Martes, 24 de octubre de 2006
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LOS 90
«Vitoria se sitúa en el mapa y al mismo nivel que los vecinos»
Josean Querejeta . Presidente del Baskonia desde hace dieciocho años. Ha situado al club en la élite europea
«Vitoria se sitúa en  el mapa y al mismo nivel que los vecinos»
¿ESTACIÓN DE AUTOBUSES? Un hombre mira desde la ventana el enorme solar de la frustrada estación de autobuses sobre el que se levantó el Artium. / IOSU ONANDIA
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«En líneas generales, los noventa fueron una buena década. Hubo inversión y desarrollo». Lo afirma Josean Querejeta, cabeza visible del Baskonia, que ha convertido aquel animoso y provinciano equipo de baloncesto en una potencia europea. El TAU ha adquirido con el tiempo todo un arsenal de armas de destrucción masiva en una cancha de baloncesto. Por cierto, un producto cotizado para vender Vitoria y Álava durante un decenio que colocó a la ciudad en el mapa por medio de embajadores deportivos (Martín Fiz, gimnastas de oro, Oiarzabal...), calidad de vida envidiada en el exterior y apego por lo verde. Hasta aquí todo parece llegar al oído como una sinfonía impecable. De no ser por la vivienda, disparatada en el precio hasta límites difíciles de soportar. Y vivir en un piso es, por supuesto, un derecho de primera necesidad. Como diría un legislador, así viene en la Constitución.

Los noventa representan para Vitoria el tiempo de la vendimia. En los años anteriores sembró las viñas para recoger las uvas del buen caldo, cerca ya del cambio de siglo. La capital alavesa presume desde entonces de moderna, al menos en el plano urbanístico y por calidad de vida. Sus habitantes se dan cuenta de que es una ciudad endógena, mejor para vivir dentro que para mostrar a los de fuera. «La sociedad del bienestar» -cree Querejeta- «empieza en los ochenta, pero se desarrolla en los noventa». Suena a equivalencia con el proyecto deportivo azulgrana, que colocó ladrillos pronto para levantar trofeos después. «Vitoria da el salto a la modernidad en los noventa, pero yo creo que la idea de ciudad es anterior».

Todo ello conduce, inexorablemente, a un nombre propio, el del casi infinito ex alcalde José Ángel Cuerda, que tenía la identidad de Vitoria entre las cejas. Para regocijo de sus muchos seguidores y bastante menos de sus detractores -como todo personaje en mayúsculas, lleva el diapasón de las filias a las fobias- resulta imposible entender la Vitoria de 1979 a 1999 sin su carismático regidor. Un hombre incuestionable en la historia urbana de esta tierra.

Una idea de ciudad

Gustase a unos más que a otros, no cabe duda de que Cuerda proporcionó a la capital alavesa una idea de ciudad. La de los servicios sociales con el correspondiente 'efecto llamada', los centros cívicos como nuevo foro griego de encuentro y las instalaciones deportivas de filosofía horizontal. Haga usted deporte, no rebaje los cojines del sillón viendo a los profesionales por la tele.

Pero de algún sitio tenía que salir el dinero para costear esa red de servicios. Y el surtidor brotó del suelo público. Vitoria, una localidad llana como pocas para construir, vio salir el terreno a cuentagotas y casi en una sola dirección: Lakua. Ante la escasa oferta de viviendas nuevas, quienes renegaban de vivir donde se les ordenaba -el nuevo megabarrio en la salida a Bilbao- se topaban con propietarios a la espera. La casa usada se alzó más cara que el litro de gasolina sin plomo tras la Guerra del Golfo, precisamente en el arranque de los noventa, o la más reciente invasión de Irak.

Fue una década, sobre todo ya cuando avanzaba, en la que los vitorianos se plantearon el dilema: ¿merecían la pena tantos equipamientos y servicios fuera de casa como otras ciudades sólo podían soñar a cambio de dejarse riñón y medio en el préstamo? A mediados del decenio el paro rondaba, nada menos, que el 18% y en 1992 los créditos hipotecarios oscilaban entre el 14% y el 15%. «Eran opciones personales», explica el presidente del Baskonia. «Se podía ir por la 'vía Cuerda', por aumentar otros impuestos o por llegar a acuerdos entre el sector público y el privado, como en otras ciudades. Lo único evidente es que para pagar todo lo que se hacía, el dinero tenía que salir de algún sitio».

Querejeta ve muchas bondades y también algún defecto de peso a la época. Pero si algún tema le parece con entidad para definir el período recurre «a la carestía de la vivienda, el gran problema para la gente». «Vitoria creció sólo hacia un único polígono, que era Lakua. Y quienes no querían ir allá no tuvieron otro remedio que comprar un piso usado o rehabilitado. Vista esa necesidad subieron muchísimo los precios de estas viviendas. Hasta que se redacta el nuevo Plan General no se empieza a mitigar el problema».

Sin sacar suficiente suelo para edificar, aparecieron motivos para el sonrojo. En 1996 la Sociedad de Tasación ya apuntaba a la capital alavesa como la más cara de España. El informe se refería a la falta de pisos nuevos y, en consecuencia, la gran carestía de los de segunda mano. «Está claro que en el alto valor de las viviendas repercute el precio del suelo municipal. Había que conseguir fondos para toda esa política de centros cívicos y polideportivos, que ya estaban planificados y se desarrollan en los noventa», resume Querejeta. Y tampoco olvida la red pública de servicios sociales que etiqueta a Álava como un territorio avanzado, en la línea de los países nórdicos.

Un escaparate muy vistoso

Todo ejerce de sumandos para otorgar a Vitoria un resultado muy alto en la escala de las apetencias. Los nuevos polígonos industriales, las 'vacaciones fiscales' que aprueba la Hacienda foral y la localización estratégica en el corredor de la N-1 atraen a las firmas, Daewoo y Gamesa como ejemplos. La ciudad 'postalizada', con sus zonas verdes y equipamientos comunitarios, adquiere protagonismo en los medios de comunicación nacionales.

Célebres son aquellas clasificaciones anuales que situaban a la capital alavesa siempre en el podio. Palma de Mallorca, Girona y Vitoria se repartían las medallas y dejaban los diplomas del urbanismo a otros lugares que querían sin poder. Se valoraba la calidad de vida y, de pronto, la gran desconocida empezó a escuchar su propio nombre viajando de boca en boca. Una publicidad que, invariablemente, incluía dos adjetivos: bonita y limpia.

El presidente del Baskonia, por su cargo, mantiene frecuentes contactos con otros directivos del resto de España y de Europa. Y reconoce que, al margen de amores a la patria chica, muchos de sus colegas desmontarían unos cuantos equipamientos de Vitoria para llevárserlos a sus ciudades. «Seguro. He percibido en mucha gente una cierta envidia por nuestros centros cívicos, por todo lo lúdico y por el anillo verde. Y en materia deportiva, pocas habrá con las instalaciones que tenemos aquí».

No hace falta insistir a Querejeta para que incida en la ecología urbana, sin duda uno de los apartados por los que la ciudad infla pecho. «El anillo verde es un proyecto único. Más que para vender la ciudad se trata de recuperar un área verde de la que los vitorianos somos los primeros beneficiados.». Parques que rivalizan en tamaño, árboles sin fin, rotondas floreadas... Actividades deportivas de todo tipo. Un abanico abierto de clases, desde el bordado hasta fortalecer la memoria de los mayores...

Si las ciudades fueran lonjas comerciales dotadas de escaparate, habrá de convenirse que el muestrario de Vitoria era sumamente atractivo. La apuesta por el famoso 'desarrollo sostenible' y las virtudes que ya se cantaban fuera comienzan a quitar los velos. La capital alavesa y autonómica reclama su propio espacio en el conocimiento de la gente, harta quizá de que a cientos de kilómetros, el País Vasco se redujera a Vizcaya y Guipúzcoa.

«En esa década Vitoria se sitúa en el mapa y es una de las más valoradas porque ya se la ha empezado a considerar. Se coloca al mismo nivel, incluso a más, que las ciudades de alrededor, como Bilbao y San Sebastián. Hasta los noventa era como menos ciudad y más pueblo», declara el presidente del Baskonia, un conjunto ya por entonces internacional.

UA y el retorno a Primera

Daba gusto ver la tarjeta de visita, pese al paro, los pisos caros, el abusivo precio del dinero o algún llamativo proyecto sin acabar. Una zona tan céntrica de Vitoria como el espacio entre Los Herrán y Francia era un socavón semejante al paisaje después de la batalla. Cuerda tiró la vieja y deprimente estación de autobuses -tristes mañanas de lunes en invierno con la luz mortecina- para levantar otra nueva con una moderna zona comercial. Iba, porque todo terminó en un gran fiasco que dejó a la ciudad con menos dinero, sin terminal y con un enorme solar por tapar. Y se levantó el Artium como, según la sensación popular, podía haberse construido otra cosa.

La capital alavesa también se popularizaba por los éxitos individuales e, incluso colectivos, del deporte. Muchos pensaban, incluyan al que suscribe, que jamás verían al Glorioso en Primera. Y ahí llegó, 42 años después de aquellas historias albiazules que contaban padres y abuelos. O la Recopa baskonista de 1996 con Rivas declamando a Sansón. La cultura, por su parte, alimentaba la autoestima sociológica con la concha de oro donostiarra para Juanma Bajo Ulloa, a quien se la entregó la mismísima Glenn Close.

Políticamente fue una década movida por el nacimiento de Unidad Alavesa. Fundado en 1990 por Pablo Mosquera y otros cargos locales del PP, el partido foralista surgió para levantar un 'stop' a la pretensión homogeneizadora del nacionalismo vasco. Con un discurso antibilbaíno, su irrupción electoral causó un enorme terremoto: 3 parlamentarios vascos en 1994 que se convirtieron en cinco y grupo propio dos años después, y segunda fuerza política en Vitoria en las municipales de 1995.

Su naturaleza 'anti' caló en la sociedad y obligó al resto de los partidos a darse un barniz alavesista. Ello, las crecientes luchas intestinas, los abandonos y posiblemente su histórica decisión de entrar en 1996 a compartir gobierno con su bicha, con el nacionalista Cuerda en el Ayuntamiento de Vitoria, marcarían el principio de su fin, hace pocos años, ya en pleno siglo XXI.

El decenio que conoció la sangrienta descomposición de la antigua Yugoslavia acabó con otro hecho igualmente muy relevante en la política alavesa. Un jovencísimo dirigente del Partido Popular, Alfonso Alonso, recogía el testigo de José Ángel Cuerda al frente del Consistorio de la capital, tras veinte años de ciudad-estado. Y el líder de la formación conservadora en la provincia, Ramón Rabanera, tomaba el poder en la Diputación, controlada desde la transición por el nacionalismo, con la excepción del cuatrienio socialista de Buesa. Muchos vitorianos se preguntaban internamente si la ciudad tendría vida más allá de Cuerda. Siete largos años después, la capital, con sus problemas, sigue palpitando.

 
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