El Correo Digital
Jueves, 3 de agosto de 2006
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OPINIÓN
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¿Después de Castro? ¿Chávez!
El problema de los cesarismos reside en que, siendo dictaduras con vocación de eternidad, tropiezan con un obstáculo infranqueable: el final biológico de quien los crea y dirige. Su fiel colaborador Carrero Blanco se lo advirtió muy pronto a Francisco Franco, por mucho que intentara dorar la píldora, al indicarle que su único defecto consistía en ser mortal. Franco estuvo en todo caso mucho más preocupado por evitar que a su muerte llegara la democracia, sembrando el camino de obstáculos a su sucesor, que por garantizar una continuidad del régimen. Fue un buen regalo, su único regalo, involuntario eso sí, a los españoles, que facilitó la transición. En el caso de Fidel, la cuestión se halla resuelta de antemano en el plano doctrinal, ya que él encarna la Revolución y ésta, por su naturaleza, se encuentra por encima de los cambios que suelen afectar a los acontecimientos humanos. En términos constitucionales, el socialismo es inamovible, lo que lleva aparejada la dictadura comunista, de signo antiimperialista. «Cuba será un eterno Baraguá», rezaban los carteles en los días duros del período especial. La transmisión temporal de poderes ahora realizada responde a ese esquema: a Fidel le sustituye su segundo, Raúl, el Chino, más comunista que él y también más pragmático, cuando no le da por ser sanguinario, y el Partido Comunista es designado como instrumento político encargado de asegurar la continuidad.

Desde hace años, la voz popular hacía suya esa predicción del futuro político más probable. Incluso en clave de humor. Uno de tantos chistes que en las dictaduras sirven de válvula de escape a la impotencia presentaba a una cuadrilla de hombres que en el centro de la isla jugaban a las cartas a primera hora de la tarde, con un calor sofocante que hace que uno de los jugadores se tumbe a dormitar mientras los otros siguen la partida. Entra un moscardón, con un zumbido que resulta insoportable, hasta que un jugador se levanta y lo aplasta entre las palmas de sus manos. «¿Lo maté!», exclama satisfecho. El hombre dormido se despierta entonces ante el ruido, sin saber bien qué pasa, y pregunta: «¿Y al hermano también?».

Las cosas no eran, sin embargo, tan simples. Uno de los rasgos paradójicos del régimen cubano consiste en que si bien ofrece la imagen de casi cincuenta años de soledad, en la doble vertiente de poder personal indiscutido de Fidel, de un lado, y de pelea, unas veces imaginaria, otras real, del David cubano contra el Goliat yanqui de otro, en realidad ha sido un régimen que sólo puede ver explicada su trayectoria a partir de variables externas. Marx proporciona una base de explicación plausible a este hecho: el enorme grado de dependencia de la economía cubana respecto del exterior. El peso de este factor es muy anterior a la llegada del castrismo. La propia independencia política se vio decisivamente condicionada por la atadura que provocaba el monocultivo de exportación centrado en el azúcar. Muy pronto la revolución puso de manifiesto su incapacidad económica para superar por sí misma los efectos de la ruptura con Estados Unidos. Surgió así un nuevo tipo de proceso histórico, la revolución subsidiada. Los efectos del embargo norteamericano se vieron compensados cuantitativamente con creces por la ayuda soviética. Dada la incompetencia económica de la gestión, tanto en la dimensión arbitrista de Castro -zafra de los diez millones, socialización generalizada del 68- como en la antieconomicista de Guevara, fundada sobre el voluntarismo revolucionario, la economía cubana fue hundiéndose, cosa que suele ser olvidada, desde posiciones punteras en Latinoamérica a fines de los 50, al nivel de Japón, muy por encima de España, hasta la miseria absoluta del 'período especial'. Ese protectorado económico del bloque socialista hizo posible la supervivencia del régimen, y otro tanto ocurre en los últimos tiempos gracias a la ayuda de Venezuela. Con las consecuencias políticas que intentaremos apuntar.

La cubana fue una revolución atípica, protagonizada por capas medias urbanas y dirigida por una minoría de burgueses que pusieron en marcha un proceso de transformaciones radicales, entre el nacionalismo, el populismo y el leninismo, cuyo resultado fue la autodestrucción en tanto que grupo social. Animada en sus comienzos por la voluntad de restaurar frente a Batista la Constitución democrática de 1840 -ahí está el canto a la vida democrática de Fidel en 'La historia me absolverá'- fue a parar a la formación de un orden bicéfalo, progresista en los campos de la educación, la medicina y el antirracismo, fuertemente represivo en los planos policial y político, e ineficaz en la gestión económica.

Ese resultado contradictorio fue el fruto del protagonismo de un líder carismático, Fidel, muy marcado por sus orígenes de hijo de terrateniente gallego con alma de tirano y de pequeño campesino en el rechazo de la noción de bienestar, que desde muy pronto se entrega a la conquista del poder, con la máscara del redentor, y dotado de una increíble capacidad para imponerse al conjugar el engaño con la voluntad de aplastamiento. Oratoria de alumno de los jesuitas de Belén, legitimación patriótica buscada en Martí, juego entre el populismo y el leninismo, entre el impulso pronto cegado del Movimiento 26 de julio y la instrumentalización de un Partido Comunista al que utiliza y niega, son los elementos que completan el cuadro.

En el cambio de milenio, parecía ya agotado el aire fresco que entró con la dolarización, y el consiguiente establecimiento de una economía dual, con ribetes de pequeño capitalismo. No es que Fidel odie al capitalismo, odia la economía; de ahí su convergencia con Guevara. Las concesiones habían de ser transitorias, como lo fueron en la URSS de los años 20, y el 'fidelazo' de marzo de 2003 vino a confirmarlo, más allá de su vertiente como represión política. Había que volver a la enorme granja insular, heredera de la hacienda de su padre, con todos los seres a nivel de supervivencia, y ahora con el aliciente de las subvenciones en ascenso, provenientes de esa Venezuela de Chávez que ve en Cuba una muralla antiyanqui y un útil símbolo auxiliar.

Hasta ese momento, los distintos escenarios propuestos por los politólogos ofrecían diversas variantes: A. Un modelo chino, al que se mostraría favorable Raúl, con cambios económicos compatibles con el monopolio de poder disfrutado aquí a dos por el Ejército (poder dominante) y por el Partido (dispuesto a no perder privilegios). B. Una creciente tensión entre la voluntad continuista de los sucesores y unas capas populares hartas ya de demagogia y miseria, con previsibles estallidos sociales y desenlace difícilmente imaginable. Incluso C, el escenario preferido de los reformadores del exterior, con Rafael Rojas como lúcido portavoz intelectual, en que desde el interior del régimen los gestores conscientes de las necesidades y condicionamientos de la economía cubana, así como de atender a las demandas del pueblo, iniciarían la marcha hacia la reforma, económica primero, política a continuación.

Ante el riesgo de la opción C, Fidel ya había iniciado en el último bienio un giro visible hacia un nuevo repliegue autárquico-revolucionario, con la ayuda exterior como factor que lo haría posible. Frente a los 'empresarios socialistas', vigilancia revolucionaria de los jóvenes revolucionarios, encargados de luchar por la ortodoxia e intensificar la represión. El ministro de Exteriores, Pérez Roque, era su abanderado, y previsiblemente sobre ellos recaería la sucesión a medio plazo. La enfermedad de Fidel parece haber interrumpido este viraje, al imponerse la solución tradicional. En cualquier caso, el verdadero poder reside en quien dispone de los recursos susceptibles de favorecer una u otra opción, y ese personaje no es otro que el presidente de Venezuela, para quien la supervivencia de una Cuba socialista constituye una baza política de primera importancia.



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