«El año pasado iba en coche por Extremadura, vi un desvío a Brozas y me metí. Había casado y bautizado a tanta gente de allí que no podía dejar de visitarlo si tenía la ocasión porque me picaba la curiosidad. Hace cuarenta años yo les decía: '¿pero ya queda alguien en vuestro pueblo?'». Habla Goyo García (Barriobusto, 1934) desde su despacho parroquial en la residencia de Arana. Acaba de celebrar la misa para una feligresía en silla de ruedas. El año que viene cumplirá sus bodas de oro sacerdotales y toda la vida de Dios ha sido un pastor social.
Salió de Zaramaga en 1979 y de Ariznavarra diecinueve años después, tras crear un foro de teología «oxigenante» para el que invitó a especialistas proscritos por la jerarquía eclesiástica. Goyo tiene en un altar al Concilio Vaticano II, el aldabonazo democratizador que data, precisamente, de los sesenta. Charlando largo y tendido con él se obtiene la impresión de dialogar con un cura progresista, de ése ala del catolicismo que propugna una amplia base horizontal, en lugar del ordeno y mando vertical.
Goyo acompaña con sus recuerdos y vivencias el relato de la década por motivos más que obvios. Acostumbrados a ignorar la provincia por la desmesurada cabeza de Vitoria, él puede retratar siete años (1961-68) en Elvillar. Por ejemplo, aquel cataclismo demográfico que representó el éxodo de ¿doscientos! habitantes en ese período. «Cuando entré, el pueblo tenía 750 vecinos. Cuando me fui, 550. Fue el paso del campo a la industria, un cambio fundamental». Las factorías de la capital atrajeron a los campesinos con dos imanes poderosos: la regularidad de los ingresos y la mayor comodidad de la vida urbana.
Las estadísticas han venido a dar la razón a quienes empaquetaron sus enseres en Andalucía, Extremadura o la recia Castilla con destino a Vitoria. Entre 1955 y 1975, con los sesenta como bisagra fundamental, Álava encabezó la lista de provincias españolas en producto interior bruto, por delante de Madrid, y en el esclarecedor índice de la renta familiar disponible. Zamora, uno de los focos de emigración, cerraba la carrera con el camión-escoba pegado a su rueda de atrás.
La fuerza industrial
Así pues, la industrialización vitoriana -establecidas ya firmas como Forjas, Iriondo, Movesa, Areitio, Imosa, Michelin desde 1966...- había empezado a desencadenar el despoblamiento rural alavés y el insaciable apetito humano de la ciudad. Vitoria se metía para las entrañas seres de carne y hueso como un gargantúa y, por lo tanto, a las transformaciones económica (industria) y social (inmigración y germen del mestizaje) debía añadirse un arremangamiento urbanístico. Diseñar un plan de desarrollo en materia de vivienda, vestirse el buzo y levantar barrios enteros para acoger al aluvión de recién llegados. La capital lo hizo atendiendo a una planificación. No así Llodio, el otro gran foco de atracción industrial con una multiplicación de habitantes en la línea de los panes y los peces. La cabecera de Ayala hubo de solventar la afluencia de inmigrantes más bien como pudo por falta de cálculos previos.
No sólo debía procurarse casa a los llegados de tantos sitios, sino también a los nuevos 'vitorianitos'. La capital alavesa vivió un 'baby boom' asombroso en Europa, con una tasa de natalidad del ¿24,2 por mil! a mediados de la década, en 1965. Eran los hijos de esas parejas jóvenes que buscaban aquí lo que les negaba su terruño. «Ya en Zaramaga» -Goyo estrenó el cargo de párroco del Buen Pastor a caballo entre 1968 y 1969- «tuve que programar dos domingos de bautizos al mes, uno por la mañana y otro por la tarde. Al mes bautizaba a unos doce niños, casi 150 al año en una de las tres parroquias de un solo barrio». Además de Zaramaga ya estaban en pie Abetxuko, Adurza, Ariznavarra, Errekaleor... Enclaves que crecían a un ritmo exponencial.
El cura diocesano rememora más ejemplos. «Ahora casi todos los colegios de Zaramaga están cerrados por falta de niños, salvo el de las Mercedarias, que anda a tope. A finales de los sesenta se llenaban todas las aulas y había que mandar chavales a una escuela en Gamarra». La presión demográfica era tal que, sobre la marcha, la realidad alteraba los planos urbanísticos. «Vi unos en los que iba una zona verde amplia, de esparcimiento para los vecinos del barrio, pero que terminó convirtiéndose en bloques para otras cuatrocientas viviendas». Goyo recuerda el paisaje de Zaramaga como un 'sky line' lleno de grúas. Semejante, desde luego, al de otros barrios obreros que se izaban al diapasón de la urgencia.
Los primeros servicios
Al terminar la década, la población urbana de Álava rondaba el 70%. La ciudad casi dobló sus moradores entre 1960 y 1970. Los apenas 74.000 se convirtieron en 137.000. El pueblo que apuntaba a dejar de serlo deviene en una ciudad inflada en muy poco tiempo, mestiza por su composición pero aún no ensamblada, a falta de una identidad. Los vitorianos de toda la vida y los de reciente incorporación sumaban ya una masa humana suficiente para pensar en dotarlos de ciertos servicios y equipamientos.
Así, en 1964 -el de la intervención americana en Vietnam- un tranvía enlazaba la periferia industrial de la capital y nueve líneas de urbanos llevaban pasajeros donde poco antes no había sino solares. Un año después abría sus puertas el hotel General Álava en la Avenida -del Generalísimo entonces por 'imperativo legal', de Gasteiz ahora-, el nuevo eje que abría Vitoria más allá del Ensanche. Tres cines -Amaya, Samaniego y Gasteiz- proyectaban películas, signo del nuevo ocio. Las piscinas de Gamarra ya estaban disponibles cuando se inauguró El Estadio en 1969, el mismo año en que Franco y su esposa, Carmen Polo, acudieron una tarde plena de fastos para consagrar con monseñor Peralta la catedral de María Inmaculada. El del gran paso para la Humanidad que representó, según el eslogan acuñado, aquella bota del astronauta Armstrong posada en la Luna.
Pero aún eran tiempos de radio, aparatos grandes que alcanzaron el rango de compañeros inseparables para mitigar la tristeza opaca de la posguerra civil española. Sin embargo, comenzaba a instalarse como de puntillas, otro medio de conexión con el exterior. Indicar que casi tres de cada cien hogares alaveses tenían un televisor en 1964 suena en los oídos de un joven, cuarenta años después, como si escuchara rascar la piedra de las cavernas con 'graffitis' prehistóricos. La apertura social pedía paso tímidamente, pero ya se mostraban algunos rasgos de diversión fuera de las casas. El decenio albergó los primeros guateques, popularmente narrados como reuniones para ligar, mientras el feo 'pinchaba' música en aquellos tocadiscos de diámetro grande.
Inquietudes juveniles
También se apuntaban ciertos signos de inquietud cultural, a cargo de los hijos de las élites vitorianas que no habían conocido la guerra. Comenzaron a surgir nombres como los de José Ángel Cuerda en aquel caldo que bullía. Sabin Salaberri creó, por ejemplo, el coro Araba en 1968, cuando París ardía en mayo con las barricadas estudiantiles. Ya existía la coral Manuel Iradier y en 1966 abrió sus puertas la sala Amárica. Se asomaban pintores afines a las nuevas corrientes estéticas, entre ellos Rafael Lafuente. Y los sectores más avanzados de la Iglesia, eufóricos por las directrices emanadas del Concilio -creciente protagonismo de la Iglesia popular en detrimento de la curia-, aglutinaban a una juventud muy distinta a la de ahora, según Goyo.
El actual párroco de la residencia de Arana cree que la de hace cuarenta años era más rebelde. Sin la acumulación material de ahora, aquella vivía valores etéreos. «Los jóvenes de los sesenta eran reivindicativos. Muchos estrenaban la libertad personal. Ahora acaba el fin de semana y sólo están pensado en cómo divertirse el siguiente». Cuestiones del 'finde'.
En el medio rural se buscaba más el relativo bienestar económico que la satisfacción de apetitos culturales. «Cuando llegué a Elvillar, la gente ya vivía de la uva y el cereal. El cura anterior a mí creó dos cooperativas, una de cada producto, que fueron un bien social impresionante. Antes de fundarse, las grandes bodegas decían 'mañana habrá una balanza no sé dónde' y al día siguiente los campesinos iban sin saber a cuánto iban a pagarles el kilo. Gracias a las cooperativas se fijaba el precio. Recuerdo a uno del pueblo que dijo que iba a salirse para vender la uva por su cuenta. Y yo le contesté: '¿pero no ves que eso es lo que quieren? En cuanto vayáis por libre dejarán de pagar a tres pesetas para bajar a dos o a lo que sea'».
Goyo recuerda a aquellas gentes de la Rioja Alavesa «tan trabajadoras y tan centradas en sacar a sus familias adelante». La vida social era una némesis del aislacionismo de la España franquista. «Nadie salía del pueblo, pese a que Elvillar estaba a quince kilómetros de Logroño, así que hacía falta un centro parroquial. Y se hizo. Proyectamos cine en dieciséis milímetros en la sacristía, pusimos una biblioteca y una 'tele'». Eran tiempos, comienzo de la década, de los que el cura evoca «la única moto que había en Elvillar, la de un chaval que estaba haciendo la 'mili'», y los dos coches, que pertenecían a los dueños de sendos bares.
La primera huelga
Zaramaga, como otras barriadas que se levantaron en Vitoria casi a la par, era donde se asentaban los inmigrantes para trabajar mucho en la industria y ahorrar un capitalito imprescindible para alimentar, vestir y educar a una prole numerosa. La población era tan mayoritariamente foránea que Goyo ha retenido un fotograma en la memoria. «Cuando llegaban las vacaciones de agosto casi nadie se quedaba a La Blanca. Salían autobuses a espuertas».
Sin embargo, al final del decenio comenzaron a apuntarse leves síntomas de lo que derivaría en la convulsión de los setenta. «Ya hubo algún movimiento social. La primera huelga de la que me acuerdo es de 1969, en Esmaltaciones, y duró un mes». El cura veía aquellas sacudidas con simpatía y recurre, una vez más, al Concilio Vaticano II. «Allí ya se acordó que los patronos y los obreros tendrían derecho a asociarse y, si fuera necesario, a ir a la huelga».
También vivió con esperanza el incipiente movimiento ciudadano, en el que mucho tuvo que ver María Jesús Aguirre, asistente social en Zaramaga a finales de los sesenta. «Ella hizo un sondeo con los vecinos sobre los problemas del barrio. Y me acuerdo perfectamente que salieron tres: que sólo había una cabina telefónica, que el urbano no pasaba y que el ambulatorio estaba en Olaguíbel. Entonces se formaron tres comisiones de vecinos. Una fue a Telefónica, otra al Ayuntamiento y otra reclamó un dispensario en el barrio».
Goyo piensa que el mestizaje «fue bueno para Vitoria». A ello contribuyó el espíritu con el que llegaron los inmigrantes de toda España. «No venían en plan peleón, sino más bien al revés. Se les captaba la ilusión que tenían por lo de aquí». El sacerdote, que viviría desde Zaramaga y con el alma en canal la tragedia del 3 de marzo de 1976, se refiere a esa década como una era muy convulsa. Al preguntarle cómo definiría los sesenta, piensa un rato y contesta. «Es la época en que empieza a reunirse la materia prima que servirá de base para la explosión de los setenta». Al mundo ya lo habían sacudido, entre otros horrores, el asesinato de John F. Kennedy o la Guerra de los Seis Días, aquel combate que se iba a apuntar de calle la alianza árabe y que terminó por merendarse Israel en eso, en apenas una semana.