El Correo

Confrontación a cara de perro

Las elecciones primarias internas, celebradas entre la militancia de un partido político, sirven generalmente para elegir a un dirigente entre varios, que forman un abanico de direcciones ideológicas de avance -deberían ser en realidad los líderes de las distintas corrientes-, vinculadas a ciertos retoques en el modelo de organización.

Sin embargo, el debate de primarias que han protagonizado Pedro Sánchez y Susana Díaz, con la colaboración brillante pero poco efectiva de Patxi López, no ha sido una confrontación dialéctica entre correligionarios que son ante todo conmilitones y se respetan por ello sino un enfrentamiento a cara de perro entre un ex secretario general víctima de un golpe de mano y la aspirante a sucederle que ya se hallaba entre bastidores de la cuartelada. El enfrentamiento teórico ha versado sobre la abstención o no en la investidura de Rajoy, pero en realidad han pugnado -están pugnando ante la decisión de las bases del domingo- los miembros de un aparato en que los instalados -los líderes territoriales- defienden su posición, y un líder que fue defenestrado sin contemplaciones a pesar de que poseía la legitimidad que le había otorgado con su voto la militancia.

En torno a estos dos polos, se ha decantado una débil articulación ideológica: Pedro Sánchez ha representado la autonomía del PSOE y la teórica preferencia por encabezar una opción genuinamente de izquierdas (teórica, porque Pablo Iglesias es hoy por hoy un socio imposible), la llamada “vía portuguesa”, en tanto Susana Díaz ha reafirmado su papel de lideresa flexible que facilitaría con menos objeciones la ‘gran coalición a la alemana’.

De cualquier modo, la insistencia de Díaz en que Sánchez ha obtenido los peores resultados del PSOE en toda su historia no ha beneficiado a la candidata andaluza porque -como ha explicado Borrell en su magnífico libro 'Los idus de octubre'- el aserto es un sofisma: la verdadera crisis de representación se debió al descalabro que sufrió Rubalcaba tras el infausto mandato de Zapatero, y, sobre todo, al surgimiento de los nuevos partidos: entre las elecciones europeas de 2009 y de 2014, el PSOE perdió el 41,15% de los votos, 15,8 puntos porcentuales y 9 escaños, de 23 a 14. Y al consumarse este declive en 2014, Pedro Sánchez era un perfecto desconocido todavía. Y a las elecciones de 2015, cuando Sánchez ya encabezaba el partido, irrumpieron en escena dos recién llegados que se adueñaron de casi nueve millones de votos: 5.200.000 de votantes de Podemos y 3.500.000 de votantes de Ciudadanos.

Frente a las dos opciones -el PSOE “útil” y “reconocible” que propone Díaz y nadie sabe en qué consiste-, y el PSOE al frente de la coalición “a la portuguesa”, Patxi López ha jugado con inesperado acierto la carta de la unión, con argumentos sólidos y con un discurso muy bien enjaretado. No ganará, pero el hecho de que se haya centrado en la obligación del PSOE de dar una respuesta consistente y civilizada a la demanda ciudadana le otorga un peso propio relevante, que le hará contar en el futuro del partido.

Lo que ocurre, lo que imposibilitará seguramente un desenlace feliz, unitario y pacífico, es que las posiciones de Pedro Sánchez y de Susana Díaz son muy difícilmente conciliables intelectual y políticamente pero también personalmente. Quienes utilizan hoy el tono con que se han hablado Díaz y Sánchez difícilmente pueden mañana cooperar en un proyecto común. Infortunadamente, esta beligerancia, fruto del golpe de mano pero también de los vicios congénitos de la partitocracia, augura que habrá el día 21 vencedores y vencidos. Si ello significa una fractura, ya se verá. Estábamos intentando ver una pacífica confrontación de ideas pero hemos visto algo muy parecido a un enfrentamiento civil, felizmente incruento pero con todas las características insalubres de la enemistad, lo que siembra un germen permanente de conflicto que será muy difícil de eliminar. Quienes dieron la cuartelada y se saltaron las normas están ahora recogiendo los frutos.

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