El Correo

El líder del PSOE hace de su capa un sayo

Pedro Sánchez y Susana Díaz, se saludan en la Feria de Abril de este año.
Pedro Sánchez y Susana Díaz, se saludan en la Feria de Abril de este año. / Archivo
  • Los dirigentes críticos son cada vez más ruidosos pero hasta ahora no ha pasado de la amenaza al golpe

 «En su día, se utilizó a Sánchez para cargarse a Madina, y sería dramático que se utilizara a Madina para cargarse a Sánchez». La frase pronunciada esta semana por el expresidente de Extremadura, Juan Carlos Rodríguez Ibarra, en un programa televisivo, encierra una clave determinante para entender la actual situación del PSOE. En el verano de 2014, tras la renuncia de Alfredo Perez Rubalcaba al cargo, los barones del partido, liderados por Susana Díaz, decidieron aupar a la secretaría general al intrépido diputado madrileño -al que casi ninguno conocía- para cortar el paso al vasco, que contaba con el aprecio del propio Rubalcaba y de su número dos, Elena Valenciano. Pensaron, erróneamente, que después podrían controlarlo a su antojo. De aquellos polvos vienen estos lodos.

En sus dos años de mandato, Sánchez ha dejado claro que no se siente en deuda con nadie. No ha sido capaz de tejer complicidades con casi ningún dirigente de peso. Al contrario, ha logrado poner del mismo lado a aquellos que no le querían desde el principio pero que, por sentido de partido, habrían estado dispuestos a colaborar con él, como el asturiano Javier Fernández y el extremeño Guillermo Fernández Vara -únicos líderes territoriales que apostaron por Madina- y a los que decidieron hacerle la guerra al comprobar que pretendía volar solo, es decir, la presidenta andaluza, el expresidente José Luis Rodríguez Zapatero, el castellano-manchego Emiliano García-Page (siempre capaz de nadar entre dos aguas), el valenciano Ximo Puig, el aragonés Javier Lambán, el madrileño Tomás Gómez (fulminado con líder del PSM pero aún en la ejecutiva), la exministra Carme Chacón...

Los críticos aseguran que son cada vez más. Pero el secretario general juega con un arma poderosa. Fue elegido en el primer congreso por voto directo celebrado por el PSOE y por eso apela a los militantes cada vez que se siente presionado. No es una cuestión menor. En un momento como el actual, las bases, siempre más temperamentales que los cargos con responsabilidad institucional, se sienten (o eso parece) más identificadas con el rechazo inamovible a un Gobierno del PP, en el que se ha envuelto Sánchez, que con el discurso posibilista de la mayoría de los presidentes autonómicos, dispuestos a una abstención si los populares presentan a un candidato distinto de Mariano Rajoy.

Al margen de que el cuestionado líder pueda recurrir a una consulta sobre la posición en la investidura a fin de sortear el acoso de los barones, como ya ocurrió en la pasada legislatura, hay otro condicionante. Si se intenta forzar su salida, Sánchez jugará la baza de que el fin último es permitir un Ejecutivo popular. E ir un a un congreso federal con ese estigma es un suicidio para Susana Díaz y para cualquiera.

Lucha de poder

El tira y afloja no cesa. Sánchez intenta mantener viva la ilusión de que tiene alguna opción de gobernar, pese a que su pretendido pacto con Ciudadanos y Podemos ya se ha demostrado imposible. De esa manera, aspira a retener el cargo hasta que la inminencia de la convocatoria electoral desaconseje su sustitución.

El PSOE tendría que haber celebrado un congreso ordinario el pasado febrero para renovar su liderazgo, pero la cita está en suspenso hasta que haya Gobierno. Por lo mismo, los críticos no quieren ni pensar en una investidura de su secretario general y, no sin razón, insisten una y otra vez en que con 85 diputados no hay manera de garantizar la gobernabilidad y en que los españoles les han mandado a la oposición.

El caso es que, hasta ahora, siempre ha sido Sánchez quien se ha llevado el gato al agua. Cada cita electoral, desde que situó al frente del partido, se ha planteado por sus opositores como el hito que conduciría a su tumba política. Pero, llegado el momento, la rebelión y el anunciado desembarco de Díaz se ha quedado en ruido. Nunca es el momento adecuado. Y, poco a poco, la dirección federal ha ido rearmando a quienes integran la oposición a los barones en los distintos territorios para dejar claro un mensaje: «Si queréis guerra, habrá guerra».

En el fondo, todo se resume en una lucha de poder. En el PSOE no se enfrentan dos proyectos para el país. Aunque se atribuya al secretario general la disposición a pactar con quienes «quieren romper España», no hay nada que lo acredite. La principal crítica a Sánchez es que lleva al partido al desastre y que no ha hecho más que perder escaños en todo este tiempo. Cierto es que la sangría empezó mucho antes de que él llegara. En concreto, en 2009, cuando aún gobernaba Zapatero. Desde las europeas de ese año, los socialistas han perdido todos los comicios de ámbito nacional.

La nueva fecha marcada en el calendario por los críticos para dar un golpe de Estado es el 25 de septiembre. Está por ver que ahora sí se pase del amago al hecho.