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Jueves, 3 de agosto de 2006
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OPINIÓN/Eterno
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Es magnífica la perdurabilidad, el sentido generoso de darse a los demás para siempre. Como el caníbal alemán que devora a su víctima con su consentimiento. Fidel ha sido así para su pueblo. Perdurará en la memoria, sin duda, pero no se apagará en la agonía. En realidad, ningún dictador se va de cualquier forma. A Franco, se lo llevó el equipo médico habitual, y tuvo que dar la noticia para que fuese cierto mi viejo colega de Europa Press y contrabandista en Valcarlos, Marcelino Martínez Arosagaray. El uno por morirse y el otro por contarlo pasaron a la historia. La retórica de Occidente es mucho más pesada, en cualquier caso, y aquellos partes médicos con los que se reflejaba el deseo de sus parientes de mantenerlo vivo hasta después de muerto se hicieron aburridos y eternos. Con la frialdad de la muerte, la adrenalina franquista bajó como el mercurio de un termómetro, aunque las buenas gentes salieran de romería a la Plaza de Oriente a beatificar al dictador.

En Castro, la grandeza de su agonía es su relato en primera persona. «Mi situación es estable»; «días y noches quebrantaron mi salud, lo que me obligó a encarar una complicada operación quirúrgica»... Creo que si hay alguien capaz de volver para contarnos lo que hay al otro lado, ése es Fidel. Hablará también después de muerto. No me imagino a Dios ni al diablo (como revolucionario descreído le correspondería el infierno) despachándose con un discurso de cinco o seis horas. Así que, se lo aseguro, será devuelto a la tierra. Su relato es más de la circunstancia, caribeño, y contiene perfiles de realismo mágico: «entre corte y corte de bisturí dicta su testamento...». Como una embarazada que pare con la epidural, perfectamente consciente.

Sólo desde la magia se puede interpretar lo que realmente indica la tinta invisible de su voluntad. El Comandante siempre databa con fecha y hora, de su puño y letra, las proclamas, en los últimos tiempos una escritura temblorosa, aunque perfectamente identificable. Pero en este caso carecen de ella. Lo que hace barruntar que, o las dictó desde el Más Allá, o simplemente la intervención estaba prevista, fue adelantada como consecuencia de la hemorragia intestinal y tasada su repercusión.

Castro nos evita la matraca del equipo médico habitual y la sustituye por una retórica propia que anticipa su retiro y sucesión predestinadas: mi enfermedad va para largo; no asistiré a la cumbre de los países no alineados. Es la crónica de una muerte anunciada hacia una transición tranquila y caníbal, posiblemente sin tener en cuenta las palabras de Víctor Hugo, cuando escribió: «Nada queda de nosotros: nuestra obra es un problema. El hombre, fantasma errante, pasa sin dejar siquiera su sombra dibujada en la pared».



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