El desembarco en los setenta trajo consigo la jubilación para la gran trapecista Pinito del Oro, la moda de los álbumes de cromos y del comediscos, los tiempos de gloria del peso pesado Urtain, el 'morrosko de Cestona', y los de paños menores para Carmen Sevilla. Mientras un inventor norteamericano alumbraba el teléfono portátil, allá en Los Ángeles, California, Los Diablos traían a la España reprimida, maniatada e inquieta del ocaso franquista 'Un rayo de sol'. Inocua, pero presagiante. Aún con la boca pequeña, se empezaba a discutir sobre el celibato de los curas y a practicar -o a considerar- el sexo sin la bendición del sacramento matrimonial. Entretanto, al rockero Miguel Ríos le detenían por fumar hachís. Algo, todo, parecía abocado a cambiar, la palabra talismán de la década. A cambiar, pese al Generalísimo.
Por aquel entonces Antonio Altarriba se dejaba ver poco. Llevaba barba, pelo largo, gafas ahumadas y una nube alrededor producto de su afición a los 'Celtas' cortos. Tenía veintipocos años cuando puso los pies en Vitoria con sus collares de cuero anudados al cuello y su anarquismo, a la cabeza. Eso sí, sin filiaciones ni consignas. «Diletante para algunos, sin rigideces para mí», sintetiza. Venía de la France, de la república con mayúsculas, de trabajar co-mo lector cerca de Montpellier. Un año an-tes se había licenciado en Filología Francesa en Zaragoza, su tierra de cuna. Dos después, presentaba su candidatura a una plaza de profesor de la lengua de Baudelaire en el recién alumbrado Colegio Universitario de Álava (CUA), germen del ac-tual campus alavés de la UPV. Y le cogían.
Tal vez por sus veranos adolescentes en el sureste de Francia, entre represaliados comunistas, troskos, maoístas, todos amigos de sus padres de la guerra, y aquel ambiente culto, liberal y desprejuiciado que transpiraban sus encendidas tertulias al otro lado del tajo abisal de la frontera, Vitoria le impresionó. «Gris y fría. Aún más que ahora», evoca. Como si alguien hubiera olvidado pulsar el interruptor de la luz y encender la estufa antes de entrar.
La capital alavesa aún no alcanzaba a sumar los 137.000 habitantes. «Muchos, uniformados con chaquetas de cuadros verdes y negros. La mayoría, hombres. Al principio pensé que serían empleados de un mismo comercio o que pertenecerían a algún gremio. Luego descubrí que esas prendas eran kaikus», sonríe el escritor mientras rebobina su memoria.
Zafada en parte de la crisis económica del momento, Álava saludaba los polígonos industriales de Ayala, Amurrio y Villarreal. En Vitoria se creaba el recinto fabril de Ansoleta y centenares de ciudadanos estrenaban pisito e ilusiones comedias en la expansión de la ciudad por el Este. Antes que Salburua y sus torres fueron Santa Lucía y sus 'rascacielos' de catorce alturas.
Entre Tarzán y la Kokett
El litro de gasolina súper se cotizaba a doce con cincuenta pesetas. El kilo de anchoas, a treinta. Una semana de vacaciones en Mallorca salía «desde» 4.650, o eso publicitaba Viajes Ecuador en EL CORREO. La Caja Provincial de Ahorros premiaba hasta con 50 duros la apertura de una libreta. El Estadio ya se había dotado de una piscina cubierta y el norte de la ciudad, del 'escaléxtric'. En el cine Amaya pasaban 'Tarzán en el Amazonas' y por la plaza de la Virgen Blanca, el hombre del parisien y las vendedoras de pompas de jabón. La Casa del Cordón acogía conferencias; la plaza de toros, «grandiosas» corridas; el Casino Artista Vitoriano, «festivales de juventud»; y el Círculo Vitoriano, conciertos. Clásicos, por supuesto.
Las autoridades municipales ya multaban por exceso de decibelios al Pingüino, la Kokett y Flamingo, las salas de fiestas más 'in' del momento. En el periódico de la época, la academia Feli anunciaba un nuevo curso de corte y confección; la boutique Mallorca, su inminente apertura en Siervas de Jesús; y las parroquias daban cuenta del horario de las misas «valederas para mañana».
Después de haber puesto su espíritu a merced de su dedo pulgar -recorrió media Europa en autostop antes de anclarse definitivamente en la capital alavesa- y de los efluvios revolucionarios que emanaban a chorros desde el exilio, Antonio Altarriba era, si no un hippy, lo más parecido a ello. Veía España, en general, y Vitoria, en particular, con «extrañeza». A buen seguro, era recíproco. Acampó con su petate y sus discos de Pink Floyd en una pensión de Jesús Guridi, a tiro de piedra del flamante búnker de Galerías Preciados, el actual El Corte Inglés. De allí al CUA un buen trecho del camino se hacía «campo a través». La semilla del campus había germinado cerca de Lasarte, en el mismo edificio que hoy despacha a licenciados en Educación Física. El mes de mayo del 68 no quedaba demasiado lejos en el tiempo. Sin embargo, el incipiente mundo universitario local se mostraba «opaco a cualquier destello de modernidad. Tenía un regusto a rancio. Había mucho rebotado del Seminario», explica el hoy catedrático de la UPV.
El CUA dependía entonces de la Universidad de Valladolid y sólo impartía el primer ciclo universitario. Esto es, hasta tercer curso. «El ambiente era muy académico, excepto en pequeño círculos -siempre de estudiantes de Ciencias- donde se distribuían fanzines o se convocaban asambleas tras algún atentado de ETA. La frialdad era muy grande con respecto a las víctimas». Hace una pausa y ataja. «El elemento dinamizador del movimiento anticapitalista», de la oposición activa al franquismo, «no salió de las aulas. Salió de las fábricas».
Las huelgas del 72, relativamente insólitas por estos lares desde el inicio de la industrialización, apuntaban a un cambio de horizonte. Avanzaban los setenta, y con ellos, el signo de los tiempos. En Estados Unidos reventaba el escándalo 'Watergate' y, más tarde, abandonaba Vietnam. Pinochet ponía de rodillas a Chile y, en Madrid, el almirante Carrero Blanco y su coche saltaban por los aires. Había estallado el inicio del fin de la dictadura.
En julio del 74, los achaques del anciano general Franco parecían recortar aún más esa distancia. Casi a la par, un joven sevillano apodado 'Isidoro' (Felipe González) era elegido secretario general del PSOE en Francia. Faltaba poco más de un año para que el inquilino de El Pardo ordenara la ejecución de cinco militantes de ETA y del FRAP. Lo hizo en plena agonía, como quien formula un último y macabro deseo. Dos meses más tarde, el 20 de noviembre de 1975, certificaban su muerte. «Era un día laborable, no recuerdo cuál. Llamé a mis amigos. La alegría se mezclaba con la incertidumbre. Franco nos había repetido tanto que 'todo estaba bien atado' que, en el fondo, temíamos que nada cambiara...».
Matanza en San Francisco
Cuarenta años de dictadura no podían dejar tras de sí más que un reguero de fatalismo. El caudillo había dejado de existir, pero ¿el régimen, estaría dispuesto a resistir? Vitoria lo descubrió enseguida. El 3 de marzo de 1976 encajó su coletazo más brutal. La Policía desalojó una asamblea obrera que tenía lugar en la iglesia de San Francisco, en Zaramaga. Cinco obreros cayeron muertos a tiros. No había duda, la política de orden público seguía siendo la de la dictadura.
«Bajaba del CUA al atardecer. No es que la ciudad oliera a pólvora, pero se palpaba que algo terrible había pasado. Apenas había gente en las calles y los pocos que pasaban gritaban: 'han matado a los obreros, han matado a los obreros'. Las furgonetas de los grises pasaban apuntando a las ventanas y ordenando a los vecinos que bajaran las persianas. Yo me quedé atrincherado en el portal, entrando y saliendo, esperando noticias...».
Convulsión. Desgarro. Impotencia. Miedo. Vitoria, la ciudad hasta entonces más o menos cándida y ensimismada, se convertía en «territorio sitiado» y saltaba a las páginas de la prensa internacional. Los trágicos sucesos revolvieron entrañas en los sectores más progresistas, pero también en otros conservadores. «Fue un acontecimiento enormemente traumático. Sin duda marcó un antes y un después». El proceso de transición a un sistema democrático no podía esperar más.
El feroz envite de los rescoldos del franquismo y sus secuelas tardarían en disiparse. Más huelgas en las principales factorías de la ciudad, barricadas, desalojos por sorpresa en los bares de la Cuchi, violentas carreras por el Casco Viejo un fin de semana sí y otro también... «Estabas por allí tomando unos cubatas con los amigos y de repente oías: 'todos fuera'. Los grises te esperaban a ambos lados de la puerta, haciendo pasillo. Salías corriendo, claro, para intentar recibir los menos porrazos posibles. No nos amedrentaban, pero tampoco nos creíamos que hacíamos historia... La democracia de este país no se trabajó en la calle, ni en la universidad, ni en las fábricas, sino en otras instancias mucho más altas», vuelve a atajar.
Las primeras elecciones generales estaban ya en la cocina y, en su antesala, surgían los mítines, un acontecimiento casi tan excitante como el que suponía cruzar la frontera con Francia y regresar con la mercancía a salvo. Por ejemplo, un ejemplar de 'El rojo y el negro', de Stendhal. El trapicheo de literatura y cine prohibido -«lo que había que leer y ver»- resultaba emocionante y, apretarse entre la gente para oír a Nicolás Sartorius o «al que tocara» arengar a las masas con discursos sobre las libertades, aún más. «Aunque no simpatizaras con ellos, daba igual. Era algo nuevo, un espectáculo», revive el escritor.
Es la eclosión de los partidos políticos, del asociacionismo, de la aperturas de txokos y del primer festival de jazz en el frontón Landázuri. «Al principio, un reducto no muy bien visto en donde se daba cita gente marginal y alternativa. Nada que ver con lo que es ahora».
Álava vota y gana el centro
1977. España vota. En Álava ganan los centristas, seguidos de cerca (a 4.000 sufragios) por el PSOE y por la derecha de AP (a 8.000). Dos años después, en las generales del 2 de marzo, la UCD de Adolfo Suárez y Chus Viana reedita triunfo. Esta vez, contra pronóstico, el PNV se hace con el segundo puesto, desplazando a los socialistas. Aún no se había consumido del todo 1979 cuando Vitoria asiste al bautizo de una etapa muy especial: en los primeros comicios municipales democráticos, un conocido abogado recién afiliado al PNV logra la Alcaldía. Arranca la 'era Cuerda'.
Para entonces, ya nada era igual. La década del cambio se despedía con aglomeraciones frente al cine Gasteiz para ver a 'Superman', promociones de viviendas «desde» 4.200.000 pesetas y la conexión por autopista con Bilbao. «Pasamos del gris al color, a la diversidad, a la inquietud. Llegamos a los ochenta con un nuevo espíritu», sintetiza Altarriba.