El momento actual de la cultura vitoriana ofrece rasgos del mayor interés. Se vive una auténtica efervescencia, aunque habrá quienes confundan conceptos y hablen también de euforia. Alguien más podría decir que estamos en período de vacas gordas. Muy en línea con la característica y por otra parte tradicional actitud vitoriana dada a la autocomplacencia.
¿Curiosa ciudad la nuestra! Pese a las realidades y ventajas que ofrece la capital, y a su innegable y cacareada calidad de vida, existe siempre un sector muy respetable de ciudadanos que la ven como una urbe aséptica, previsible y monótona. Aburrida, para ser más exactos. De esta suerte que se requiere de mucha imaginación y bastante esfuerzo para encontrar propuestas atractivas en materia de ocio, entretenimiento y cultura. Eso se afirma. Eso transmite una progresía de desencantados.
Con un registro parecido de desencanto y de acritud hacia la ciudad que lo alumbró, se expresó hace ya más de ochenta años el entonces rebelde y anarco pintor vitoriano -de nacimiento, nada más- Gustavo de Maeztu. Un artista que renegó de su ciudad natal para luego hacer las paces con ella y con sus moradores. Un hombre extravertido a quien nada de lo humano le fue ajeno y que, como sostuvo Ignacio Zuloaga, iba para genio hasta que encontró la desdicha de toparse en su camino con una tasca.
Una historia tan vieja como la vida misma. La de los afectos y desafectos, los encuentros y encontronazos que todos experimentamos ante la geografía física y sentimental del entorno que nos rodea. Que Gustavo de Maeztu se aburriera en su juventud, vale, pero que hoy haya ciudadanos que repitan la misma experiencia, como mínimo, de entrada, sorprende. Y cautiva.
Masas, museos y galerías
Vitoria cuenta con dos importantes fenómenos mediáticos, el Festival de Jazz y el Azkena Rock Festival, que incluso atraen a numerosos visitantes. Pero también existen otras propuestas culturales que obtienen una destacada respuesta popular: el Festival de Teatro, Vitoria Territorio Visual, las Jornadas sobre Culturas Milenarias, o los más selectivos Martes Musicales y Viernes Corales.
Con el lema de adquirir para exhibir y aprender, los museos son ahora más que nunca representativos de la cultura de nuestro entorno. Lejos ya de la antaño concentrada mezcolanza de fondos del Museo de Bellas Artes, con su posterior descentralización, especialización y nacimiento de otras entidades museísticas -Armería, Fournier de Naipes, Diocesano de Arte Sacro, Artium-, estos y otros museos apuestan por formar a los ciudadanos. No se da lugar a la falta de rigor crítico, deformaciones y confusiones para públicos poco avisados.
Asignatura pendiente, por otro lado, es el tan traído y, casi siempre, muy guadianero asunto del 'Museo de la Ciudad'. Intentos hay por (re)iniciar en las inmediaciones de la plaza de la Brullería un museo que cobije la historia urbana, deseo que tuvo, por cierto, un episodio ciertamente sonrojante para nuestra clase política todavía no hace de ello ni tres décadas.
¿Qué podemos decir de las galerías de arte de corte privado? Pues que las actuales inician su andadura donde otras la terminaron con mayor o peor fortuna. Se sustituyen, se reemplazan unas por otras, compartiendo mismos espacios sociales. Prima la intencionalidad comercial, indirectamente la cultural, a veces, la promocional. No hay un mercado desarrollado, ni creado, para ninguna tendencia artística en concreto. Ni siquiera para las propuestas figurativas más comprensibles y acomodadas. El flujo de espectadores es previsible. Y rutinario.
Así pues, la actividad galerística transcurre sin sobresaltos. En una vertiente sensiblemente aperturista, yendo más allá de los gustos tradicionales al uso, están la Galería Felisa Navarro y la Galería Itinerante de Juan López de Ael. La reubicada Trayecto, camino de las dos décadas de actividad, y la única con puesto fijo en Arco, apuesta por trabajos de más difícil comercialización y con una mayor intencionalidad crítica. En línea clasicista, deparando escapes estéticos más placenteros, la Galería Iradier 9 o las de Raquel Recio y Aitor. Y orientada hacia una actividad específica, la DKS, especializada en obra gráfica original. Y como empresa familiar, ya con tres generaciones, lo que dice y dice mucho de un rigor profesional mantenido en el tiempo, Galerías Apellániz, con cuadros inteligentemente museables de arte costumbrista vasco y español.
Música y letras
Vitoria-Gasteiz da para muchas cosas, al menos, como espectadores. Una ciudad- escaparate, que tanto oímos. Otro tema muy diferente es el de la producción cultural, de práctica subsistencia en lo privado. Eso sí, nada de andamiajes o revestimientos provisionales en una disciplina que sabe aunar y confortar espíritus como ninguna otra: la música. El Conservatorio de Música Jesús Guridi, la Escuela Municipal de Música Luis Arámburu, la Casa de la Música, profesores y alumnos, o el esfuerzo de numerosos aficionados agrupados en corales y coros, como la Manuel Iradier o Samaniego, dan ejemplo de una de las más largas, sólidas y brillantes trayectorias culturales de nuestra capital.
Emociones colectivas, las musicales, desde siempre muy bien representadas individualmente, ahora también, dentro y fuera de Álava, con el talento de Inmaculada Saratxaga o Carlos y Juanjo Mena. Vértices iluminadores de una cantera orgullosa que se remonta a finales del XIX.
Como las gentes del teatro que resisten con entrega y orgullo a sus legítimos menesteres, pero con el hándicap de soportar los diagnósticos adversos sobre esa legendaria fama acerca de la mala salud de hierro que atraviesan las artes escénicas. Paraíso, Panta Rhei, Pikor, Porpol y Traspasos juegan en una liga de teatro demasiado condicionada, en exceso, por las iniciativas públicas. No existen muchas posibilidades para el desmarque, a pesar de la lucidez y del ánimo de sus protagonistas, el gremio actoral. Por el momento.
Y tan difícil o más que las gentes del teatro lo tienen los escritores y poetas vitorianos, «toda esa ralea de mal vivir», con otros artistas, que decían los no tan antiguos. Porque los que viven de otros trabajos ajenos a sus inquietudes literarias, bien. Pero los que son profesionales o aspiran a serlo, lo tienen mucho más crudo. No hay engaños en este terreno, aunque sí muchas ilusiones quebradas. En el mejor de los casos se va al ralentí, sobreviviendo hasta la exasperación, hacia la agonía. Es lo que hay. No lo que parece.
En este campo, quizá más que en otros, la obtención de una heroica satisfacción moral está muy por encima de otras valoraciones. Incluso más que el monetario, que ya es ir de 'sobrao'. Si bien, en la actualidad, adolecemos de esa cristalización literaria que dicen que existió un día por estos lares -ya saben, Vitoria, 'Atenas del Norte'- no con dificultades afloran también hoy, contracorriente, proyectos editoriales como Bassarai, de Kepa Murua. Con diez años de actividad y más de cien libros publicados en narrativa, ensayo, poesía y arte.
Relevo ideal y enriquecido, Bassarai, de aquellos ya fenecidos Papeles de Zabalanda de otro inquieto autor local, el tenaz y siempre muy productivo Ángel Martínez Salazar. Quien ha hecho suyo, como leyenda para su escudo de armas, el dicho de que si la gente se mete en líos es por salir de casa. Una idea prestada, ya que hablamos de literatura, de Patrick Suskind en 'El Perfume'. Textualmente, «la desgracia del hombre se debe a que no quiere permanecer tranquilo en su habitación, que es su hogar».
Y cómo no, como contrapunto a ese «mal vivir de las letras», en este escenario de palabras, el éxito de las novelas históricas de Toti Martínez de Lezea. Lectores entregados a un particular modo de narrar y contar tramas, cada vez con más adeptos, que ha motivado una posterior y efectiva promoción de sus trabajos literarios. Qué mejor publicidad que el boca a oído.
A otra escala, tras la estela de revistas como Amilamia, ya en soporte digital, otras publicaciones como Texturas, dirigida y editada por la profesora universitaria y poetisa Ángela Serna, y La Botica, con 3.500 ejemplares por número, propician con cierta periodicidad el milagro de mantener viva la llama de unos banderilleros de inquebrantable espíritu poético.
Laura Marinas, integrante en los albores de los 70 del heterogéneo colectivo -que no grupo- vitoriano 'Klin', la plural y versátil Julia Otxoa, autores largos en experiencia y sentimientos como José Luis Pasarín, Xabier Olaso, Ricardo Arregi, Adolfo Marchena, Mariano Íñigo, Jorge Girbau Bustos, Rafael Muriel, Carmen Vicente, Roberto Lastre y un afortunado etcétera que alargaría ahora en exceso la lista, con la asociación Arteragin, son firmas, hombres y mujeres, a prueba de sinsabores y dificultades. Como Iñaki Ortubai, el llodiano Amado Gómez Ugarte, las galardonadas Paloma Díaz-Más o Lurdes Oñederra. O, sin salir del ámbito universitario, como Antonio Altarriba, un ser pleno de desafíos, como la hidra, con múltiples cabezas para otros tantos despliegues intelectuales. O como el siempre laborioso y acerado editor Ernesto Santolaya, irreductible al frente, durante tantos años, de Ikusager. O como ya en la historia, el irrepetible Carlos Pérez Uralde.
¿Otra forma de mirar la ciudad?
Vitoria, como ciudad, ha iniciado ya la fuga. ¿Hacia adelante? Ojalá. Implicaría romper con jerarquías y divisiones hasta ahora bien definidas y aceptadas por el peso de la historia; por la tradición, quizá sea más atinado escribir.
La creación de nuevos espacios urbanos periféricos, con la actual reinterpretación de la ciudad histórica, que nunca ha sido un ente abstracto inamovible -ahí están los estudios y proyectos que ya se ejecutan- tendrá que dar algún día sus frutos. Principalmente, en forma de cambios de mentalidad. Porque todavía nos cuesta, y mucho, arrinconar esa mentalidad endogámica y centralizadora -valorando todo lo que está situado en el centro- en favor de esa otra mentalidad ya más de futuro: la centrífuga -lo que se aleja y sale fuera del centro-. No será fácil, nadie ha dicho lo contrario, la interacción centro y periferia.
No obstante, quizá ahora sí, se alumbren nuevos horizontes y estemos ante el umbral de una nueva forma de mirar la ciudad: más actual, más moderna. Porque la modernidad exige una mirada objetiva sobre el presente, circunstancia que comporta siempre grados de apertura. Porque ser moderno es pertenecer a su tiempo. Porque el arte, sea cual sea su manifestación, música, teatro, literatura, artes plásticas, etcétera, increpa al tiempo. Al tiempo presente y futuro.
«¿Nos hallamos ante las puertas de una nueva era en la que, por fin, instituciones, público, creadores y disciplinas artísticas dispongan y disfruten del campo abonado necesario para explayarse en intereses y gustos diversos? Todos los indicios apuntan a que estamos en el lugar y tiempo oportunos. Un ejemplo paradigmático: el nuevo centro artístico de Betoño, que se inaugurará a finales de 2008. Paralelamente al proyecto arquitectónico del viejo convento de Betoño, fundamental para organizar y producir ambientes, y regenerar 'atmósferas' -la principal cualidad que según los especialistas debe atribuirse a cualquier tipo exitoso de arquitectura, sin tener que caer en el 'síndrome Guggenheim'-, este centro nonato emerge, en lo cultural y artístico, como promesa y esperanza. Como cambio evidente de mentalidad. Aunque su génesis nazca de una emulación. Copiar para mejorar, como los romanos.
La suerte está echada. Pero el porvenir, el futuro, hay que trabajárselo. Que la producción artística en la capital alavesa, canalizando formaciones, promociones y gustos, sobretodo gustos, sirva para abrir nuevas sensibilidades: «por la sensibilidad al conocimiento».