Sábado, 9 de diciembre de 2006
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CULTURA

ANJEL LERTXUNDI ESCRITOR
«Cada vez hay más tics totalitarios en nuestra sociedad»
El autor presenta 'Ihes betea', novela protagonizada por un joven nazi que descubre su sangre judía
«Cada vez hay más tics totalitarios en nuestra sociedad»
ÉXITO. La nueva obra de Anjel Lertxundi es una de las más vendidas en la feria de Durango. / FOTO DE JOSE USOZ
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EL AUTOR
Anjel Lertxundi nació en Orio en 1948.

Estudió Filosofía en San Sebastián, Roma y Valencia. Ha sido profesor de literatura y periodista. Ha dirigido varias películas y es guionista de televisión (de la serie 'Goenkale', entre otros trabajos).

Ha publicado , en castellano, 'Las últimas sombras', 'Un final para Nora', 'Los días de cera' y el libro de relatos infantiles 'La máquina de la felicidad', entre otros libros.

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Anjel Lertxundi sospecha de quienes lo tienen todo claro. El protagonista de su última novela, 'Ihes betea' (Alberdania), es uno de ellos, un chico nazi que odia a los homosexuales, a los comunistas y a los judíos. Su mundo se resquebraja cuando le dicen que puede ser uno de ellos y a partir de ese momento la obra de Lertxundi empieza a galopar.

-Werner, el protagonista de su 'Ihes betea', no duda de nada, al menos al principio de la novela.

-Sólo duda de su familia, de su padre, al que no ve muy entusiasmado con el régimen nazi. Si uno abraza una ideología este tipo, que impregna todos los resquicios de la vida, entonces no hay espacio para el otro, para el distinto, para el que vive de otra forma. Werner ni siquiera entiende a su familia. Para él, las personas, o son amigas o enemigas. O todo es blanco o todo es negro.

-Según su punto de vista, ¿se puede eliminar al enemigo?

-Se le quiere o se le debe eliminar para que el mundo sea mejor. Así piensan los totalitarios.

-Pero él no es tan ario como quisiera.

-Werner ignora que su padre mantuvo una fuerte relación de amistad, en la Primera Guerra Mundial, con un compañero de armas judío. Ambos hicieron un pacto que les comprometía a cuidar del hijo del otro si le pasaba a cualquiera de los dos. Esto es lo que no sabe el chico, judío de la cabeza a los pies, aunque haya estado presumiendo de tener un árbol genealógico totalmente ario.

-Y, cuando lo sabe, ¿cambia su actitud?

-Él lo descubre de una manera casual. Sus padres quieren decírselo cuando sea mayor de edad y tienen miedo a que llegue ese día. A mí lo que me interesaba era esta segunda parte, la reacción de este individuo cuando conoce que es judío. Tiene que asumir una nueva condición y no puede hacer nada, no se lo puede decir a sus compañeros, no puede hacer méritos para cambiar la situación, porque la ley ya le tiene marcado como un paria.

-Cuando lo sabe, ¿no se empieza a odiar sí mismo?

-A sí mismo, a sus padres y a las circunstancias a las que él achaca su situación. Pero, poco a poco, lo que le va cambiando es el encuentro con otras personas, que le enseñan otras formas de vida distintas a las del pensamiento totalitario.

Leyes antijudías

-Le van abriendo la cabeza.

-Sus padres le dan la oportunidad de ir a Trieste, centro de encuentros y desencuentros, de fronteras y aperturas situado en el corazón de Europa. Pero Mussolini promulga también las leyes antijudías y se va de esa ciudad italiana. Llega a París, empieza a construir una nueva vida pero enseguida entra Hitler. Así se compromete con la gente que está huyendo, con homosexuales, con otros judíos...

-Se compromete con los perseguidos.

-Sí, de eso trata 'Ihes betea', de cómo esa persona que al principio persigue pasa a ayudar a los que huyen. Hay un homenaje en toda la novela a escritores como Joseph Roth y Walter Benjamin, grandes fugitivos. La obsesión de Benjamin era salvar un manuscrito, el que luego se llamó el 'Libro de los pasajes', más que salvar su propia vida. Mi personaje se encuentra con él y trata de ayudarle, pero al final sobreviene la tragedia.

-¿Qué opina del 'caso Günter Grass'? ¿Se puede pedir responsabilidades por haber sido nazi a los 17 años?

-Yo no me atrevería a pedir alguna responsabilidad a un chico de 17 años en esas circunstancias. Me imagino en esa situación y me pregunto: ¿Quién soy yo para decir ahora, 60 años después, que hubiera reaccionado de una manera distinta? Cada vez hay más tics totalitarios en nuestra sociedad y apenas respondemos; cada vez hacemos más caso a lo políticamente correcto y, si algo ocurrió en Alemania, fue que esa corrección política se hizo absoluta.

-¿Qué tics totalitarios observa en la actualidad?

-La separación total entre buenos y malos, el maniqueísmo que se produce en muchos ámbitos de la sociedad. En nuestro entorno más cercano, estamos viviendo eso de que 'si no estás conmigo estás contra mí'. Yo puedo estar en desacuerdo con una persona en una gran cantidad de cosas, pero no estoy contra ella. Lo que sucede ahora es lo contrario, que se va directamente contra la persona, algo muy propio de aquella época, de los años treinta.

-¿No hemos aprendido de lo que pasó entonces?

-No. Aquello fue una gran humillación pero también una gran lección. Y no hemos sabido aprovecharla.

-Se celebra estos días la 41 edición de la Feria de Durango. ¿Recuerda la primera que acudió a ella?

-Para mí, los primeros años de la feria están asociados al frío que había en la plaza del mercado y al calor humano. Era un reflejo de lo que pasaba en el país. La feria estaba tolerada, pero trascurría casi en la clandestinidad. Y ya se sabe que, en la clandestinidad, ocurre lo mejor y lo peor.

 
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