Los mineros, llegados la mayoría de otras tierras de España, se apretujaban a principios del XX al pie de los tajos de Somorrostro. Elías Salaverría, que se inicia en San Sebastián y amplía horizontes en Madrid y París, retrata el cambio de turno con una enjundia poco común. En la misma época, el gran retratista de Lezo presenta a su familia en el cuadro 'Gu' (nosotros) como paradigma de las transformaciones que vive el País Vasco. Dos ejemplos de un solo pintor que hablan por sí mismos de la importancia plástica y documental que adquieren las primeras generaciones de artistas vascos surgidas con las primeras fortunas de origen industrial y las primeras escuelas de artes y oficios del país.
Son algunas de las obras maestras que el Museo de Bellas Artes de Álava -renovado y ampliado en 2001 en su tradicional emplazamiento del palacio Augusti, en Vitoria- atesora de aquellos tiempos en que en Álava proliferaron pintores de la importancia de Fernando de Amárica e Ignacio Díaz de Olano, que ejemplifican en la colección las variadas preocupaciones de los artistas de entonces.
Este museo de la Diputación alavesa, que hasta hace no mucho guardaba muy distintas colecciones, se ha constituido en el primero de todo la Comunidad dedicado expresamente a aquellos artistas vascos; pintores en su mayoría tenidos entre los renovadores del panorama español de la época y que, como indica la directora, Sara González de Aspuru, «conjugan de manera extraordinaria tradición y modernidad; muchos quieren ser tradicionales y modernos a la vez».
De Echenagusía a Maeztu
José Echenagusía, con el boceto de una de las pinturas que hizo todavía en el XIX para la Diputación de Vizcaya; Juan Ángel Sáez, que plasma edificios de la Vitoria de la época, y los bilbaínos Zamacois y Seguí, entre los llamados 'precursores', alternan en este museo con los grandes nombres de la 'Escuela vasca' como Zuloaga, Guiard, Guinea, Iturrino, Losada, con una imagen de las fiestas de Bilbao en los años 20 que decoró en otro tiempo el Café Boulevard, y Echevarría, con retratos de Baroja, Valle, Unamuno y Ramiro de Maeztu.
A esta 'fiesta de la pintura' asisten Lecuona, Barroeta y Arteta (con varias pinturas de la casa de la marquesa de Zuia en Murgia); también los hermanos Zubiaurre (con 'Las autoridades de mi aldea', obra de Ramón), Ortiz Echagüe, los Arrúe, Tellaeche, Guezala, Sáenz de Tejada, Ucelay y Gustavo de Maeztu, del que se muestra una valiosa vista de la ría de Bilbao; lo mismo que influyentes artistas de fuera asociados a la escena vasca como Regoyos (con una vista única de La Concha) y Vázquez Díaz.
El museo se veía aligerado en 2001 de su importante colección de arte contemporáneo -ahora en Artium-, y los artistas vascos de finales del XIX y primera mitad del XX se instalaron por fin a sus anchas en los salones de la elegante sede y en las salas de la funcional ampliación de los años 60.
González de Aspuru recuerda la impronta en este museo de gestores y mecenas como Félix Alfaro Fournier y Cayetano Ezquerra. Hoy persigue un incremento sustancial de la colección que abunde en «los artistas vascos más importantes, no siempre bien representados, pero -matiza- se cotizan caro». Este verano presenta una revisión cronológica que ha sacado a la luz obras apenas exhibidas.
La vida moderna
Una muestra de su sección de escultura, otra de Lucarini -escultor alavés que trabajó sobre todo en Bilbao- y otra de artistas del ámbito vasco francés completan la programación estival de un centro que acarrea un sinfín de sorpresas. Sobre todo entre los artistas alaveses, como Ángel Olarte, una vocación de espíritu moderno a la que se auguraba gran éxito, pero que en 1924, con sólo 26 años, quedó truncada por la tuberculosis.
Mucho antes, Díaz de Olano, que que ya había estado en París y que ejercería un largo magisterio en Vitoria, había realizado con 37 años 'El restaurante', una de sus obras maestras, orgullo de la colección. La obra se muestra en medio de un gran despliegue de cuadros del maestro acompañado de Adrián María Aldecoa, «su discípulo preferido». Díaz de Olano, inquieto como pocos -toca incluso el desnudo de forma asombrosa aún hoy-, entrevé la llegada de la vida moderna, cuando el siglo XIX tendía a su fin, en el hecho burgués de comer fuera de casa, en un cuadro que guarda la cristalina atmósfera de entonces. ¿París?, ¿Vitoria?