El Correo

La Provenza francesa, tierra de luz, color, cultura e historia

Gagantas del río Verdón.
Gagantas del río Verdón. / Archivo
  • Campos de lavanda entre pueblos de piedra, región de pintores y artistas con una luz especial que enamora al visitante

Al sureste del país galo se encuentra la preciosa región de La Provenza, un paraíso para los sentidos. Buena gastronomía y productos naturales, paisajes increíbles que se intercalan entre pequeños pueblos y ciudades.

La ciudad más grande de La Provenza es Marsella, si viajas desde España lo mejor es moverte en avión hasta el Aeropuerto Marsella Provenza, desde allí es aconsejable alquilar un vehículo para disfrutar plenamente de la zona con total libertad. Algunos optan también, por desplazarse en carretera con su propio coche, desde Madrid la distancia es de 1.000 kilómetros y desde Barcelona tan solo 400.

Marsella es la ciudad más antigua de Francia y la segunda más poblada del país. Habitada desde tiempos inmemoriales, su barrio más antiguo se agolpa en torno al viejo puerto, un puerto que merece un buen paseo matinal. Su tradición comercial convirtió a la ciudad en general y a su puerto en particular en uno de las más importantes de Europa.

Merece la pena recrearse en la urbe marsellesa e invertir un par de días en visitarla a fondo. Está llena de luz y esencia mediterránea, desde la colina de La Garde se puede divisar una panorámica espectacular a 360º y visitar la preciosa Basílica de Notre- Dame de la Garde, en lo más alto de la ciudad.

No te puedes ir sin visitar el Ayuntamiento, la plaza Villenueve Bargemon, la Casa del Diamante y por supuesto, el histórico barrio de Le Panier. Calles estrechas, inclinadas y serpenteantes, casas de colores al más puro estilo provenzano, en una de las zonas más tradicionales de Marsella. Galerías de arte, terracitas donde tomar algo y plazas con embrujo, eso también es Le Panier. El boulevard costero y La Canebière, son dos de las calles más representativas de la ciudad.

Dejando Marsella en dirección norte se llega hasta Aix-en-Provence, antigua capital de La Provenza y ciudad natal del pintor Cezanne, el taller donde pintaba sus cuadros que ahora se exponen en los mejores museos del mundo es visita obligada para el turista, como también lo es el palacete de Pavillon Vendome. Esta localidad se caracteriza por el preciosismo de sus formas, calles empedradas y estrechas repletas de fuentes, con mercadillos provenzales de frutas y flores que aportan un encanto especial.

Continuando la carretera en la misma dirección, hacia el interior, se entra en el Parque Natural de Luberon hasta llegar al pequeños pueblo de Rousillon, ubicado en el corazón del parque. El paisaje que le rodea es único y uno de los más fascinantes de Francia, las minas de ocre que tiñen de color el entorno y el pueblo. A parte de Rousillon destacan otros pueblos, entre ellos Gordes o Lagnes, con calles empinadas y estrechas, típicas de la arquitectura de la zona.

De camino a Avignon podrás contemplar los campos de lavanda que tiñen de morado el horizonte y dotan al paisaje de mucha belleza. Ya en la ciudad papal cuyo centro histórico fue nombrado por la UNESCO como Patrimonio de la Humanidad, se presenta como un escaparate cultural de cara al resto del mundo, a sus vecinos y a los visitantes.

Cada verano en torno al mes de julio tiene lugar su famoso Festival Internacional de Teatro, que este año ha celebrado nada más y nada menos que su 70 edición. No te puedes ir sin visitar la plaza de l´Horloge, el espectacular Palacio de Los Papas que empezó a construirse en el año 1.330, el famoso puente de Avignon y las pequeñas y pintorescas callecitas de su centro histórico. Una ciudad que inspiró a Picasso para pintar uno de sus cuadros más famosos, “Las señoritas de Avignon”.

El camino continúa y lo hace dirección Arlés, otra de las ciudades más representativas de La Provenza, cuna e inspiración para artistas y pintores. Que se lo digan a Van Gogh que pintó allí más de 300 cuadros, entre ellos “El dormitorio en Arlés”, donde representó su habitación durante la estancia en la ciudad francesa. Decidió instalarse allí por su luz en el año 1.888. Se puede seguir sus pasos por la ciudad donde se cortó la oreja, haciendo la ruta de Van Gogh. Visitar el café homónimo al pintor que inmortalizó en su obra “El café de la noche” y que se conserva igual que aparece en el cuadro.

Merece la pena visitar el anfiteatro romano que hace las veces de plaza de toros, siendo una de las plazas más curiosas del mundo. La tauromaquia cobra importancia entre las aficiones de sus vecinos. En el centro histórico se encuentra la Plaza de la República, el Ayuntamiento, la iglesia de Santa Ana y el pórtico de Saint-Trophine. Arlés conserva el encanto de antaño, con calles empedradas, macetas y casas bajas de colores.

La lavanda, el color de La Provenza

La lavanda es una de las señas de identidad de La Provenza francesa, su color morado es inconfundible, fotografiarse en alguno de los campos de esta planta es tarea casi obligatoria. Florecen entre junio y agosto, por lo tanto aquellos que quieran observarlos en su plenitud deberán esperar hasta esas fechas. Se pueden observar entre pueblo y pueblo con su color morado tan característico que encandila a los turistas.

La lavanda no es solo un símbolo de La Provenza, las gentes de la zona se dedican a su cultivo y venta, haciendo de esta región la mayor productora de lavanda del mundo, de su flor se obtienen esencias, aceites, miel e incluso patés.

Parque natural del río Verdon

Al este de la región limitando con la Costa Azul se encuentra la zona natural más espectacular de La Provenza, el conocido como parque natural de río Verdon, donde se puede disfrutar de sus más de 30 kilómetros de garganta con 700 metros de altura. En sus alrededores se puede disfrutar de varios de los pueblos más bonitos de Francia.

Moustiers Sainte Marie es considerado como uno de ellos, yace arropado por las montañas que se elevan en altura como paredes de piedra, sus pintorescas calles y preciosas vistas enamoran a todo visitante que hasta allí se acerca. Destaca su tradición cerámica que se trabaja como mandan los cánones. El pueblo está construido a partir de un manantial que abastecía al pueblo.

La gastronomía de la zona es realizada a prueba de los paladares más exigentes. Destacan los patés, vinos y los quesos. El queso tradicional de Banon es uno de los más famosos del país galo y está considerado como uno de los mejores. En estos pueblecitos se consumen muchos productos ecológicos, verdura y carne local, todo ello de gran calidad. La tradición continúa a la hora de fabricar jabón, el famoso jabón de Marsella que se trabaja a mano con la receta que ha pasado de generación en generación.