Domingo, 18 de febrero de 2007
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POLÍTICA
Sin consuelo, veinte años después
Víctimas de De Juana lamentan el protagonismo del etarra, que les obliga a revivir su dolor, e inciden en que no se ha hecho justicia porque «no ha cumplido ni un año por cada asesinato»
Sin consuelo, veinte años después
MATANZA. Doce agentes que viajaban en un autobús de la Guardia Civil murieron tras la explosión de un coche bomba en la madrileña plaza de la República Dominicana. / EFE
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Las tres historias de estas páginas son las de tres jóvenes guardias civiles. Dos de ellos, asesinados por el 'comando Madrid' de ETA a mediados de los ochenta. Un tercero, superviviente de uno de los atentados más sangrientos de aquella célula terrorista, el que acabó con la vida de doce agentes en prácticas de tráfico. No es casualidad porque, de las veinticinco asesinatos que Iñaki De Juana Chaos cometió antes de cumplir los 32 años -por los que fue condenado a casi 3.000 años de cárcel-, diecisiete fueron agentes del instituto armado. Otros seis miembros del Ejército y dos más, civiles: un conductor y un ciudadano norteamericano alcanzado por la onda expansiva de uno de los coches bomba que el 'talde' acostumbraba a cargar con abundante metralla «para hacer más daño». Hoy, veinte años después, son pocos los familiares de aquellas víctimas que alzan la voz, pocos los que sobrevivieron y tienen ganas de hablar. «No queremos removerlo más, bastante estamos pasando». Ésa es la respuesta más común.

Dos de ellos han hablado con este periódico. La madre de otra de las víctimas lo ha hecho a través de una carta enviada a la AVT. Los tres coinciden en que el ayuno de Iñaki De Juana, la discusión política y jurídica que ha suscitado y su constante presencia en el debate público han reabierto las heridas. No quieren fotos. Quieren «que se haga justicia».

MANUEL GONZÁLEZ BERMÚDEZ

Ex guardia civil herido en el atentado de la Plaza de la República Dominicana

«El país anda mal si un terrorista es el personaje más popular del momento»

Manuel González Bermúdez tenía 21 años cuando un semáforo en ámbar le salvó la vida. Como buen agente de tráfico en prácticas, aquella mañana de julio iba con la cara pegada al cristal del autobús, atento a la endiablada circulación de Madrid en hora punta. Eran casi las ocho de la mañana. Cuando el vehículo giró a la derecha en la Plaza de la República Dominicana para enfilar la calle Costa Rica, el chófer vio el disco verde cambiar a amarillo y no se lo pensó dos veces. Aceleró. Apostados en una calle cercana, Iñaki De Juana Chaos y sus compañeros del sanguinario 'comando Madrid' de los ochenta tampoco pestañearon. Hicieron estallar una furgoneta bomba cargada de explosivos, conectados a su vez a cinco ollas a presión repletas de tuercas, tornillos y eslabones de cadena. Como se encargó de aclarar uno de los procesados, Esteban Esteban Nieto, durante el juicio, se trataba de causar «el mayor número de bajas posible». De los 54 alumnos de la Agrupación de Tráfico de la Guardia Civil que habían subido al vehículo en el parque automovilístico de Príncipe de Vergara aquel 14 de julio de 1986, los etarras asesinaron a doce. La explosión se cebó con los que viajaban en la parte trasera. Los mayores de la promoción tenían veintincinco años. Los más jóvenes, diecinueve.

«Tenían pensado hacer explotar la bomba cuando el autobús se parase en el semáforo. Gracias a que el conductor aceleró hoy estoy vivo, porque iba sentado justo detrás de él», recuerda González Bermúdez. Aguantó diez años más sobre la motocicleta, 'cazando' a infractores y asistiendo a accidentados. Hasta que se «rompió». En 1996 le dieron la baja permanente por incapacidad. Le esperaban años de tratamiento psicológico, pesadillas y antidepresivos. «Llegó un día en que no podía más, no dormía por las noches, las comidas no me sentaban bien. Y en mi trabajo tenía que llevar una moto y un arma. No estaba en condiciones».

Hoy, Manuel explica que se ha mantenido a flote «porque he intentado no odiar» y por la pasión que siente por su nuevo 'trabajo' -así lo llama él-, que consiste en cuidar a tiempo completo a sus dos hijos, llevarles al colegio, recogerles, dejarles en clase de inglés, volverles a buscar. Cuenta que ha logrado prescindir por completo de las píldoras, aunque el lunes por la noche tuvo que recurrir a un relajante muscular -«las pastillas para dormir no quería ni tocarlas»- para poder descansar. Los telediarios decían que el Supremo había rebajado de doce a tres años la condena por amenazas a De Juana, uno de los ejecutores condenados por el atentado del que Manuel salió herido de metralla en el brazo derecho y con un compañero agonizante en los brazos. Murió allí mismo, camino del hospital de La Paz.

«Mientras De Juana y los suyos huían a su madriguera, un hombre valiente se acercó para ayudarnos y prestarnos su furgoneta. Lo normal era salir corriendo de allí. Llevamos al compañero al hospital, pero murió en mis brazos», recuerda el ex agente, que «dos días después» del atentado tuvo que subir a otro autobús para hacer sus prácticas, sin tiempo material para empezar siquiera a digerir el trauma. «Miraba a todas partes y pensaba que me iban a matar. Los mandos no tuvieron ninguna sensibilidad. Fue una época horrible, de decadencia. De Juana y los suyos nos mataban. Roldán, nuestro director general, nos robaba los pocos fondos que había para el colegio de huérfanos. Uno ya está en tercer grado y el otro ».

Manuel quiere aclarar que no es el preso de ETA en huelga de hambre quien le quita el sueño -«No pido venganza. No estoy a favor de la pena de muerte. Las víctimas, aun con tristeza, llevamos cuarenta años acatando las decisiones judiciales y no seré el primero que no lo haga»-, sino «un Gobierno que nos da dado la espalda». Así lo siente, y por eso, dice, se ha decidido a dar su testimonio, «como Ortega Lara». Algo se le «revuelve» por dentro cuando Manuel Chaves, el mismo que le condecoró con una medalla, dice ver «razonable» que se atenúe la condena de De Juana. No concibe que un hombre que no ha cumplido «ni ocho meses» por cada uno de los 25 asesinatos por los que fue condenado, «ni se ha arrepentido de sus crímenes», pueda salir en libertad en breve. «Los jueces deberían haber tenido en cuenta eso», reprocha Manuel, convencido de que «algo anda mal en un país en el que un terrorista como De Juana es portada de periódicos y telediarios y se ha convertido en el personaje más popular del momento».

MANUELA LANCHARRO REYES

Hermana de Antonio Lancharro Reyes, guardia civil asesinado en la Plaza de República Dominicana

«Para mí no es más que un asesino en serie con privilegios»

Antonio Lancharro Reyes aprobó el examen de tráfico para guardias civiles. Pero él nunca lo supo. Algunos días después de su muerte, compañeros del instituto armado visitaron a su familia y les llevaron los resultados de las pruebas de ingreso y una figurita de adorno. Representaba a un agente patrullando sobre su moto. A eso habría dedicado su vida Antonio si ETA no se la hubiera arrebatado con 21 años. También se había preparado para integrar el grupo de montaña del cuerpo. Viajaba en el convoy que el 'comando Madrid' hizo volar por los aires en la Plaza de la República Dominicana en julio de 1986.

Hoy, su hermana Manuela ya no es aquella adolescente «desorientada» que, con 17 años, perdió a su «hermano, amigo y confidente» y, con él, el norte de su vida. «Dése cuenta, con esa edad yo no salía a ninguna parte si no era con él. Íbamos siempre juntos y, si le gustaba alguna chica, recuerdo que me lo contaba para que le echara una mano». Manuela es hoy madre de familia. Ha logrado levantar cabeza, después de largos años sin poder hablar con nadie de lo que le pasó a su hermano mayor. Los años de plomo. «En aquel entonces las cosas no eran como ahora. No teníamos psicólogos a nuestra disposición. No podía hablar con nadie, y menos con mis padres. Lo único que quería es que mi madre no llorara más».

-Gracias, Manuela

-Gracias a usted. Por lo menos me he desahogado.

Pero todavía en estos días a veces se siente «perdida» e «impotente». Por ejemplo, cuando no sabe qué contarle a su hija de 14 años del tal De Juana Chaos que sale a todas horas en televisión. «Tengo miedo de que llegue, lo vea y pregunte. Ella sabe que es uno de los asesinos de su tío, pero, ¿cómo le explico lo que pasa? ¿Cómo le digo que no ha cumplido ni un año de cárcel por cada uno de los veinticinco que mató, que no ha demostrado arrepentimiento ninguno y que así y todo es posible que quede libre? Va a pensar mi hija que la vida es muy injusta».

De hecho, Manuela Lancharro clama, sobre todo, contra la Justicia. Y «su único consuelo», dice, «es que la haya en la otra vida, y que si no se hace aquí, se haga justicia divina». «Van a poner en la calle a un asesino frío y calculador y ni mucho menos reinsertado en la sociedad, van a soltar a una bomba andante», advierte. Y pide a los políticos y a los jueces empatía con las víctimas. «Que se pongan en nuestro pellejo». «A los que dicen que es justa la rebaja de la pena, yo les pregunto: ¿qué Justicia ha tenido mi hermano? ¿Se imaginan que mataran al suyo y el asesino no estuviera ni un año en la cárcel? ¿Es que nos vamos a tener que poner en huelga de hambre las víctimas para que se nos escuche un poquito?».

Manuela no siente compasión ninguna por el De Juana de las fotografías recientes, el preso postrado en la cama del Doce de Octubre. «Está así porque él lo ha decidido. Pena me da mi madre». Tampoco odio. «La primera vez que le vi la cara sí. Mentiría si no dijera que no sentí deseos de venganza. Pero luego te das cuenta de que no lleva a ningún sitio». El dolor de ser testigo de sus «privilegios» le recuerda vivamente al que sintió el día en que una mala noticia, aún confusa y sin confirmar, cambió su vida cuando estaba con su madre en una tienda de Sevilla. Viaje apresurado de vuelta a Madrid. Incertidumbre. El mazazo. Pastillas. «Mi madre se quedó casi ciega de tantas que tomó». «Duele verle todo el día. Revives todo de nuevo. Y encima ves que puede dar una entrevista, seguir amenazando, ves que su novia duerme con él todas las noches Para mí no es más que un asesino en serie con privilegios. Y mi hermano era bueno y tenía la vida por delante».

HORTENSIA GÓMEZ

Madre de Alberto Alonso Gómez, guardia civil asesinado en el atentado de la calle Príncipe de Vergara

«He recordado con amargura todo el dolor que sentí cuando mataron a mi hijo»

Hace seis años, en un homenaje institucional tributado a las víctimas del terrorismo en el Congreso de los Diputados, Hortensia Gómez deambulaba por los pasillos del hemiciclo conteniendo a duras penas las lágrimas. «No lloro por la emoción de este acto, lloro todos los días desde que hace catorce años perdí a mi hijo», declaró entonces. Hoy, Hortensia sigue llorando. Lloró «doce horas seguidas» cuando supo por los medios de comunicación la «trágica noticia» de que el Tribunal Supremo había rebajado la condena a De Juana Chaos. «Una pena que le deja en manos del Gobierno para salir más pronto que tarde», lamenta.

Hortensia «está muy mal», la disculpan desde la Asociación de Víctimas del Terrorismo, y no quiere hablar con nadie. Pasa las noches en vela. Pero ha enviado una carta a la AVT para hacer saber a quien quiera escucharla que la mañana fría y lluviosa de abril de 1986 en que ETA asesinó a su hijo Alberto y a otros cuatro compañeros de la Guardia Civil ha vuelto a su vida con intensidad directamente proporcional a la del 'caso De Juana'. Fueron 25 kilos de 'goma dos' y metralla en un Seat 124, activados al paso de un Land Rover en el que viajaban nueve guardias civiles con misiones de vigilancia en las embajadas del madrileño barrio de Salamanca. En la confluencia de Juan Bravo con Príncipe de Vergara, muy cerca de una clínica de maternidad, el coche bomba estalló. Tres agentes murieron en el acto. Otros dos, entre ellos Alberto, en el trayecto al hospital.

«He recordado con amargura todo el dolor que sentí aquel día. El peor día de mi vida ha llenado mi casa y mi mente otra vez», escribe ahora su madre. Hortensia hace responsables no sólo al hoy recluso en huelga de hambre y a sus compañeros de comando, sino también «a quienes están permitiendo que la muerte de mi hijo vuelva a mi vida de esta forma tan descarnada». Señala al Gobierno, a su presidente y a los jueces. «No voy a renunciar, no me voy a rendir, no voy a traicionar a mi hijo. ¿Ustedes qué van a hacer? Exijo firmeza contra el terror y lealtad a las víctimas», concluye Hortensia.

 
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