¿Por qué cuando el PNV perdió el poder en Álava, al terminar la década de los noventa, pudo parecer que había 'desaparecido'? La pregunda de arranque es, evidentemente, una provocadora exageración. Pero algo hay de ello. Basta asomarse a una capa social y ver la cantidad, calidad y presencia de los nacionalistas alaveses. Es de suponer que en lo institucional ocurre como dentro de los partidos: el que pierde se retira a un oscuro exilio interior y espera el momento del regreso. Más que pelear contra el que gana, se aguarda a recuperar fuerzas, volver a estar de moda o aprovechar los errores del contrario.
La cosa es que la escasa visibilidad del nacionalismo local no se corresponde con su real importancia, confirmada una vez tras otra en sucesivas consultas electorales. Es muy mayoritario fuera de la capital y mantiene un suelo muy alto en ésta. Pero, a media docena de meses vista de una nueva confrontación municipal y provincial, no despeja la duda de si pactará con los socialistas, con la izquierda abertzale o consigo mismo, lo que viene a ser con todos, con ninguno y con cualquiera. Del mismo modo, no se conoce aún si su candidato y candidatura responderán a un perfil civilizado e institucional o al montañero y de partido. Y el asunto no es de curiosidad de especuladores: el PNV ha sido tradicionalmente el primero y más fuerte de los partidos alaveses.
¿Qué fue, entonces, de aquellos nacionalistas serios que poblaban las instituciones locales cuando el partido gobernaba las mismas? ¿A dónde han ido? Claro que un partido en la oposición es escenario perfecto para combatientes sin expectativa de destino ni límite verbal, pero el gobierno de las cosas de la provincia aspiraría a ampliar su nómina de candidatos, al margen de los valladares que los años de cerrada confrontación establecieron.
El nacionalismo democrático confía sensatamente en volver a alguna institución alavesa. Los números previstos pueden acompañarle -está por ver el efecto de la ruptura de la alianza PNV-EA-. Pero quizás debiera preocuparse antes por ganar la legitimidad social que tuvo y que fue la que le permitió gobernar en un lugar tan poco propicio para sus extremosidades como es éste. Cuando faltan en una capa social es también porque no se les echa en falta, porque es cierto, como se ha visto, que se puede dirigir la provincia sin ellos, y eso es letal para un partido de gobierno. Y el PNV es básicamente eso; o lo era, al menos.
El desespero como esperanza
Esa cuenta de una posible vuelta del nacionalismo a algún espacio de poder provincial se echa sobre el supuesto del desgaste de los populares al frente de las instituciones. Mayo dirá, porque todo esto es agitar posos del café, pero el caso del PP en Álava es un tanto esdrújulo. La legislatura última no ha sido buena ni en el Ayuntamiento ni en la Diputación. Sin acuerdos, sin posibilidad de consensos, a veces sin una dirección apreciable, con un entorno bronco y hostil, sin ambiente para una política más fácil, nos estamos pasando una legislatura casi en blanco. Basta ver la nómina de ocurrencias y proyectos y compararla con la lista de realidades observables o en curso. Además, como diremos, la 'ola española', a la que tan proclive es la opinión electoral alavesa, hoy se llama ZP.
Pero el Partido Popular sí que ha aprovechado a medias el tiempo en estos casi ocho años de mandato. Quizás no tanto en la provincia, donde el tejido social y de favores del nacionalismo sigue viéndose como impenetrable, pero sí en la populosa capital. El control por parte de la derecha del asociacionismo vecinal vitoriano sería algo impensable hace unos pocos años, aunque puede que sea también expresión de su inanidad orgánica. Pero el hecho es uno más de los detalles que avalan que la base social del PP en Vitoria, sobre todo, no es ya un asustado y escondido electorado que vota en silencio a su opción, sino un cuerpo de militantes y no afiliados sin temor a expresar su adhesión y a pelear por ella. Por eso, todas las cuentas son que no baja en Vitoria lo que suponen los simpatizantes de sus contrarios que va a bajar. Otra cosa, digo, es la provincia. Y, en todo caso, sus posibilidades y aspiraciones a repetir en los dos palacios parecen ser tan limitadas como, para algunos, han dejado entrever con la designación de candidatos.
Candidato ZP
El tercero en discordia es el Partido Socialista. Los socialistas alaveses siguen combatiendo dos fantasmas que, hasta ahora, les vencen: son un partido demasiado urbano para la provincia, y no representan política y partidariamente la ciudad socialdemócrata que habitamos. Fuera de la capital, no hay tradiciones de izquierdas en Álava, más allá de algún lugar de la Rioja. Algo que sí pueden esgrimir nacionalistas y populares. Además, los tamaños de los pueblos alaveses son, en general, muy pequeños y proclives al tipo de control comunitario que ejercen los nacionalistas. En los medianos, el terrorismo y la hegemonía nacionalista vasca han empujado a las bases de izquierda no nacionalista a las catacumbas o al parapeto sindical. Curiosamente, es la 'urbanización' de esos pueblos lo que puede favorecer la posición de los socialistas, en la medida en que esas localidades se desarticulen levemente y rompan la organicidad que mantienen hasta la fecha. Los casos de Nanclares o de Alegría son expresivos de cuanto se dice aquí, pero otras localidades intermedias, como Salvatierra o el valle de Ayala, son inmunes a este análisis por imperar otro tipo de identidades que les son poco propicias. En la Rioja, su posición es de jamón del bocadillo: apetitosa porque otorga mayorías, pero difícil porque por sí solos no componen el emparedado.
Lo de la ciudad es un enigma. Vitoria es una ciudad socialdemócrata, con fuerte gasto y dirección públicas, sentido de la cohesión, mesocracia obrera dominante en ausencia de clases altas y medias numerosas y de lumpen-proletariados excluidos. Vitoria sería, históricamente, la antítesis de Bilbao, una ciudad más anglosajona, con diferencias de clase a la vista. Claro que una ciudad como ésta la puede gobernar un socialcristiano como tuvimos o un hombre de la derecha civilizada que no le haga ascos a unos avances sociales donde su ciudad le lleva lustros al ruidoso gobierno del Estado. Las bases obreras del socialismo local son más potentes de lo que se piensa, y quizás le faltaría proyectarse como una opción de los sectores urbanos, una clase no contemplada por el viejo Marx y que remite a un sector profesional instalado, de amplias miras, fuerte convicción democrática y un sentido, más que de solidaridad de clase, de justicia social dentro del bienestar. Vamos, algo tan complicado de definir como de complicado se constata que es el electorado socialista: por norma, aunque no ahora mismo, el más esquivo a la lealtad permanente a sus siglas.
El terreno político alavés está harto fijado. Faltaría la pata aneja al triángulo local, la izquierda abertzale, minoritaria en nuestro caso pero suficiente para romper algunos empates. No parece que vaya a dispararse en sus dígitos, en el supuesto de poder concurrir a la cita de mayo, por más que siempre le sean favorables las coyunturas de paz que concede por pasiva su tan guerrero hermano mayor.
En ese escenario tan estático y estable, lo verdaderamente determinante -y por eso seguimos con los posos del café- es lo que pase fuera de él. A día de hoy, ZP parece el mejor candidato y garantía de los socialistas. Los nacionalistas prevén cambiar cromos, indistintamente y según los resultados y momento, con socialistas o con abertzales, lo que, en los dos casos, afectaría a un conjunto de instituciones, incluidas las no sometidas a las urnas de mayo. Los populares, en ese reparto, están en fuera de juego, empeñados en construir mayoría por sí solos y en contra del proceso. Una cuestión imposible en Euskadi y una esperanza plegada únicamente a la desesperanza de que todo salga mal y todo regrese a los tiempos de la política de enemigos más que de competidores.
Hasta ahí lo previsible. Lo imprevisible es el escenario que tendremos en mayo próximo. La situación del proceso de paz o de final del terrorismo, aunque no constituya un factor decisorio por sí solo en la disputa electoral, sí que será determinante. No parece fácil que todo se haya resuelto para entonces, en uno u otro sentido. No es tampoco deseable porque, de ir bien, estas cosas suelen durar más; y si van mal es cuando se aceleran. Pero si todo fuera medianamente, avanzando expectativas razonables, el mapa de negociación tras mayo se abriría en toda la extensión y complejidad de la comunidad autónoma, e incluso más. Entonces hasta el tercero en votos podría llegar a probar las mieles del éxito de un gobierno local o provincial en coalición. Si no va por ahí, el 'outsider' popular podría pescar en el río revuelto.
Todo esto o lo contrario. Lo previsible en Euskadi, para tener el mapa político geológico que tenemos, es realmente muy poco. Y no lo es no porque los partidos se muevan de su previsto sitio y comportamiento. En absoluto. La razón es que es tan reiterada la historia política reciente, tan densa en acontecimientos y tan inmóvil en grandes recorridos, que las cosas cambian o mudan simplemente porque cada clientela partidaria se ve afectada en un sentido u otro por el ambiente coyuntural. No transitan de una sigla a otra. Su pecado de deslealtad es simplemente por pasiva: se limitan a no ir. Y con eso es suficiente.