergüenzas, que no dudan, para conseguir sus torcidos fines, incluso de intentar engañar a la Justicia.